
Como la cigarra y la hormiga
Por Eduardo Fidanza Para LA NACION
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Enero tuvo cifras récord en materia de vacaciones. Los argentinos han huido masivamente de las ciudades. Llenan hoteles, pagan sumas inéditas para tener un metro cuadrado cerca de la playa o la sierra, abarrotan restaurantes, autopistas, discotecas, peatonales, negocios, centros de comunicaciones y todo espacio o lugar de servicios que pueda satisfacer su sed de consumo y felicidad. Pasaron los años de las vacas flacas; pasó, felizmente, la recesión y con ella la falta de trabajo y los magros ingresos. Y aunque la distancia entre ricos y pobres sólo se ha estrechado en las estadísticas oficiales (la marginación abruma al ojo atento), cada estrato social toma su parte de los réditos de la prosperidad y se larga a disfrutar.
Carpe diem podría ser una concisa definición de la actitud de los argentinos al comienzo de 2007. Y no es justo dirigirles una admonición por eso. Sin aguar fiestas, cabe discurrir, sin embargo, acerca del significado y de las consecuencias de una conducta de este tipo. ¿Es sensato lo que hacemos? ¿No convendrá ser previsores, por si la crisis vuelve?
En el capitalismo maduro, la gente consume en relación directa con su ingreso. A más renta, más consumo, hasta que la tendencia cambia. Sobre esta premisa se construyen y destruyen los mercados y los destinos. El sistema económico modela la subjetividad de los individuos para desear y satisfacerse. Comprar, comprar es la consigna cuando quema el dinero en los bolsillos y los estímulos publicitarios y las facilidades de pago terminan aboliendo la ñata contra el vidrio o el afán de ahorro que signó a las generaciones anteriores.
Pero no siempre fue así. En esa gran metáfora moralista de los orígenes que es La ética protestante y el espíritu del capitalismo , Max Weber retrató a los padres fundadores del sistema económico que nos rige. Los pintó como productores ascéticos, no como consumidores desenfrenados. Privilegiaban la acumulación, postergaban la gratificación. La contracción al trabajo, la sobriedad y la perseverancia los distinguían. Eran como la adusta hormiga, no como la alegre y despreocupada cigarra de la fábula.
El boom económico suscita las mismas reflexiones y metáforas. El sociólogo Enrique Gil Calvo se refería, hace ya unos años, al incremento del consumo en España, en un artículo, publicado en El País de Madrid, que tituló Víctima de la fábula de la cigarra y la hormiga .
Hace poco volvió a mencionar el didáctico relato en otro escrito aparecido en el mismo diario: Una generación hipotecada . Se habla allí de los jóvenes inducidos a consumir antes de acumular. Los llamados "mileuristas", por los mil euros que se llevan mensualmente al bolsillo, con los que sólo pueden comprar artículos baratos, no pueden ahorrar para ser propietarios de una vivienda e independizarse.
Escribe acerca de ellos Gil Calvo: "Se adelanta a la etapa juvenil un copioso consumo pasivo y gratuito [ ] mientras se pospone la realización activa hasta muy avanzada la etapa adulta [ ] Pero esto es como abandonar el método inversor de pagar antes de gastar, propio de la ahorradora hormiga, para pasar a seguir el método adictivo de gastar antes de pagar, típico de la consuntiva cigarra."
Da qué pensar la invocación de estos simpáticos insectos, de éticas encontradas, cuando sobreviene el boom. En su versión original, la fábula de la cigarra y la hormiga fue una expresión típica de la cultura del deber, un universo moral hoy en extinción, de acuerdo con la brillante tesis de Gilles Lipovetsky. La hormiga, con su retórica sentenciosa (amonesta a la cigarra porque ésta se dedica a disfrutar, mientras ella, previsora, llena el granero para el invierno), era una figura paradigmática de esa cultura, afín al denso mundo ético del primer capitalismo, según la metáfora weberiana.
Pero los tiempos han cambiado y la fábula también. En el capitalismo de hoy (y en la Argentina de aquí) existe crédito para comprar teléfonos celulares, no viviendas; se ofrecen trabajos precarios y mutantes que permiten llegar a Mar del Plata o a Punta del Este, pero no forjarse una jubilación decente; bailar por un sueño es más rentable que ir a la universidad. El mérito duradero cedió ante el éxito fulminante. La preocupación por el futuro devino en ansiedad por el presente. La felicidad doblegó al deber.
