
China-Japón: tensión en Extremo Oriente
La crisis diplomática entre Pekín y Tokio, motivada sólo en parte por resentimientos históricos, ha encendido una luz de alarma en la región Asia-Pacífico, preocupa a los empresarios y pone en alerta a los sistemas de seguridad
1 minuto de lectura'
Mientras franceses y alemanes superaron con integración económica la vieja enemistad que llevó a dos guerras mundiales, China y Japón aún no han podido acordar aspectos sustanciales del pasado que los hiere.
A menudo los rencores afloran en la relación, el odio regresa y la cooperación parece perder toda esencia. La reciente crisis diplomática chino-japonesa asoma como nuevo obstáculo a la estabilidad económica del Este Asiático, preocupa a los empresarios y pone en alerta a todo su sistema de seguridad.
Las manifestaciones antijaponesas en Shanghai y otras ciudades importantes de China despiertan interés por conocer los factores que motivan la nueva orientación del gobierno chino, ya que tales acciones carecen de la espontaneidad atribuida a los movimientos sociales y cuentan con fuerte apoyo oficial. Expresión de un Estado que emerge como gran potencia y, por lo tanto, quiere ejecutar una política de prestigio.
Responsabilidad histórica
La cooperación predominó sobre el conflicto desde la normalización de relaciones diplomáticas, en septiembre de 1972. El gobierno japonés reconoció a la República Popular China como único gobierno legal de toda China y fue uno de los gestores, junto con el Reino Unido y los Estados Unidos, del modelo admitido por China de vinculación con Taiwán: acreditación de embajadas en Pekín y oficina comerciales y culturales en Taipei.
Seis años después, el gobierno chino desistió de las reparaciones de guerra a cambio de incorporar, en el texto del Tratado de Paz y Amistad, la llamada cláusula anti-hegemónica contra la URSS. Así concluyó el estado de beligerancia entre las partes, situación persistente debido a la no participación china en la Conferencia de San Francisco de septiembre de 1950, que impuso el acuerdo multilateral de paz al Japón.
La responsabilidad histórica del Japón por las atrocidades cometidas en China, antes y durante la Segunda Guerra Mundial, subsistió más allá de la firma de los tratados de paz. Agravada por la falta de reconocimiento oficial, expresado en el recurrente ritual de rendir homenaje a los héroes caídos durante la Segunda Guerra Mundial y la distorsionada historia redactada en los manuales escolares. La crítica china, aunque implica una intervención en asuntos internos, violatoria de los Cinco Principios de Coexistencia Pacífica, tiende a que Japón reconozca dicha responsabilidad.
Para tener una idea de la gravedad del problema, recién en 1998, en la declaración conjunta firmada durante la visita de Jiang Ze Min al Japón, aparece por primera vez el concepto de "agresión" en un documento bilateral.
En el marco de esta herencia histórica, aparece la contaminación en varias ciudades chinas por oxidación de las armas químicas enterradas por el ejército japonés de Guangdong antes del retiro definitivo de China, en 1945. Tras seis décadas, la corrosión ha generado potenciales peligros para la salud humana y el medio ambiente. El gobierno chino exige al Japón que resuelva el problema, por ser violatorio de la Convención de Armas Químicas.
Cuestión de límites
Las mutuas vindicaciones de soberanía sobre las islas Diaoyu y su impacto en la extensión de las plataformas continentales constituyen otra de las cuestiones que predomina en la agenda bilateral.
Estas cinco isletas y tres formaciones volcánicas, ubicadas al norte de la isla de Taiwán, han sido objeto de controversia por distinta interpretación de los antecedentes históricos, sobre el descubrimiento y ocupación antes de la firma del tratado de Shimonoseki en 1895.
Por contrario, no existe controversia sobre la ocupación efectiva japonesa desde 1895 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, el tratado de paz de San Francisco las colocó bajo la administración fiduciaria de los Estados Unidos, que por el acuerdo de reversión de Okinawa firmado en 1971 las pasó a jurisdicción japonesa, sin pronunciarse sobre la cuestión de fondo. El descubrimiento de gas y petróleo en el mar de China Oriental en la década del setenta agregó valor económico a la disputa.
