La Argentina debe decir basta al cortoplacismo populista

Alejandro Poli Gonzalvo
Alejandro Poli Gonzalvo PARA LA NACION
Las reformas estructurales que necesita con urgencia el país requieren un marco institucional permanente
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23 de enero de 2020  

La Argentina ha sufrido recurrentes crisis económicas desde la Segunda Guerra Mundial. Con el fin de superarlas, necesitamos contar con una hipótesis que permita dar cuenta de sus causas. En mi opinión, esa hipótesis se basa en las idas y venidas permanentes de las políticas públicas, en la falta de continuidad y en la intención de cada gobierno de refundar la Argentina desde cero. Que nuestras conductas erráticas e inconstantes son efectivamente la causa de un desarrollo inferior al que pudimos aspirar está en línea con estudios que lo demuestran.

En un informe publicado por el FMI en mayo de 1997 se sostiene que en el largo plazo las naciones "convergen hacia sus niveles potenciales de renta per cápita más por la estabilidad y coherencia de su sistema de economía política que por la abundancia de sus recursos". A largo plazo, las instituciones políticas y económicas tienen mayor peso para el desarrollo que la disponibilidad de recursos naturales.

En el libro Claves del retraso y del progreso de la Argentina, publicado en 2011 por Martín Lagos y Juan José Llach, se determinan tres factores principales que explican el retraso del país en el largo plazo: uno de ellos es la volatilidad en los niveles del PBI. La volatilidad macroeconómica afecta significativamente la tasa de ahorro y de inversión y, por lo tanto, el crecimiento a largo plazo por la incertidumbre y la imprevisibilidad que establece en la economía. Concluyen que la intensidad y la frecuencia de las recesiones en el período 1950-2008 son relevantes para explicar nuestro retroceso. A conclusiones similares arriba Ricardo Arriazu en sus Lecciones de la crisis argentina (2003). Dicho de otro modo, haber mantenido una economía política con variaciones abruptas y recurrentes es causa del retroceso argentino en el largo plazo.

¿Por qué la Argentina no ha sido capaz desde el final de la Segunda Guerra Mundial de lograr estabilidad y coherencia en sus políticas públicas?

Sobre este punto, se han ensayado dos tipos de explicaciones: económicas y políticas. Sin embargo, hoy se reconoce que son las explicaciones basadas en la política las relevantes a la hora de analizar nuestro retroceso. La economía no es lo que importa sino la política. Cuando hablamos de política, hablamos de instituciones.

Para una interpretación precisa del concepto instituciones, adoptamos una definición acotada al ámbito de las instituciones formales que comprenden las constituciones y las leyes, los sistemas de gobierno, los órganos del Estado, los partidos políticos, los ordenamientos macroeconómicos básicos como el federalismo y la coparticipación de impuestos, la estructura sindical, la participación en alianzas regionales o en acuerdos internacionales, los sistemas electorales. Tomadas en conjunto, las instituciones formales constituyen la estructura política de una sociedad, por la cual esta ejerce su poder sobre los individuos.

En su expresión más apretada, el institucionalismo reivindica la relevancia de las instituciones a la hora de examinar el decurso de una sociedad por su capacidad de generar procesos colectivos virtuosos, cuando la elección institucional es acertada y acorde con las mejores prácticas de cada época, o viciosos, si se equivoca el camino y se opta por instituciones contrarias a los objetivos perseguidos.

Lo contrario de un enfoque institucionalista y a largo plazo es el populismo, es decir, el intento deliberado de privilegiar políticas de corto plazo, no sustentables, con el fin de acumular poder y fundar un régimen hegemónico. Por eso, los populismos en todas partes necesitan un líder carismático en comunión directa con el pueblo, que no respeta las instituciones republicanas y se cree dueño de la verdad. A mayor poder carismático del líder populista, menor respeto a la ley y las instituciones.

En este sentido, el fracaso argentino, entendido por haber logrado niveles de desarrollo inferiores a su potencial, se explica por la presencia permanente del populismo. Que no solo se limita al peronismo. Populistas fueron también Galtieri con la toma de las Malvinas, Alfonsín cuando proponía el tercer movimiento histórico o Cavallo cuando sostenía que un peso es igual a un dólar, entre otros ejemplos posibles.

El primer paso imprescindible para desarrollar instituciones modernas requiere la consolidación de la democracia. Esta es una buena noticia para la Argentina. Desde el retorno de la democracia en 1983, se consolidó la trayectoria histórica democrática, la cuarta gran trayectoria de nuestra historia. Como su derivación natural, he afirmado que en las elecciones presidenciales de 2015 se inició una nueva trayectoria histórica, la trayectoria institucional, que contiene en su seno a la democracia, pero representa una etapa superior, que no se limita a la democracia como método electoral para elegir un gobierno, sino que avanza en la consolidación de valores republicanos y de un marco institucional sólido y estable. Del mismo modo que el valor de la democracia no ha sido afectado por las gravísimas crisis que hemos sufrido, las reformas estructurales, que no se limitan aunque incluyen a las económicas, también alcanzarán un extendido consenso más rápido de lo que hoy quizá advertimos y un conjunto de medidas básicas de sana economía política serán bien recibidas por los argentinos. Al consenso democrático se sumará el consenso sobre valores republicanos y de ambos surgirá la posibilidad de reformas estructurales y económicas duraderas. Y entonces el cortoplacismo populista ya no tendrá lugar en la Argentina.

Estarán quienes creen que la llegada al poder de Alberto Fernández encabezando una compleja coalición de peronismo y kirchnerismo no augura la vigencia de valores republicanos, sino el retorno del populismo y que, justo por ello, la posibilidad de consolidar la trayectoria institucional iniciada en 2015 y de acometer las reformas estructurales que Macri no llevó a cabo porque no tenía el poder político suficiente se aleja de nuestro horizonte. No es así. En las elecciones de 2019 ha aflorado con fuerza incontenible la demanda de los argentinos por mantener los principios de la República. En la misma línea se necesita la búsqueda de consensos que posibiliten que las reformas estructurales que el país reclama a gritos se produzcan bajo un marco institucional permanente. Estas reformas estructurales deberán sentar las bases institucionales tendientes a eliminar la volatilidad recurrente de nuestras políticas para asegurar un desarrollo sostenido. Aun cuando el Presidente pretendiera ignorar esa demanda, los problemas que deberá enfrentar no podrán ser remediados sin el concurso de un amplio consenso político. De no lograrlo, se expone a sufrir una severa crisis socioeconómica.

Es muy conocida la fábula de la carrera entre la liebre y la tortuga. La liebre tiene recursos muy superiores a la tortuga, pero es indolente, engreída y solo corre de a ratos. La tortuga, en cambio, es metódica y tenaz. Resultado: la tortuga gana la carrera. Seamos una aburrida tortuga, que además tiene otra ventaja: es uno de los animales más longevos y estables de la naturaleza.

Miembro del Club Político Argentino

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