China y las protestas en Hong Kong

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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19 de septiembre de 2019  • 00:13

En los últimos meses, los residentes de Hong Kong han salido -conmovedora, reiterada y masivamente- a la calles de su pujante ciudad para así defender, con el coraje que allí requiere decidir hacerlo a cara descubierta, la plena vigencia de sus preciadas libertades individuales, que hoy de pronto aparecen amenazadas por la repentina posibilidad de que ellos, en caso de cometer alguna infracción o delito, puedan ser extraditados a otros lugares de China y juzgados allí por jueces que, en lugar de ser independientes (como los de Hong Kong), son meros agentes del Estado comunista y actúan como tales. Esto es, sin independencia ni autonomía alguna. Las manifestaciones se hicieron de manera espontánea y, por ello, prácticamente sin líderes visibles y con una alta participación de las mujeres.

En juego, es muy obvio, está la vigencia misma de las libertades civiles y políticas de todos quienes conforman la notable población de Hong Kong. Por esto la lucha continúa, pese a la dura represión.

Las protestas, al menos por ahora, tuvieron éxito y el peligroso proyecto inmediatamente cuestionado fue retirado por el gobierno local de Hong Kong, que lo había elaborado. Pero nada, ni nadie aseguran que la norma impugnada u otra parecida no pueda, de pronto, reaparecer.

Beijing, que ante lo acaecido actuó al final con una ponderable dosis de prudencia, tuvo a su disposición la posibilidad de reprimir las protestas por la fuerza militar y no lo hizo. Quizás por temor al eco desfavorable que ello hubiera tenido en el resto del país, que por cierto no goza de la libertad que impera en Hong Kong desde hace décadas. Y a que, de pronto, se generara una rápida ola de exilios entre los residentes de Hong Kong, que hubiera evidenciado la profunda desconfianza que aún tienen respecto de sus actuales amos políticos de Beijing, lo que hubiera probablemente afectado adversamente la actividad de la enorme y prestigiosa Bolsa de Valores local, donde se financian las empresas de toda China, por igual.

Y, más aún, a que esa represión tuviera, además, un impacto negativo en la población de la isla de Taiwán, respecto de la cual Beijing apunta pacientemente a una posible reunificación pacífica con algún sustento legal o convencional, pese a que hay, entre esos residentes, muchos que creen que hoy la mejor alternativa para preservar su identidad podría ser la de la independencia.

El gobierno comunista, es obvio, no quiere repetir las experiencias violentas en Hong Kong del 2014 y, menos aún, las de Beijing de 1989. Ni enfrentar las críticas que ello generaría en muchos rincones de la comunidad internacional. Ese costo podría ser muy elevado para una nación que aspira a mantener el poder cuasi hegemónico que ya hoy detenta.

Pese a tener amenazadoramente fuerzas militares estacionadas muy cerca de la frontera de Hong Kong, China, por todo lo antedicho, prefirió utilizar las fuerzas policiales de la propia Hong Kong, aunque -esta vez- con una llamativa extrema dureza, como para no dejar dudas acerca de quién es el que efectivamente manda. Como consecuencia, la situación en Hong Kong luce más frágil y explosiva que pocas veces en la historia.

Las protestas tienen un alto costo político, que impacta en la imagen de Hong Kong. Por ellas, el turismo se ha debilitado y su flujo se ha reducido en un significativo 40%. Para ese sector, los ingresos ya no son lo que fueron hasta no hace mucho. Y cabe preguntarse, no sólo si se recompondrán, sino también cuándo y de qué manera. No será nada fácil volver a la normalidad que hoy parece extraviada.

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