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¿Choque de civilizaciones? Lo que no vemos detrás del conflicto Oriente-Occidente

Los atentados en París revitalizaron una narrativa de oposición de valores que puede oscurecer más de lo que explica
Raquel San Martín
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22 de noviembre de 2015  

Ilustración: Fernanda Cohen
Ilustración: Fernanda Cohen

Guerra Fría, Primer Mundo, mercado emergente: cuando se trata de darle un sentido al mundo, hay imágenes que logran pasar de la academia o la consultoría a orientar o justificar decisiones políticas. Y es entonces cuando en ocasiones terminan oscureciendo más de lo que iluminan. Algo así puede estar pasando con una de las últimas y más exitosas explicaciones globales: el "choque de civilizaciones", la influyente imagen que hizo conocida el politólogo norteamericano Samuel Huntington en la década del 90 y que se convirtió en una fórmula general para comprender las relaciones internacionales después de la Guerra Fría. Literalmente o en espíritu, ese concepto impregna muchos de los millones de palabras que intentan poner algún sentido en el desconsuelo después de los últimos atentados en París. Son los "valores occidentales", se dice, los que están bajo ataque.

Imposible pedir al gobierno francés que, con el país en duelo y el mundo en vilo, no apelara a expresiones y acciones categóricas. Imposible también dejar de pensar en la espiral de muerte sin freno y miedo a escala planetaria que se adivina en el horizonte global. ¿Puede el "choque de civilizaciones" seguir explicando el intrincado y violento ajedrez geopolítico y militar que se juega entre el fundamentalismo islámico y los países occidentales desde hace años, con su última y trágica manifestación en Francia?

Mientras se multiplican en estos días los intentos en todo el mundo y en todas las lenguas por entender qué es Estado Islámico (EI) y por qué logra transformar a tantos jóvenes en implacables máquinas de matar, un cambio de perspectiva empieza a abrirse paso ante la impotencia: hay mucho más en las entrañas del conflicto que lo que el enfrentamiento Oriente-Occidente deja ver.

"La narrativa del ‘choque de civilizaciones’ como explicación de un supuesto conflicto epocal carece totalmente de fundamento. Sabemos que ‘Oriente’ y ‘Occidente’ son constructos que agrupan una enorme diversidad de situaciones heterogéneas, y que en lo que se insiste en llamar Oriente podemos encontrar numerosos elementos de raíz ‘occidental’ (y viceversa) –dice Martín Bergel, historiador e investigador del Centro de Historia Intelectual de la Universidad Nacional de Quilmes, que acaba de publicar el libro El Oriente desplazado (UNQ)–. Eso siempre fue así, pero en el actual paisaje de la globalización, con la intensificación de migraciones, procesos de diáspora, y circulación de mercancías, artefactos, símbolos e ideas, lo es mucho más. El hecho de que las principales víctimas del terrorismo sanguinario de EI se cuenten entre la población civil que vive en Siria, o que tras los atentados de París miles de voces de musulmanes se hayan alzado para condenarlos diciendo ‘No en nuestro nombre’ es sólo una muestra más de ello. Esta narrativa, aliada a los actos terroristas, impacta negativamente en la vida de millones de personas en todo el mundo, y por eso es tan importante tratar de desmontarla."

El "choque de civilizaciones", en rigor, "considera que el Islam en sí –y no el jihadismo, esa forma extrema, arbitraria y ultraviolenta del islam– es el problema subyacente con el que Occidente, tarde o temprano, debería lidiar de manera violenta", explica la periodista Ana Prieto, autora de Todo lo que necesitás saber sobre terrorismo (Paidós). "Así, al transformar las numerosas y diversas culturas del mundo árabe y musulmán en un enemigo homogéneo e históricamente inevitable, esta noción puede alentar la afirmación de que todo un cuerpo de fe es pasible de levantarse para destruir Occidente", dice.

Y da ejemplos: tiene efectos en los gobernadores republicanos de Estados Unidos, que ya han asegurado que, tras los atentados de París, no recibirán refugiados de ningún origen, y en los discursos de partidos xenófobos como el Frente Nacional de Francia o UKIP de Gran Bretaña, "para los cuales el problema no son los grupos violentos que utilizan el islam para justificar su programa político, sino el islam mismo y, con ello, la comunidad musulmana global."