Los reclamos soberanos sobre estas inhabitables islas no tendrían demasiada importancia si no fuese por las proyecciones de las respectivas plataformas continentales y las Zonas Económicas Exclusivas. La Asamblea Nacional Popular china enlistó el archipiélago en la Ley sobre los Mares Territoriales y Zonas Contiguas, aprobada en 1992. Mientras que el gobierno japonés no reconoce controversia alguna sobre las islas ni con China ni con Taiwán.
Causas de la crisis
Estos problemas y cuestiones son, sin duda alguna, distintos de las causas de la crisis, que los autores parecen encontrar en la posible negación de China a la participación del Japón como miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el constante apoyo a Taiwán y la expansión de la esfera de aplicación de los acuerdos de defensa firmados con los Estados Unidos, además del rol negativo del Japón que le asigna el gobierno de Pekín en las negociaciones hexagonales que tienden a resolver pacíficamente la situación en la península de Corea.
China desea reformar la Carta de las Naciones Unidas para modificar los párrafos que aluden a la República de China, base que sustenta la posición de Taiwán para acceder a la organización. Aunque todavía no ha expresado públicamente su posición respecto a la composición del Consejo de Seguridad, los analistas estiman que China apoyará a la India y no a Japón. La reciente visita del primer ministro Wen Jiabao a Nueva Delhi parece encaminarse hacia esa dirección.
El gobierno japonés, al igual que los Estados Unidos, cumple un rol sustantivo en el mantenimiento de Taiwán como institución política, ya sea a partir de la interacción económica o los vínculos políticos, sobre los cuales el gobierno de Pekín duramente reclama. Aunque no lo expresa públicamente, Japón es partidario de la fragmentación de China, al estilo de la Unión Soviética, algo que debilitaría su poder y contrarrestaría su hegemonía regional, dejando al Estado-isla ser potencia central del Este Asiático, como ocurriera en la primera mitad del siglo XX.
Diplomacia activa
Mientras tanto, China cuenta con una diplomacia mucho más activa. El nuevo liderazgo de Hu Jintao es factor fundamental en la forma de atender las crisis. Tanto la cuestión de Taiwán como la relación con Japón, al igual que la vinculación con la India, parece gestionarse de forma diferente, por lo menos respecto a la política más temerosa y dubitativa de Jiang Ze Min.
Su ministro de Relaciones Exteriores, Li Zhao Xing, hombre acostumbrado a manejar crisis desde su función de embajador acreditado ante los Estados Unidos, parece estar dispuesto a resolver cuestiones esenciales a la política exterior.
Un logro importante ha sido el reciente reconocimiento por parte de Australia del estatuto de economía de mercado. Cambio cualitativo al tratarse de una potencia intermedia cuya decisión impactará en las economías occidentales principales.
La política china en la etapa de reforma y apertura ha sido pacífica, de recurrente autocontrol y llamado de atención a los diplomáticos japoneses sin exacerbar la cuestión, es decir, mantener el reclamo sin poner en crisis la relación. Es necesario, pues, detectar diferencias personales en el manejo de la actual crisis diplomática, correlativo con la mayor cuota de poder de China en el sistema internacional. China ejecuta una política de prestigio o exhibicionismo de su poder real y tiende a emplearlo en el proceso de negociación, aplicado a las cuestiones de Taiwán, Corea, o bien, en la relación bilateral con Japón, en un contexto donde Estados Unidos se encuentra ocupado en Irak y la lucha contra el terrorismo internacional.
Conclusión
Los antecedentes históricos bilaterales presionan sobre la toma de decisión de los actores pero no deben confundirse con las causas de la crisis diplomática. La responsabilidad histórica de los desastres ocasionados por Japón en China es parte de los primeros, mientras que la tradicional rivalidad entre las dos grandes potencias, la nueva orientación impresa por Hu Jintao y la política pro taiwanesa del Japón parecen ser causas principales de la crisis.
Las responsabilidades históricas son de mayor gravedad y dimensión que las responsabilidades políticas y, desde la perspectiva de la historia de las relaciones internacionales, son difíciles de cicatrizar. Aunque las partes realizaron esfuerzos por cooperar, la agenda bilateral continúa plagada de crónicos y sensibles temas que afloran a la superficie en los momentos de crisis.
Las recientes negociaciones entre cancilleres y el encuentro entre el presidente chino y el primer ministro japonés en Yakarta, en ocasión de la Cumbre Afro-Asiática, augura la posibilidad de desacelerar la escalada de tensión.
El autor es profesor de la Universidad nacional de Rosario e Investigador Adjunto del Conicet.






