
Cómo evitar el efecto dominó
Por Juan Gabriel Tokatlian Para LA NACION
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Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la guerrilla más longeva, letal y acaudalada del hemisferio, ha ido abandonando en los últimos años su tradicional insularidad y ha incrementado gradualmente su perfil internacional. De origen campesino, con mentalidad provincianal, escasamente abastecidas y muy poco influidas por la Guerra Fría, las FARC, después de cuatro décadas de conflicto armado en Colombia, han afianzado su capacidad de reclutamiento entre sectores rurales necesitados y jóvenes urbanos pobres, se han sabido dotar con la proliferación del consumo y tráfico de narcóticos y han sido manifiestamente refractarias a los cambios ocurridos desde el colapso de la Unión Soviética.
La acumulación de poder y presión militar, más que de influencia y legitimidad política, ha convertido a las FARC en una insurgencia con capacidad de acción bélica en las fronteras de Colombia y con relativa proyección diplomática en el resto de América del Sur. Sin embargo, las FARC no han podido exportar con éxito su modelo insurgente en la región.
En la geografía más próxima, los casos más vulnerables y delicados son Panamá y Ecuador. El istmo vive la consecuencia directa de la ampliación de los combates entre las FARC y el paramilitarismo, con la secuela del desplazamiento forzoso de no combatientes y la inestabilidad fronteriza. Cabe anotar que el límite colombo-panameño es un territorio con escasa presencia estatal, donde prospera el negocio de las armas ligeras y las drogas ilícitas: combinación deletérea que fortalece el poderío bélico de guerrilleros y paramilitares.
Fronteras problemáticas
En el caso de Panamá, hay que recordar que Estados Unidos dispone de argumentos legales para legitimar una potencial intervención en la guerra en Colombia. En efecto, de acuerdo con la Enmienda De Concini, de 1978, incorporada a los Tratados Torrijos-Carter en torno al Canal de Panamá y su neutralidad, Estados Unidos preserva permanentemente "el derecho de actuar contra cualquier agresión o amenaza dirigida contra el canal o contra el tránsito pacífico de naves por el canal". En una palabra, si Washington entiende que las acciones de los grupos armados colombianos ponen en peligro inminente el Canal de Panamá, puede invocar dicha enmienda y actuar militarmente.
Por su parte, Ecuador es el eslabón más débil del conflicto colombiano. Las FARC utilizan el norte de ese país como retaguardia temporal de descanso y aprovisionamiento, santuario de detención donde ubican los soldados retenidos y los civiles secuestrados en Colombia, y territorio de prolongación de las hostilidades que se producen entre la guerrilla y el paramilitarismo. La influencia de los acontecimientos en Colombia se siente nítidamente en Ecuador y los fenómenos domésticos políticos y sociales están cada vez más estrechamente ligados a la guerra colombiana. La incidencia de Estados Unidos en ese país es más notoria: por ejemplo, la readecuación de la base de Manta en territorio ecuatoriano como parte del Plan Colombia ha colocado a Quito en la delicada situación de verse crecientemente perjudicado por los asuntos internos de su vecino, e involucrado en ellos.
La frontera más problemática de Colombia es la que tiene con Venezuela. Al diferendo marítimo existente y al incremento de los desplazamientos guerrilleros al lado venezolano se suma ahora el proyecto de Hugo Chávez de una "revolución bolivariana" en su país y fuera de él. Chávez no sólo proclamó su neutralidad frente a la guerra colombiana, que significó un claro triunfo político-diplomático de las FARC, sino que hay evidencias de la mayor protección oficial a la guerrilla. Si bien no existe una alianza consumada entre Chávez y las FARC, sí es claro que el proyecto chavista de fundar una nueva hegemonía política de los have-nots en Venezuela se vería fortalecido por una sustitución de clases en el poder en Colombia.
El caso de Perú es ambiguo y complejo. Durante el fujimorato se hizo claro un doble juego: criticar al presidente Andrés Pastrana por haber iniciado un proceso de diálogo con las FARC y, simultáneamente, venderle armas a esa guerrilla a través de las prácticas corruptas de Vladimiro Montesinos, el hombre predilecto de la CIA por años. El gobierno de Alejandro Toledo enfrenta un rebrote, aún no descontrolado, de Sendero Luminoso, grupo con el que las FARC vienen estrechando relaciones discretamente.
Finalmente, Colombia tiene con Brasil una frontera delicada. A pesar de que las FARC han evitado incursiones en ese país por ser el límite más controlado, es patente el contacto entre las FARC y el narcotráfico brasileño, como lo mostró el caso de Fernandino Beira-Mar y el hecho de que a través de la frontera colombo-brasileña florece el lucrativo emporio de las armas. Los sectores más progresistas de Brasil, por su parte, mantienen un distanciamiento político del modelo propugnado por las FARC.
Los "hermanos" del Mercosur
La presencia de las FARC en el Cono Sur es mucho menos relevante y tiene una muy limitada proyección diplomática. En el caso de la Argentina, no hay evidencia de que frentes de las FARC operen en territorio nacional o que su proyecto político-militar cuente con respaldo armado de grupos desestabilizadores.
Durante la última década, los muy esporádicos pronunciamientos de las FARC sobre la Argentina han sido negativos, debido a que las posturas internacionales asumidas por las administraciones de Carlos Menem y Fernando de la Rúa fueron identificadas por igual como subordinadas al gobierno de Estados Unidos. Esta actitud frente al país explica, en parte, por qué las FARC nunca estimularon la incorporación de la Argentina al Grupo de Países Amigos (Canadá, Cuba. España, Francia, Italia, Suecia, Suiza, México, Noruega y Venezuela) que vienen facilitando el diálogo entre el gobierno y la guerrilla.
El fenómeno del "cacerolazo", que despertó apoyos en muchas latitudes, ha sido recibido positivamente por parte de las FARC. En un reciente comentario se refirieron a "nuestros hermanos del Sur" que "se levantaron [...] sacando presidente tras presidente". Por eso, afirman, "los colombianos estamos pendientes de lo que les sucede a los hermanos de Martín Fierro"; más aún porque "con los argentinos nos ha ligado siempre el amor por el fútbol, desde los tiempos de Pedernera, pasando por cientos, entre jugadores y técnicos, que han dejado una estela de enseñanzas". Resulta paradójico entonces que algunos círculos del país especulen sobre la incidencia de las FARC en la Argentina, cuando éstas se encuentran a la espera de que los colombianos lleguen a emular a los argentinos en su capacidad de movilización protagónica.
Sin duda, el conflicto armado colombiano ya afecta a los países vecinos y puede incidir en los más distantes de América del Sur. Una forma de evitar un nocivo efecto dominó es comprometerse más y no menos con una salida política en el país andino. La Argentina, lamentablemente, no ha hecho mucho por ese propósito: se ha movido entre el desdén, el ensimismamiento y la insipidez. Es hora de contribuir a un papel más activo del Mercosur en la crisis de Colombia.




