
¿Cómo no cuestionar el propio juicio?
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La certeza metafísica se refiere a algo que es como es, y que no puede ser de otro modo. Esto equivale a significar algo que es evidente, y por ello indemostrable, y cuya negación nos conduciría al divague absurdo. Y existen pocas certezas metafísicas, como por ejemplo, el principio de no contradicción, según el cual algo no puede ser de un modo y del modo contrario al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. Al no ser ni físico ni moral, este principio es metafísico, y es nada menos que la base de todo conocimiento y de toda demostración. Esta regla universal y condición primaria de todo pensamiento coherente es absoluta y certeramente verdadera. Toda mente humana lo sabe de modo espontáneo y naturalmente se guía por ella como su verdadera luz. Sin el principio de no contradicción no habría ningún otro tipo de conocimiento posible.
Kant creía que la conciencia del deber del hombre no está subordinada a nada exterior a él. Su conciencia sería autónoma y su último tribunal porque su gran valía residiría en ella misma. La síntesis de Kant fue luego radicalizada por Fichte, que une a la naturaleza y a la voluntad en un Ego endiosado. Y este proceso de considerar solo al hombre y/o a la sociedad ha continuado con Feuerbach, Marx, Nietzsche, Freud, Sartre, Heidegger, el posmodernismo, el cientificismo ateo, etc. Aunque por razones distintas, el panteísmo, y el orientalismo en general, también predican la autosuficiencia.
Todas estas teorías de un hombre endiosado y autónomo están hoy inconscientemente masificadas en las ideas actuales
De modos simplistas, todas estas teorías de un hombre endiosado y autónomo están hoy inconscientemente masificadas en las ideas actuales. Es así que se tiende a creer que la verdad de las cosas consiste en lo que cada cual piensa de ellas y todas las opiniones aparentan poseer similar peso y validez. Y los hombres suelen no vacilar sobre su propio juicio. Ya Montaigne había dicho que de todos los dones que la naturaleza le ha otorgado al hombre, el que ha sido distribuido más equitativamente ha sido el juicio, o sentido común, ya que ningún hombre está nunca insatisfecho con la cantidad que ha recibido.
Las personas suelen dedicar gran parte de su tiempo a opinar sobre las cosas, y de ordinario se suele dictaminar en torno a lo que está bien y a lo que está mal. Asiduamente se opina sin sujeción a nada metafísico y muchas veces incluso sin siquiera subordinarse a las ciencias humanas. Y nadie aparenta dudar mucho sobre lo que piensa.
Paradójicamente, ya sea de manera explícita o implícita, a su vez la sociedad posmoderna más bien da crédito a la evolución neo darwinista de los organismos a través del azar y de la selección natural. A menudo, sin del todo cobrar conciencia de ello, el hombre actual estima - y a toda honra- que el ser humano es un orangután lampiño y locuaz que ha tenido éxito. Así resulta que, multitudes que no titubean sobre su propio juicio, al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto, también estiman que el hombre y su cerebro son sólo materia azarosa. Pero si resultara que las propias mentes humanas provinieran de un proceso evolutivo impersonal y carente de razón y de propósito, ¿cómo justificar el depositar tanta confianza en la inteligencia humana y en su capacidad de conocer la realidad?
¿Cómo justificar el depositar tanta confianza en la inteligencia humana y en su capacidad de conocer la realidad?
Es hoy ya sabido que la lucha por el poder y la pantomima de alcanzar la perfección terrena con proyectos políticos, religiosos o culturales, como lo fueron los movimientos marxistas, fascistas, nazis y otros, han sido una de las mayores fuentes de mal y de sufrimiento. Durante el siglo XX, camarillas de truhanes impusieron compulsivamente sus ideas como si fueran las portadoras de toda la verdad, de toda la justicia, y capacitadas de agenciar todo el bien posible y eliminar todo el mal existente para la raza humana.
Sugeríamos que una evidencia es una verdad que no se puede demostrar por puro razonamiento lógico pero que es cierta. Existen algunas verdades que se infieren como alevosas, como que usted existe, o que yo estoy escribiendo esta nota, o que el todo es mayor que la parte, o que todo efecto tuvo una causa. Kolakowski escribió que antes de que los principios utópicos del marxismo sobre la fraternidad perpetua se pongan en práctica, ya se sabía que, tras la supresión forzosa de la propiedad privada, la pugna por el poder, la codicia y la agresividad humana permanecerían intactas o incluso ganarían fuerza. Y así fue que estos movimientos causaron latrocinios, calamidad y vilipendio, y dejaron el globo terráqueo hecho un estropicio.
Resulta llamativo que, justo cuando la mente humana ha escalado sus más encumbrados picos, el hombre ejecutó la más nefanda perpetración de devastación, ignominia y muerte a sus semejantes de toda la historia. Después de los ciento cincuenta millones de muertos que Europa ha ultrajado y masacrado desde la guerra de 1914 hasta el final de la guerra de Yugoslavia, y de las decenas de millones exterminados en países como China y otros, el optimismo en la raza humana ha quedado malherido de por vida.
Desde los orígenes de la humanidad la guerra ha sido una constante endémica, de clan a clan, de tribu a tribu, de pueblo a pueblo, de nación a nación. Según Novicow, en 3357 años, desde 1496 a.C. hasta 1861 d. C. ha habido 227 años de paz y 3130 de guerra, es decir trece años de guerra por uno de paz. Y hoy día la mayestática Señora Ciencia proporciona medios que con creces bastarían para que nadie en el planeta padezca hambre ni necesidades remediables. Pero las ideas y los actos humanos provocan que miles de millones de personas vivan y mueran como animales.
Las ideas y los actos humanos provocan que miles de millones de personas vivan y mueran como animales
Así como también lo creían Dostoyevsky, Kolakowsky, Adorno y otros, Horkheimer opinaba que todo intento por fundamentar la moral en una perspectiva terrena y no desde el más allá –y agregaba que ni siquiera Kant resistió siempre esa tentación– se recuesta en ilusiones. Y esto es aún más patente si además se estriba en el cruel e implacable ethos de la selección natural, en la adaptación con éxito, en el combate por la supervivencia, en la victoria del más fuerte.
El hecho fáctico de que el hombre con denodado esfuerzo sólo consiga pillar conceptos del universo, y no la verdad absoluta de manera inmediata, aniquila la tentación de considerar al hombre como puro espíritu. Y es sabido que la materia esta sujeta a las leyes de la corrupción y de la muerte. ¿Puede así un ser sujeto a las mandíbulas de la muerte que camina raudo hacia su propio funeral y sarcófago constituir por sí sólo simiente fundacional de algo absoluto? Precisamente, por no ser puro e inmaculado espíritu es que el hombre no posee todas las respuestas y que su sistema es finito e imperfecto. Y si además fuera verdad que el hombre y su mente son el efecto causado por un mero proceso natural, azaroso, ciego, indiferente, amoral, despiadado -como multitudes hoy día así lo suponen-; al confiar tanto en el juicio humano, ¿no se estaría ya directamente violando el principio básico de no contradicción sin el cual ningún otro tipo de conocimiento es posible? Resulta todo esto escalofriante tan solo sospecharlo y un punzante aguijón de infinidad de más preguntas que exceden este breve espacio, pero la historia y la inteligencia humana sugieren que el hombre por sí solo no puede ni fijar las reglas correctas ni mucho menos luego cumplirlas.
El autor es empresario y escritor. Durante 2012 publicó "El hombre automutilado", Didaje.
Carlos Morea (h)