Más aún, la imagen puede tener efectos negativos más capilares que sólo hacer de cada musulmán un sospechoso, o de la crisis humanitaria de los refugiados un problema de seguridad nacional. "La diferencia cultural, la alteridad, no es sinónimo del hostilidad. Si hay una hostilidad de los musulmanes a Occidente, no tiene su origen en un odio hacia sus valores o sus formas de vida, sino que proviene del lugar que ocuparon ciertas potencias occidentales –dice Dardo Scavino, filósofo, ensayista y profesor universitario en Francia–. No hay ‘choque de civilizaciones’. Hay un conflicto político antiimperialista. Uno puede preguntarse si asesinar a sangre fría a decenas de personas es un acto de guerra. Personalmente me parece un pasaje al acto abominable. Un crimen que debilita incluso el combate político antiimperialista de muchos musulmanes que ahora corren el riesgo de verse catalogados de ‘terroristas’ por el mero hecho de manifestarse contra la política occidental en sus países."

¿Qué aspectos –tan preocupantes como un enfrentamiento de formas de vida– pueden revelarse si se cambia el punto de vista?

La compleja trama política de los Estados fallidos

Lejos de ser un mundo homogéneo, lo que se mira como "Oriente", es decir, el lugar de influencia y asiento territorial del fundamentalismo islámico, es un intrincado conjunto de países desgarrados por las luchas de años entre facciones étnicas, religiosas, regionales o tribales (como es el caso de Libia, Siria, Irak y Yemen), con niveles alarmantes de corrupción gubernamental y economías y poblaciones destrozadas por las guerras civiles. "Hablar de choque de civilizaciones escamotea un hecho histórico decisivo para entender el fundamentalismo islámico, que es la disputa que hay dentro del mundo árabe y la derrota de los proyectos laicos en algunos lugares que se traduce en Estados fallidos", apunta Gabriel Puricelli, vicepresidente del Laboratorio de Políticas Públicas y experto en cuestiones internacionales.

Así, la idea de "califato" que Estado Islámico (EI) lleva como bandera, es un símbolo de unidad con resonancias de reivindicación histórica que, para algunos analistas, debe ser tomado como síntoma más que como enfermedad. "Parece haber tantas concepciones del califato ideal como musulmanes –escribió en 2011 Tony Corn, experto en diplomacia pública del Departamento de Estado norteamericano, en un artículo publicado en Small Wars Journal–. La rivalidad ideológica entre Arabia Saudita e Irán que existe desde 1979 constituye nada menos que un choque de califatos: los dos Estados han sido los principales propulsores de la re-islamización del mundo musulmán", un proceso que, gracias a esa rivalidad entre regímenes fundamentalistas, ha adoptado una dimensión radical, y no moderada. La mayoría de las potencias occidentales sabe, además, que, destruido EI, todavía quedarían grupos islámicos violentos en germen o en actividad.

Pero eso no sólo sucede por disputas internas. "Estamos en una situación de estancamiento violento: ponerlo en clave de cruzada o misión civilizatoria no ayuda porque obnubila las estrategias políticas", dice Juan Gabriel Tokatlian, director del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella. "A Estados Unidos, despúés del 11-S, invocar el conflicto le fue funcional para hacer menos vulnerable su territorio. Pero cuando fue a combatir los orígenes, generó un descalabro monumental: en Irak desmanteló la estructura oficial, las fuerzas militares locales y la inteligencia; en Afganistán provocó que los talibanes se reubicaran y siguieran activos; en Libia hizo un ataque con una resolución de la ONU y creó una situación de caos institucional; en Siria amenazó y luego se conformó con recurrir a ataques aéreos, lo que generó más debilidad del Estado. Esta expulsión del fenómeno a su origen generó Estados fallidos en esa región".

El lugar de la religión

"Lo que hoy inspira a los actores más letales no es tanto el Corán o las enseñanzas religiosas. Es una causa que promete gloria y reconocimiento. La jihad es un empleador que ofrece igualdad de oportunidades: fraternal, glorioso, cool y persuasivo", escribió recientemente en The Guardian el antropólogo Scott Atran, del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, y puso luz sobre un dato clave que muchos analistas subrayan.

"Este es un fenómeno eminentemente político. Para EI, la religión es un elemento que está presente, pero no jugó ningún papel en su conformación. EI es una combinación de generales sunitas que se quedaron sin trabajo después de la invasión norteamericana a Irak, que se pusieron la camiseta de EI y fueron a buscar a los militantes del norte de Africa, Paquistán y Afganistán. Los generales sunitas no tuvieron una conversión divina, sino que descubrieron que la religión podía dar unidad política y eficacia", dice Puricelli.

Esto no significa dejar afuera la cuestión religiosa. "En el islam hay que sumar la fuerza de la palabra. En el cristianismo, la secularización ha hecho que esta palabra pierda peso frente al argumento empírico o la experiencia. En el islam, el peso de la palabra es muy fuerte", apunta Khatchik DerGhougassian, profesor de la Universidad de San Andrés.

