
Conocerás al hombre de tus sueños
"Conocerás al hombre de tus sueños" de Woody Allen, no hace mucho en cartel, produce el mismo singular gozo que casi todas sus películas, que nunca carecen de su sello de inteligencia, humor y profundidad. En ella, a continuación de alguna película anterior, asoma un Woody Allen que a medida que envejece muestra cierto desengaño con la supuesta superioridad de la lucidez, con la ventaja que supondría una inteligencia que reniega de las soluciones fáciles para la vida. El cineasta se muestra decepcionado con el desencanto que produce la mera inteligencia del mundo, y se pregunta si en un mundo definido por el sonido y la furia de Macbeth no viven mejores vidas aquellas personas que optan por una ilusión, aun siendo evidente el engaño que esta supone. Sin llegar a una revalorización abierta de la candidez, o más directamente, de la estupidez, se pone en tela de juicio la superioridad del escepticismo frente a otras formas de digestión de la vida. Así, la película es una reflexión sobre el engaño y la lucidez, y sobre cuál de las dos es más eficaz a la hora de vivir. Y la sospecha que subyace es que, en la vida, la ilusión es un remedio más eficaz que cualquier medicamento. Menos Prozac y más ilusión, sería una síntesis posible.
Woody Allen no es el tipo de escéptico que se fatigaría en combatir las creencias ajenas, sino que es aquel que carece de una propia. Y si mantiene un total escepticismo frente a la verdad, ya no lo mantiene tanto frente a los efectos que ella tiene. En alguna entrevista Allen recuerda a Nietzsche: "Si mirás la vida muy de cerca, es insoportable". Lo que el hombre busca en la vida básicamente es una palanca que sostenga su mundo. ¿Cuán relevante es que esa palanca sea verdadera o falsa, si cumple su función? ¿Qué importancia tiene la verdad última de una creencia, si en definitiva tiene eficacia para la vida? ¿Habremos de condenar a los placebos por suplir la misión de un medicamento? Así, de todas las vidas relativamente malogradas de esta película, aflora como una sobreviviente Helena, que consulta a una fabuladora profesional que oficia de vidente, pero que finalmente, gracias a creer en los disparates que ésta le anuncia, termina fabricándose un destino acorde con lo que su creencia añoraba.
"Recuerdo que estuve en TV con el predicador Billy Graham y él me decía: ‘Si tenés razón y yo estoy equivocado, si realmente la vida no tiene sentido y Dios no existe, de cualquier modo mi vida fue mejor que la tuya’", dice Woody Allen, citando una variante de la apuesta de Pascal. Lo relevante para Allen no es la sustancia de aquello en lo que se cree, cosa siempre indemostrable, sino los efectos que produce la intensidad de la creencia misma. Entonces, ¿es la lucidez una forma de la dicha o una forma de la desgracia? ¿Para qué sirve todo lo que la inteligencia desenmascara y desprecia? ¿Hace más feliz nuestras vidas? No hay salida a esta pregunta, que de todas maneras acaso sea irrelevante, porque la lucidez, al igual que la ilusión, no se elige. A la larga, no cree quien quiere, sino quien puede. Lo propio de la ilusión es la renuncia a un desdoblamiento escéptico y reflexivo. Y si es cierto que no hay nada más maravilloso que el sueño, la pregunta que resta es: ¿se puede soñar sabiendo que se sueña?
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