La importancia de acordar

Augusto Alasino
Augusto Alasino PARA LA NACION
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26 de agosto de 2019  

Monte Caseros... Monte Caseros", escuché decir a Raúl Alfonsín a media voz cuando Aldo Rico, presidente del Modin, criticaba duramente el artículo 5 de la ley Nº 24309 en la tercera reunión de la primera sesión de la Convención Constituyente. Y allí mismo escuché dos respuestas que me hicieron reflexionar: Enrique Paixao, con sus tres razones de la legitimidad, y Rodolfo Parente, con el equilibro de poderes. Carlos Rosenkrantz había calificado el Pacto de Olivos de "oscuro". Denostado, descalificado y desprestigiado por personas y políticos de todos los matices, De la Rúa, Storani, Bordón, Álvarez, Alsogaray, Bravo, Rico.

Próxima estaba aquella primera reunión de Alfonsín con el presidente Carlos Menem en la casa de Dante Caputo. Alfonsín, con las conclusiones del Consejo de Consolidación de la Democracia, y Menem, para trasladar a la Constitución la transformación del país. A fines de 1993 se promulgaría la ley que contenía en su artículo 2 lo acordado en el Pacto de Olivos. Allí estaba plasmado lo que el movimiento organizado por Perón y el partido fundado por Alem entendían que era lo mejor para la República.

Discusión larga y difícil entre dos personas, distintas, pero igual de democráticas y tolerantes. Más allá de sus diferencias creían en la patria, miraban al futuro y dejaban de lado las refriegas inmediatas de la política cotidiana. Alguien dijo: "La historia siempre es política pasada". El Pacto de Olivos como expresión del consenso político es la mayor aproximación lograda en la Argentina moderna. De igual nivel o mayor que el Pacto de San Nicolás de las Arroyos (y su antecedente inmediato, el Protocolo de Palermo), o el de San José de Flores. En los tres la oposición fue dura y enérgica.

Pero finalmente se impusieron. Alfonsín, con su capacidad de persuadir, y Menem, con su aptitud para intuir y comprender. El primero con su prestigio disminuido por el final abrupto de su mandato presidencial y el segundo, con su reputación contraída -y sospechada- por su afán de modernizar el país. Los dos buscando cerrar la fisura de la Argentina. Como Urquiza y Mitre, como Alberdi y Sarmiento, como Balbín y Perón.

Quedará para la especulación de los analistas si Alfonsín convenció a Menem de que debía de dejar de nombrar a los jueces, a los fiscales, delegar la administración del país, limitar los decretos de necesidad y urgencia, darle el control de las cuentas públicas a una auditoría externa, darle autonomía a la ciudad de Buenos Aires y a la universidad, o acotar el derecho de designar los directores del Central, o si Menem hizo lo propio con Alfonsín en el sentido de que había que terminar con la discriminación, con el desconocimiento de los derechos de las comunidades originarias, devolverles los recursos naturales a las provincias, que los pactos sobre derechos humanos debían ser de orden público formando parte de la Constitución y no solo una adhesión del Congreso.

Baste decir que nuestra Constitución terminó con la discriminación, entre otras cosas, reconociendo la libertad sexual y su consecuencia inmediata, el matrimonio igualitario, combatiendo la discriminación de la mujer y de las personas con capacidades diferentes y a las minorías de cualquier tipo. Posibilitó anular las leyes de punto final y obediencia debida, y los indultos sin resentir los derechos adquiridos o los principios fundacionales del derecho penal liberal, entre otros muchos logros más.

Los de mente corta dirán: Menem solo quería la reelección y Alfonsín pretendía no dejar a su partido fuera del Senado. Lo cierto es que hoy se sabe que la reelección ofrece la posibilidad de hacer proyectos a más largo plazo y que el Senado, con la incorporación de la minoría, dejó de ser un cuerpo casi corporativo para ser más democrático.

Casi todas las mañanas recorría el pasillo interior que unía las oficinas de los jefes de bloque de las fuerzas mayoritarias (la de Alfonsín y la mía) en el primer piso de la Universidad del Litoral y, mate amargo de por medio, delineábamos "el plan de labor". Un día me dijo: "Choclo, me habían dicho que estuviera atento que usted era un 'autito chocador'. Le pregunté a Chacho y la respuesta fue: 'No'. Tenía razón, usted parece, pero no es". Otra vez: "Dígame, Choclo, si nosotros no hubiéramos suscripto el Pacto, ¿ustedes seguirían adelante con el proyecto de Durañona, no?" Yo solo me reí; él solo dijo: "Hice bien".

Reflexión final: la Constitución termina imponiéndose siempre. Y con Galileo: "E pur si muove". Antes y ahora: la República o la importancia de acordar.

Presidente del Bloque Justicialista de la Convención Constituyente de 1994

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