La coquetería y el feminismo

Dolores Caviglia
Las muñecas de mi abuela
Las muñecas de mi abuela
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27 de febrero de 2019  • 00:13

El cartel pequeño a la derecha del camino de la entrada, entre plantas verdes, hecho de tronco, daba la bienvenida con letras de hierro: "La coqueta". Ese era el nombre que mis abuelos, los padres de mi padre, habían elegido para la quinta que habían comprado en Glew, zona sur del conurbano bonaerense. Allí pasé la mayoría de mis fines de semana desde que nací hasta los 8 años, junto a mis primos, los hijos del hermano de mi padre, jugando en la pileta cuando hacía calor, en la tirolesa que habían montado de árbol a árbol los días más frescos, entre moras, los hijos de los caseros, bicicletas, duraznos en almíbar, el aroma del café bien batido en tacitas amarillas después del asado, los perros y esa campana de bronce que sonaba para indicar que la comida estaba lista. No sé si alguna vez pregunté el porqué del nombre, quizá sí y hoy no lo recuerdo. Para mí era por mi abuela Iris. Ella era la coqueta.

Tenía la tez blanca, los ojos amarronados, el pelo aclarado, abundante, un jopo al costado, las manos pequeñas, los pies también. Tenía bombones de chocolate para las visitas, un deshabillé de seda para cuando salía de la cama y unas pantuflas rosas con una flor inmensa en la punta. Muchos sombreros, muchos vestidos. Ese que conservo. Su casa era como ella. Olía rico por los jazmines. Estaba llena de adornos que yo miraba embobada porque no me dejaba jugar con ellos. Un mimo de cerámica con traje delicado y una lágrima negra pintada en la mejilla. Dos muñecas que bailaban flamenco. La abuela Iris nunca estaba manchada ni arrugada ni tenía olor a milanesa frita o mal aliento. Siempre parecía recién salida del salón de belleza de Isabel, su peluquera. Siempre pensaba en ella como en una actriz de televisión.

Y sin embargo yo nunca fui coqueta. Durante mi infancia me vestí como me lo indicó mi madre. Al empezar la adolescencia tuve varios momentos: me gustó la ropa estridente, la ropa de feria americana, la ropa ancha. Cuando comencé a salir a bailar con mis amigas, usaba pantalones deportivos y remeras lisas o de mi banda favorita. Odiaba los jeans. Odiaba las prendas que marcaban mi cuerpo. No me maquillaba. Creía que las máscaras para pestañas, los rubores, los labiales eran un engaño. Pensaba algo así: "Yo soy esto, a cara lavada, no quiero fingir". Qué tonta. Qué prejuiciosa. Para mí las chicas que se vestían divinas, que lucían tops al ombligo, que disfrutaban de su belleza, eran superficiales.

A mis 20, bien pasados, comencé a interesarme más por cómo lucía, de a poco. Tuve que desandar el camino. Volver a construirme. En la facultad, en mis trabajos, conocí gente tan atractiva y tan inteligente que me sentí avergonzada. Como mis amigas de la revista de moda, unas hermosas infernales que tienen el don de combinar las prendas de forma magistral, que escriben y diseñan con el mejor de los gustos y que me mostraron que no hay razón para temer a las cosas lindas.

En las últimas semanas esto de la belleza y la coquetería se cruzó con el feminismo y fue polémica. La pregunta se escribió en las redes sociales y generó una, otra, grieta: si muestro la cola, divina, parada, si quiero la panza chata, si me ocupo de mi cuerpo, si entreno, si me esmero por gustarme, ¿lucho para que se caiga el patriarcado? A mis 15 años seguro pensaba que claro que no.

No me siento voz autorizada para hablar del tema, en el diario tengo compañeras mucho más instruidas que seguro pueden entender y explicar lo que sucede mejor que yo. Pero soy mujer en este tiempo. Y yo también tuve que desandarme para entender que no debo vivir acostumbrada a que los hombres ostenten la ventaja. Tuve que lavarme bien la cara, bien los ojos, para volver a mirar por primera vez. Y entonces vi que la lucha de las mujeres debería incluir la lucha por el disfrute del cuerpo. ¿Por qué no? Es de patriarca pensar que lo que una hace lo hace por los demás. Es de tonto no ver que las adolescentes que se visten como quieren no son superficiales sino libres.

Hoy soy más coqueta y feminista que nunca. Me gustan mucho los labiales, los zapatos, las prendas que marcan mi cintura y los accesorios enormes. Pero hay días en que me gustaría volver a tener 18 para calzarme esa minifalda que nunca me puse, combinarla con botas altas y bailar toda la noche, hasta que me duelan los pies.

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