Por qué Italia genera desconfianza
Cuando la confrontamos con las naciones del resto del mundo, Italia aparece nítidamente entre los países tenidos como "pesos pesados". Ocurre que es la tercera economía de la Unión Europea y la novena del mundo. En términos de PBI, su economía es, sin embargo, apenas el 35% de la de Alemania. Y es la mitad de la de Francia. Y es, asimismo, un 31% mayor que la de España. El ingreso nacional per cápita de los italianos es del orden de los 31.000 euros. Nada mal para poder mantener un excelente nivel de vida.
No obstante, la Italia de hoy no sólo atrae, sino que también genera muchas dudas. Su confiabilidad parece baja. Sus rumbos son con frecuencia cambiantes y hoy está políticamente dispersa y dividida; en rigor, en manos de dos movimientos que pertenecen, ambos, al capítulo peligroso del populismo.
Su deuda pública es ya preocupante. Es del 132% de su PBI. En la Vieja Europa ello sólo es comparable con lo que sucede en la desde hace rato financieramente apretada Grecia. Y con su guarismo Italia aparece lejos de la media europea de endeudamiento público, que es del orden del 60% del PBI.
Italia crece con ritmo cansino. Como si, desde hace rato, estuviera agotada. Y casi como si rechazara el esfuerzo y la sobriedad en el manejo cotidiano de su economía. Por esto, desde Bruselas, la observan con recelo y la controlan, muy especialmente en el delicado capítulo de su presupuesto, plagado de válvulas de escape.
En el 2018 Italia creció apenas un 1,2% de su PBI. Flotó, entonces. En el 2017, había crecido un 1,4%. El promedio de la Unión Europea es, recordemos, del 2,2% anual del PBI. Italia está lejos. Su principal problema no resuelto, ni encarado siquiera seriamente, es el de la baja productividad de su economía. Ese es –a la vez- su freno y su pantano.
Las propuestas de solución de sus líderes no entusiasman. Todo lo contrario, preocupan. Para la Liga del Norte, el regreso italiano al crecimiento pasa por una baja sustantiva de la presión tributaria, pero nadie sugiere abiertamente que ella debe necesariamente estar acompañada por una reducción del gasto público y del tamaño e intervencionismo del Estado. La receta parece indolora y, por ello, genera el aplauso de muchos. Para el Movimiento Cinco Estrellas, por su parte, lo prioritario pareciera ser proveer a todos los ciudadanos de un "ingreso fijo", apuntalando así el consumo, al que esa difusa agrupación política parecería haber convertido en una suerte de gran dínamo de su proyecto de crecimiento.
Mientras tanto, Italia envejece. Su ritmo de envejecimiento es nada menos que el segundo del mundo, sólo después del de Japón. Y sus jóvenes, especialmente los mejor formados, emigran en decenas de miles cada año. Lo hacen en busca de futuros que creen son más promisorios que los que encueran en su propia casa.
Cuando uno compara la situación italiana respecto de las de otros países débiles de Europa, advierte enseguida que España y Portugal, por ejemplo, han hecho en esto sus deberes y ajustado sus respectivas economías. Italia aún no. Todo tiende a ser postergado, "sine die".
Por todo esto, como cabía suponer, el financiamiento externo de Italia es relativamente caro para un país desarrollado. Lo que, por cierto, luce como fruto de la desconfianza. Hoy Italia paga tasas de interés del orden del 3,40%. Alemania, en vívida contraposición, obtiene en el mercado tasas de interés radicalmente distintas, desde que ellas son hoy del orden del 0,45%.
Como sociedad, la italiana tiene un pasado histórico riquísimo, del que puede bien estar muy orgullosa. En los más diversos aspectos. Pero su presente es poco atractivo. Tiene poca credibilidad entre sus pares y, por ende, sufre una constante pérdida de influencia en el concierto de las naciones. Ello es notorio y conforma un proceso de retraso relativo que, lamentablemente, nos apena a todos los latinos y parece haber devenido constante.
Italia, cuando es vista desde la enorme profundidad de su pasado, encandila muy rápidamente. Por brillo propio, legítimo. Mirada, en cambio, desde su opaca actualidad, genera -desde hace rato ya- dudas. Dentro y fuera de sus propias fronteras.
Para los latinos en general, la decadencia de Italia es inevitablemente dolorosa, porque tiene que ver con una rica esencia cultural común, aquella que nos une indeleblemente y que hoy hasta nos hace sufrir en silencio. Lo que nos recuerda aquello de Jorge Luis Borges de que la duda es uno de los muchos nombres de la inteligencia. Vivifica, entonces. Pero es lo contrario de la estabilidad y de la certeza. Y los interrogantes proyectan hacia el futuro preocupaciones serias.