Y la cigarra se vengó por fin de la hormiga. En la versión posmoderna de la fábula, la cigarra, en lugar de suplicar a la hormiga sustento en medio del frío invernal, viene, lujosamente ataviada, a despedirse de ella porque se va de viaje por el mundo. Los guiones varían: que se sacó la lotería, que se casó con un hombre rico, que encontró un tesoro escondido. No importa, es cualquier cosa menos rigor y previsión. Se quebró el vínculo entre mérito y destino.
Aunque a muchos no les guste, la reformulación es válida. Porque ilustra un hecho al parecer irreversible: el ocaso de la racionalidad de la hormiga. O bien su reducción a un prospecto de autoayuda, como el que expone, ante auditorios colmados, el gurú de los negocios Jim Rohn. ("¡Las hormigas piensan en el invierno todo el verano!", machaca el consultor).
Ya que la gente, como buena cigarra, está de vacaciones, y bien merecido lo tiene, es pertinente preguntar: ¿y nuestra clase dirigente qué es, al fin y al cabo, cigarra u hormiga? El examen podría darnos una clave del futuro próximo (el lejano, al parecer, fue abolido).
Repasemos: nuestros gobernantes actuales, populistas aggiornados , son dispendiosos cual cigarra en año electoral, pero llevan las cuentas públicas, al menos hasta ahora, con la prolijidad de las hormigas. Los empresarios están repartidos: aquellos que pueden son cigarras (negocios rápidos, en lugar de inversiones; contratos de obras públicas; telecomunicaciones y construcción, etc.). Otros, contra el clima de época, están condenados a (y castigados por) ser hormigas: tienen cañerías hundidas bajo la tierra, administran fuentes y redes de distribución de diversas formas de energía, cultivan campos y crían hacienda, etc. Nada que madure y muera como un lirio, sino todo lo contrario.
Con exquisitas excepciones, los sindicalistas, quién lo duda, son cigarras todo el año. Y no les va mal. Absueltos de entrada por el Gobierno, que nunca los puso en el Index de las corporaciones enemigas del país, aumentan su poder económico, no democratizan sus organizaciones y presionan, cada tanto (con amabilidad o con camiones) para recordar que su poder ha resistido a todos los gobiernos.
Los políticos de la oposición intentan decirnos que la hormiga, aun en decadencia, porta un mensaje que debemos valorar. Pero sus medios son escasos, sus voceros no articulan el mensaje y, sobre todo, están divididos por rencillas, egolatrías y otras minucias indeseables. En rigor, y con pocas excepciones, no cultivan las virtudes de la hormiga; por eso, tal vez, la reivindicación que hacen de ella no convence a los votantes.
Cuando se habla de viento de cola, de condiciones internacionales favorables, de coyunturas excepcionales, cabe preguntar: ¿no nos estará sucediendo lo que a la cigarra de la versión posmoderna de la fábula? En efecto, ¿quién hubiera pensado, hace apenas una década, en la constelación azarosa y feliz de la demanda china, el precio récord de los commodities , la devaluación forzada del peso y la baja de las tasas de interés americanas? ¿No equivale esto, acaso, a haber ganado la lotería o a haberse conseguido un marido rico, sin hacer ningún esfuerzo?
La respuesta, según creo, es ambivalente. Depende de quién la ofrezca y cuál es el fundamento. Desde la perspectiva clásica (que cuadra con la hormiga), la de aquellos que quieren un proyecto de país, instituciones fiables y políticas de Estado, estamos dejando pasar una oportunidad histórica. Desde la otra vereda, afín a la cigarra, se contesta, con la jactancia del que parece ir ganando la partida: los nuevos mercados necesitan y seguirán necesitando nuestros productos, las ventajas comparativas son altas y es prioritario explotarlas, si continuamos creciendo a este ritmo la sociedad finalmente se transformará, volviéndose más justa y moderna. Confiemos, que la buena estrella nos asiste.
¿A cuál creerle? ¿A quién debemos parecernos para que nos vaya bien? ¿En los tiempos que corren es mejor ser hormiga o ser cigarra? Desde mi perplejidad, ofrezco una pista: las racionalidades están mutando. Como dije: la hormiga no murió, pero declina. Eso provoca la frustración de quienes invocan una cultura política y económica sobria y estable. Tal vez conviene que escuchen el canto de la cigarra (no el de la sirena) y, aunque no les guste la melodía, traten de entender su sentido.
Durante años hemos vivido en el sube y baja. De la saciedad a la escasez y viceversa. No conocimos el equilibrio. Por eso, quizá nos falte sintonía entre el sacrificio y el disfrute. Entre el ahorro y el gasto.
Ahora que el vaivén se aquieta, busquemos la mediación. Es probable que la hormiga todavía tenga algo que decirnos si aceptamos, sin moralismo, la suerte de la cigarra. Y felices vacaciones.