La capacidad de interpelación de EI

Cuando se los mira de cerca, lejos de aparecer como bárbaros del desierto, los miembros de EI son profesionales de su causa, conocedores de la eficacia de los símbolos y del uso de los medios y las redes sociales. Hoy, hay 30 países en los que existen grupos que se dicen parte de EI.

"Su fuerte capacidad de convencer a musulmanes para cometer estos actos se explica por una combinación de factores. Primero, una ideología radical, que EI no dudó en llevar hasta la etapa suprema, declarar un califato, algo que ninguna otra organización, como Hermanos Musulmanes o Al Qaeda, se atrevió a hacer –explica DerGhougassian–. Demostró además tener capacidad militar para controlar un territorio, pero sus aspiraciones no se limitan a eso, y van más allá, hasta donde haya un musulmán que jure fidelidad al califato. Eso es histórico: el islam siempre fue un imperio, no un Estado territorial. El éxito militar se interpreta como una señal de que Dios está a su favor. El antecedente más inmediato es la interpretación que hicieron los que combatieron en Afganistán sobre la retirada del imperio soviético: si se puede derribar un imperio, se puede con otros."

Eso, sin dejar de lado el contexto socioeconómico en los países árabes y en muchas ciudades europeas, donde los jóvenes sobreviven sin oportunidades, o explotados, lo que sería un caldo de cultivo de resentimiento. "Todo eso existe –dice DerGhougassian–, aunque yo no lo pondría como primera explicación."

El lugar de las víctimas

Contraponer unos valores contra otros también deja en sombras el lugar de las víctimas, donde sea que estén. "¿Quiénes sufrieron las peores consecuencias del 11-S? ¿Los norteamericanos o los afganos e iraquíes? ¿Quiénes se aterrorizan más cuando estos atentados se perpetran? Yo puedo asegurarte que los musulmanes franceses están en estado de pánico. ¿Contra quiénes se realizan entonces esos atentados? –se pregunta Scavino–. Marine Le Pen y Sarkozy se están frotando las manos. Sarkozy es el principal vocero en Francia del ‘choque de civilizaciones’, lo que en la práctica significa: ‘Queridos trabajadores, vuestro enemigo no es el patrón que deslocaliza la empresa en China sino la señora de la limpieza que se cubre con un velo y no come jamón’."

La explicación se repite: los asesinos están en contra de los "valores occidentales". "Sin duda lo están –dice Prieto–. Pero también están en contra de los mismos musulmanes que no se rinden a su causa. Vale la pena pensar: ¿acaso en Medio Oriente, Asia y África, donde hay importantes focos de terrorismo jihadista, la gente quiere morir así?"

Oriente y Occidente en el espejo

Como ideas que se resisten a encasillarse en la lógica del enfrentamiento de valores, la creciente violencia y arbitrariedad de los atentados están despertando discusiones que atraviesan las fronteras caprichosas de las civilizaciones.

"Cualquier musulmán se da cuenta de que esto es una denigración del islam. Dentro del islam hay debates sobre qué están haciendo estos grupos en nombre de la religión –dice DerGhougassian–. El problema es que estos debates se dan fuera de Medio Oriente, en ámbitos académicos de Estados Unidos o Europa, y no tienen impacto en las estructuras de poder. Porque en esas estructuras hay actores para los que estas organizaciones son funcionales, aunque sean también amenazas."

En la periferia del conflicto, también las reacciones son significativas. "Llama la atención una vez más, como ocurrió con los hechos de Charlie Hebdo, la persistencia de una suerte de tercermundismo residual que en las redes sociales y en buena parte de la opinión pública progresista y de izquierdas se apura en querer relativizar la gravedad de lo sucedido o en proponer contextos que funcionan como elementos justificatorios –analiza Bergel–. Es cierto que EI y otros grupos terroristas vienen cometiendo tropelías en distintos puntos del globo que, desenganchadas de las que pueden darse en las principales capitales del mundo, reciben mucha menor atención. En ese sentido, a quienes se ofuscan por las reacciones asimétricas que causan las muertes en París en relación a las de otros lugares del globo, cabría pedirles que mantengan esos súbitos ataques de humanismo como una actitud permanente ante el conjunto de trágicos sucesos que conmueve la escena contemporánea mundial."

Tres meses después del 11-S, Huntington reenfocó su idea: entramos, escribió, en "la era de las guerras musulmanas", que habrían reemplazado la Guerra Fría como principal forma de conflicto internacional, caracterizadas por incluir terrorismo, guerrilla, guerras civiles y conflictos interestatales, de manera "dispersa, variada y frecuente". Un catálogo de desgracias que hoy retrata sólo una parte del mundo en el que vivimos. Como todos los conceptos.

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