
Chistes malos en el velorio del humor
Por Orlando Barone
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Nos habíamos reído tanto. Al principio de los noventa la gente se reía; también los que gobernaban. Y también el mundo que nos miraba. Eramos una risa contagiosa uno a uno. Risas de Ferrari o de picaduras de avispa. Cuánta gracia desgraciada. Ya no. El ánimo argentino se ha vuelto "Mi noche triste". Y con algunos picos de agonía mal procesada y una resucitación interrupta. Basta vernos las caras: siempre protestando por algo. Esta argentinidad no "está al palo", sino que es difuncional: histeriquea pero no ejerce. Porque la libido nunca le alcanza. La opinión pública está demasiado obesa para enfrentar la militancia. Es amateur y esporádica. Tanto tiempo encerrada en el auto y en el departamento ha descubierto la calle.
Desconozco si la soja en sí misma produce por proximidad, y sin ingesta, algún daño colateral en el pensamiento estándar. A lo mejor lo que se temía del río con cloro se corporizó en el yuyo brujo. Hay algunas conductas que inducen a sospecharlo. Los protagonistas rurales actúan como si tuvieran insomnio y se despertaran entre ortigas. Sus oponentes viven en tensión en el área, rechazando pelotas y haciendo zancadillas. El público está dividido; pero en el fondo desearía que los chinos no compraran más soja sólo para no tener que enterarse de los repliegues ocultos del negocio. Para no sentirse zarandeado entre lo que cree y lo que le dicen. La desmesurada ingesta indigesta y pervierte el gusto. El paladar actual argentino sabe siempre a discordia. ¿Es para tanto? Parecemos adictos al descreimiento y al rechazo. No estamos atravesados por una guerra étnica.
El humor, el chiste, la ironía natural han sido enterrados por la retórica de barricada o de "velorio" sin dolor. A los humoristas gráficos se les está yendo la chispa, porque nadie puede tener humor entre páginas donde ninguna crónica se ríe. Y a veces hasta se obligan a pensar, y derrapan entre una molienda de lugares comunes. El humor previsible, obvio, es al humor como al sexo es el Viagra. No tiene espontaneidad: se elabora. Es malo por maldad, no por ironía.
Los movileros causan gracia, pero ellos no la tienen: su material es siempre la desgracia y se consustancian con más intensidad que las víctimas. Un movilero alegre no triunfa. Ya ni siquiera el fútbol tiene humor: de sus protagonistas se esperan peleas y traiciones. Las vedettes están en guerra; los analistas y opinadores tienen el síndrome del gran tribunal supremo. Escriben con moralejas. Los imagino sentados ante el teclado vestidos con una toga y jurándose que escriben para salvar a la patria. Y si no encuentran suficientes agujeros negros los inventan. La opinión pública replicada en los medios potencia su impotencia. Se inflama. Como esos muñecos de toro y de pingüino llenos de aire y de anarquía batida con intereses. Es cierto que una sociedad puede renacer de tragedias atroces. Pero esta es apenas una farsa exhibicionista donde cualquier gesticulador presume como un graduado en el " actor s studio " porque tiene quien lo filme.
¿Cómo se hace para recuperar algún estado de ánimo normal que justifique la creación del sujeto medio argentino? Acaso exista una oportuna reparación psicológica que relaje la hosquedad del paisaje urbano-campestre. Y que consiga que Dios no sienta arrepentimiento de habernos creado insatisfechos hasta de estar insatisfechos.
Ultimamente lo que era propiedad exclusiva de una acaparadora del sufrimiento y del porvenir sombrío se ha reproducido en el colectivo social y político. Queremos pero no queremos que llegue el día negro. Cargamos y descargamos la pistola. Creo que desde ahora quien gane en los votos debe asumir que sólo gana ese día. Porque al día siguiente ya nadie se hace cargo de su aporte. Y así la rabia nunca termina.






