Cómo programar un gato en diez días

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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30 de mayo de 2018  

Se han escrito suficientes páginas sobre los gatos, en mi opinión. Creo, sin embargo, que los siguientes párrafos llevarán algún alivio a muchos poseedores de estos pequeños felinos hogareños.

Me he tomado, en las líneas precedentes, un par de licencias, en nombre de la claridad. Pero nadie posee un gato. Es más bien al revés.

Nótese, luego, que me he ahorrado el insolente adjetivo de doméstico, porque, fuera de cierta conducta cívica que los dispensa de caer en la categoría de ferales, es imposible domesticarlos del todo. Reside allí parte de su magia. Si uno mira de cerca la sombra de un gato al sol, acaso pueda vislumbrar algo de selva, de sabana, de bosque.

A propósito, son hogareños, pero no se adecúan a nuestra morada. Todo lo contrario. Los muebles de maderas algo menos duras que el roble o el anchico quedarán pronto arañados calamitosamente, como hacen sus primos mayores con los árboles, para marcar territorio. Por una política idéntica, los pequeños felinos rubricarán con particular empeño nuestro sofá favorito. Porque si es nuestro, es de ellos. A lo sumo, consienten en prestárnoslo.

A los que amamos los gatos estos contratiempos (y otros, que me abstendré de enumerar) no son sino el pequeño costo que debemos pagar por su compañía sensual y silenciosa, por sus miradas magnéticas, y por asistir a un hecho prodigioso: parecen perfectos. Miren un gato, un barcino cualquiera, cruza de siglos y de océanos; mírenlo, y verán que no existe forma alguna de mejorarlo.

Sabemos también que se los calumnia de muchas maneras. No responderé tales falsías. Ningún gato ha solicitado jamás un abogado.

Constituye un arte convivir con estas criaturas que, de tan individualistas, se terminan pareciendo demasiado a nosotros. El mayor desafío es que no obedecen. Punto. Ignoran con desdén olímpico cualquier forma de coerción. Se diría que hasta nos toman el pelo o que en cualquier momento se echarán a reír de nuestra ingenua y un poco vulgar pretensión de que un gato, que fue deidad en Egipto y socio satánico en la Edad Media, se digne a obedecer.

Pero no está todo perdido. Es verdad, los gatos no se subordinan. Simplemente, no está en su ADN. Adoran los premios, pero no se dejan sobornar. Entienden muchas palabras, pero pocas les importan.

La buena noticia es que detectan patrones de comportamiento con la agudeza de los detectives legendarios. Una casi imperceptible alteración en las rutinas cotidianas, y ya saben que te vas de viaje o que están por llevarlos al veterinario. Por lo tanto, los gatos se pueden programar. Algunos preferirán la palabra persuadir. Es lo de menos. Vamos a la receta y su ingrediente secreto.

Supongo que hay cierta variación individual, pero, en promedio, se necesitan diez días para que un minino acepte un nuevo estado de cosas. Tratará de entrar en el dormitorio hasta triturar la paciencia más inexpugnable. No hay que ceder. Pueden tomarme la palabra. Más o menos diez días después, esa habitación quedará excluida de su prolijo mapa predatorio. Todavía más interesante, perderá todo interés y se buscará otro lugar para dormir. Nadie le gana a un gato en altivez.

¿Quiere comer a deshoras o tomar agua exclusivamente de la canilla? ¿Importuna cuando nos sentamos a almorzar o se interpone entre nosotros y la notebook? Su persistencia -lo sabemos bien- parece inquebrantable. Pero no lo es. Se requieren, es cierto, una gran voluntad y unos nervios de acero para tolerar diez días de maullidos quejumbrosos y berrinches a granel. Pero, pasado ese plazo, algo cambia en su mente insondable de cazador, y se adapta a la nueva situación.

No deben, sin embargo, esperarse milagros. Si tiene una manía o una afición (el atún, el queso blanco o considerarnos muebles de sangre caliente, como escribió, genial, Jacquelyn Mitchard), no habrá modo de disciplinarlos. Y en eso también se parecen mucho a nosotros.

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