La anestesia moral de un país dormido

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
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2 de marzo de 2019  

En medio de la desorientación general, hace poco un oyente del programa de radio de Fernando Bravo vino a poner las cosas en su lugar. El hombre, de 77 años, comentaba que toda su vida, al momento de votar a presidente , no tuvo más remedio que elegir siempre al candidato menos malo. Esta vez, sin embargo, no será lo mismo. Los comicios de octubre lo pondrán -dijo- ante la disyuntiva de elegir entre "ladrones y chambones", y eso no le representaba ningún dolor de cabeza, puesto que su religión le impedía votar a ladrones.

Con más ciudadanos así, el país ya se habría salvado hace rato. Sin duda existen y son muchos, pero evidentemente no suman en la proporción necesaria. Si así fuera, no estaría instalándose con asombrosa naturalidad la idea de que la polarización obligará al electorado a elegir entre dos alternativas igualmente deficientes. Esta equiparación de dos cosas distintas, tan aviesa y peligrosa, se repite con toda naturalidad y de distintas formas en las tertulias políticas que saturan la televisión. Incluso entre políticos bienintencionados y valiosos como Margarita Stolbizer , que esta semana, en un encuentro del progresismo, llamó a salir de la "perversa polarización" entre Mauricio Macri y Cristina Kirchner .

A mi entender, de lo que hay que salir es de Cristina Kirchner. Y eso para dejar atrás la verdadera perversión, es decir, el saqueo sistemático de los fondos públicos y el avasallamiento de las instituciones democráticas que se llevó a cabo recién nomás, durante su mandato. Según parece, ni el Gobierno ni el peronismo están dispuestos a cosa semejante. El Gobierno, porque decidió aferrarse al efecto comparativo para disimular la falta de resultados económicos de su gestión. El peronismo, ya se sabe: se aferrará a cualquier cosa que lo lleve de nuevo al poder.

Jugar a la comparación es peligroso. Requiere una suerte de anestesia moral, como bien lo advirtió este oyente que llamó a las cosas por su nombre y dejó en offside a ese peronismo que arrima el bochín a la señora con todo descaro y con la misma convicción con que la acompañó mientras su gestión redituaba. La tropa de siempre, con Alberto Fernández a la cabeza, se reúne una vez más para otro asalto al poder y una nueva consagración de la impunidad: Moyano, Rodríguez Saá, Insfrán, Scioli, Wado de Pedro, Felipe Solá y seguirán sumando. Todos trabajando por la proclamada unidad y por el operativo retorno (sin retorno, parece, resulta difícil vivir).

Cristina mueve todas las fichas con un único objetivo: no terminar presa. Esta semana rechazó el peso abrumador de las pruebas en la causa de los cuadernos asumiendo el papel de una Juana de Arco camino a la hoguera. La campeona de los simulacros afirma que es víctima de una farsa digna de un Oscar de la Academia de Hollywood. Lo que resulta cinematográfico, en cambio, es la cadena de complicidades que ella y su marido tramaron con mano dura para llevar adelante una cleptocracia y salir de ella megarricos e impunes. Esa cadena incluía funcionarios, empresarios y jueces que están pagando a la sombra por la expresidenta y han empezado a hablar.

Lo que le queda a la señora es embarrar la cancha. Fue lo que hizo el miércoles, cuando denunció en el Senado una "trama judicial" en su contra en la que involucró a la embajada de Estados Unidos. Siempre fue hábil con el pico. Con casi nada -un falso abogado impresentable y los inestimables servicios de un juez militante, más la desconfianza que pesa sobre Comodoro Py- es capaz de montar un relato con el que pretende llegar a la Corte Suprema, en cuyas turbulencias quizá deposite alguna ficha. Lo que sea con tal de hacer estallar la causa cuyo avance amenaza con darle el peor final a su desmesurada aventura.

Es un país raro. Resulta difícil de entender que, con lo que está ventilando la Justicia, la vara para medir la candidatura de la expresidenta sea la de las encuestas, como si fuera una candidata más. En verdad, no lo es. De un lado, se puede criticar una mala comunicación, falta de carisma, torpezas varias y soberbia, en una gestión que no logró hacer despegar la economía ante un escenario complicado, pero hizo méritos en asuntos como la convivencia política, el respeto a las instituciones y la lucha contra las mafias y el narco. Del otro, lo que hay es el aparato de corrupción más aceitado del que se tenga memoria, con bolsos llenos de dólares, coimas y retornos de escala industrial, lavado en hoteles y en cuevas, parvas de "físico" en bóvedas y cajas fuertes, y fortunas en cuentas offshore y en edificios fastuosos en el exterior. El veterano oyente de radio tiene razón. No son lo mismo peras y manzanas.

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