Como los animales heridos

Por Francesco Alberoni Para Corriere della Sera y La Nación
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21 de octubre de 2000  

MILAN

Nunca debemos tomar decisiones cuando estamos deprimidos. Nunca debemos tomar decisiones cuando estamos enfermos. Nunca debemos tomar decisiones cuando nos sentimos débiles. Es mejor permanecer quietos y escondernos, como hacen los animales heridos. Debemos incluso desconfiar de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos, de nuestras previsiones.

En estos días, la televisión y los periódicos informan sobre el caso de dos muchachos que se han suicidado: uno, porque había visto su nombre publicado entre los pedófilos; el otro, porque había sido arrestado después de una riña. Dos días más tarde debía ser puesto en libertad.

Decisiones apresuradas

Por suerte, a veces las consecuencias no son irreparables. Un amigo mío, abandonado por la esposa, arruinado económicamente, se había dejado aplastar por el pesimismo. Alejado de la ciudad, rotas las relaciones con su entorno, había optado por vivir como un vagabundo. Luego, lentamente, fue recuperando la fe en sí mismo, inició una nueva actividad y reconquistó el éxito. Cuando estamos deprimidos, débiles, inseguros, debemos desconfiar también de las presiones y sugerencias que vienen de afuera, porque no sabemos discernirlas objetivamente, porque no tenemos fuerza crítica, porque nos volvemos sugestionables y somos fácilmente presa de la ansiedad.

Pueden convertirse en un peligro hasta nuestros propios amigos, que de buena fe nos bombardean con informaciones, nos enzarzan en discusiones, nos hacen sugerencias, nos incitan a la acción. Ellos no se dan cuenta de que, al hacerlo, aumentan nuestra angustia y nos llevan a tomar decisiones equivocadas. La victoria de César sobre Pompeyo se debió, en buena parte, a las presiones que los generales, los senadores y todos los ricos prófugos que habían seguido a Pompeyo a Grecia continuaban ejerciendo sobre él. Pompeyo estaba cansado, quería la paz. Y ellos lo incitaban a la guerra, a dar batalla. Lo aturdían con sus consejos, su estrategia disparatada y sus recriminaciones. Julio César, en cambio, no respondía más que a sí mismo. Para el choque decisivo, mantuvo oculto el plan de batalla, que hasta sus propios generales desconocían. Sólo en el último momento dio órdenes fulmíneas a las tropas de elite que, como surgidas de la nada, derrotarían al estupefacto ejército adversario, dos veces más grande que el suyo.

Tiempo de delegar

La situación empeora cuando entran en juego los que nos quieren mal y se aprovechan de nuestra inseguridad y de nuestra fragilidad. Nos envían informaciones tendenciosas para deprimirnos, y luego nos sugestionan hasta el punto de hacernos seguir sus planes en perjuicio de nosotros mismos. En los famosos procesos de Stalin, los veteranos comunistas revolucionarios eran detenidos, difamados, torturados. Después, cuando habían perdido la esperanza, los convencían de la conveniencia de acusarse a sí mismos para bien del partido y con la promesa de la libertad. Todos cedieron. Y todos fueron, después, ejecutados.

Quien se sienta débil, frágil o enfermo no tome decisiones ni avale las decisiones tomadas por otros. No ceda a las sugerencias ni a las lisonjas. Si ocupa una posición de gran responsabilidad, convoque a sus tres colaboradores de mayor confianza y delegue en ellos todos los poderes. Que ellos decidan, por mayoría, cómo actuar. Esta norma no es válida sólo para políticos y empresarios, sino también para el padre o la madre cuando son inválidos. Mientras estén todavía bien, mientras conserven su lucidez, seleccionen con cuidado a la persona más inteligente y más juiciosa, a la mejor capacitada para arbitrar los intereses de todos. Y, en el momento de necesidad, otorguen a esa persona, y sólo a ella, todas las facultades de decisión.

© La Nación

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