Jugar para crecer y representar los miedos

Una madre celebra el cumpleaños de su hijo en Brooklyn, durante la cuarentena dispuesta en abril
Una madre celebra el cumpleaños de su hijo en Brooklyn, durante la cuarentena dispuesta en abril Crédito: Caitlin Ochs/Reuters
María Catarineu
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4 de julio de 2020  • 00:00

Estos tiempos difíciles han tomado todos y cada uno de los rincones de nuestro hogar. La cuarentena se extiende, el encierro nos abruma y la incertidumbre continúa siendo la principal compañera de ruta. Estas vivencias también llegan hasta los más pequeños. ¿Cómo acompañarlos para que puedan transitar esta etapa de la mejor manera posible? ¿Y cómo hacerlo cuando se abran las puertas?

Los chicos ponen a jugar activamente aquello que les pasa, lo que están atravesando. Es así como pasean al oso por "las calles de la cocina", se enojan con los caballitos o curan al dinosaurio. Al jugar, tienen la posibilidad de tomar entre sus manos los miedos y las fantasías para poder elaborar, digerir esa experiencia y de este modo hacerla propia.

Así se convierten en protagonistas de lo que hoy están viviendo, es el modo natural que despliegan para poder procesar sus vivencias, comunicando sus emociones, desde las más grandes hasta las más pequeñas. Los chicos juegan para crecer, por eso la capacidad para jugar es uno de los mayores signos y motores de la salud.

¿Cuáles son, en tiempos de pandemia, los juegos más frecuentes que los chicos abren para procesar lo que están sintiendo y las experiencias por venir después del encierro? Como padres tenemos que estar más atentos y disponibles, porque van a aparecer con mayor frecuencia los juegos corporales de confrontación y persecución, como el choque de autitos o las guerras de almohadas.

El miedo, el enojo, la incertidumbre que todos atravesamos pasan por el cuerpo y si no se procesan, la tensión queda en el cuerpo. Habilitarnos para habilitar, darnos permiso para poner en escena las corridas para atraparnos, las peleas figuradas y el despliegue de la sana agresividad que requiere de un exquisito equilibrio interno. Ese equilibrio lo brinda la capacidad para jugar, porque si nos duele un golpe o si se rompe el juguete se termina el juego. Los juegos de las escondidas se presentan como escenarios privilegiados que operan como refugios seguros, como espacios para "estar a salvo". Allí los chicos ponen a jugar el encierro y las progresivas salidas de casa, armando tiendas debajo de la mesa, visitando a los vecinos adentro de los placares, yendo a hacer las compras con los más pequeñitos en los autos de cajas de cartón.

Estos juegos ponen en acto los miedos, ofrecen al mismo tiempo las herramientas para elaborarlos y ayudan a salir del encierro más fortalecidos. A la vez, permiten "ensayar" aquello que va a venir.

Los niños necesitan de las seguridades que ofrecen sus figuras de cuidado y de objetos de juego muy concretos, que ofician de facilitadores para "tocar y procesar". Sábanas, toallas y sillas aparecen en el encuadre del jugar en casa, que nos habilita a tirarnos al piso, donde abrimos ese espacio de encuentro con nuestros hijos para entrar en relación.

Y cuando finalmente las puertas se abran de par en par, los chicos pondrán a jugar la distancia, haciendo volar entre ellos avioncitos de papel repletos de dibujos con mensajes y deseos que nos colman para arrimar los corazones.

El jugar genera un colchón de salud que permite amortiguar el dolor, sostener las esperas en tiempos de incertidumbre, abrir las puertas del encierro y procesar las dificultades para crecer juntos.

Psicopedagoga especializada en bebes y niños en primera infancia

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