Coronavirus y política: ¿puede la ciencia dar sustento a un discurso global?

María Teresa Gargiulo
María Teresa Gargiulo PARA LA NACION
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29 de julio de 2020  • 23:00

Por María Teresa Gargiulo y Santiago Hernán Vazquez

La práctica de la cuarentena -propuesta inauguralmente por el padre de la homeopatía, Samuel Hahnemann, a comienzos del siglo XIX- adquirió, en estos últimos meses, un alcance global. Las medidas definidas y adoptadas por los estados no parecen haber sido, en esta línea, en absoluto creativas. Si las examinamos, podemos identificar patrones similares de restricción y confinamiento.

Sin embargo, para algunas figuras de relevancia internacional, esta uniformidad global ha estado lejos de ser la esperada. El caso más significativo es el de Henry Kissinger. En una columna publicada en The Wall Street Journal el pasado 3 de abril, el exsecretario de Estado norteamericano denunciaba que la pandemia ha provocado un anacronismo, un renacimiento de la ciudad amurallada. En efecto, cada estado ha definido su propia política frente a la pandemia. En una época en la que la prosperidad depende del comercio mundial -argumentaba Kissinger-, las decisiones y estrategias para detener el impacto del Covid-19 deberían haberse definido a una escala global.

Esta propuesta de globalismo paroxístico evidencia (con reveladora potencia) una serie de particulares supuestos acerca de las relaciones entre política y ciencia, que están muy vigentes en los días que corren. Por ello resulta necesario identificarlos y revisarlos. Ayudados, en este caso, por el modo en que estos se muestran, sin pudores, en las palabras del exsecretario. Después de todo, la propuesta de Kissinger no solo pretende avanzar sobre la salud pública de cada país, sino que sus estrategias pueden resultar fatales -y es esto lo que nos interesa subrayar- para el desarrollo de la misma ciencia.

Ningún organismo puede arrogarse a sí mismo la prerrogativa de representar "La ciencia": ni la OMS con sus marchas y contramarchas, ni el Imperial College de Londres con sus fallidas predicciones, ni ningún otro. Si Kissinger está pensando en invocar estos organismos para organizarnos a escala global frente al Covid-19, lamentablemente tenemos que decirle que aquellos no representan ni tienen el monopolio de "La ciencia". Al menos, no toda la ciencia, ni lo medular en ella. La ciencia -o la tradición occidental que supo gestarla a través de dos mil quinientos años- es siempre más rica en contenido, más variada, más multilateral y más viva e ingeniosa que lo que Kissinger parece estar dispuesto a imaginar.

En los días que corren no existe ni va a existir -al menos durante un largo tiempo- un enfoque uniforme donde "La ciencia", en una escala global, se pronuncie respecto a las medidas que deben ser asumidas frente a esta u otra pandemia. Pues la ciencia, simplemente, no funciona como piensa Kissinger o como suponen muchos políticos.

Ciertamente, y en la medida en que se trata de una actividad peculiarmente humana, en la ciencia existen y han existido siempre, modas, autoridades, presiones sociales y políticas, y científicos que las aceptan pasivamente. No obstante, la tarea de la ciencia fue y sigue siendo -inclusive en su aporte sustancial a la lucha contra las epidemias- conocer y escudriñar la multiforme verdad del universo y analizar retrospectivamente los límites y reducciones que suponen las verdades ya alcanzadas. Esto lleva tiempo. Mucho tiempo. Y ningún paper, congreso ni organismo puede arrogarse a sí mismo el haber cumplido hoy, consumadamente, con esta tarea. Ajena a este ámbito de la mera opinión o de la concepción política y/o politizante de ella, la ciencia evoluciona a través de modestos, provisionales y parciales ensayos y diseños. Ella está compuesta por un sinfín de programas de investigación con sus respectivas ideas y métodos que se resisten a todo intento de unificación teórica.

Una respuesta eficaz o inteligente de la investigación científica a esta pandemia está muy lejos de la propuesta del exfuncionario norteamericano. Hoy se torna necesaria y urgente la tarea de generar discusiones en torno a las diferentes posiciones y lecturas que han surgido frente a la aparición y difusión de este virus y el mejor modo de enfrentarlo.

Hemos escuchado a muchos especialistas. Demasiados especialistas dictando sentencias y muy pocas discusiones entre especialistas. El viejo Popper entrevió el peligro que esto constituye para la ciencia cuando en su obra El mito del marco común señaló que "la especialización y el recurso a las autoridades es la muerte del conocimiento, mientras que el aumento del conocimiento depende por completo del desacuerdo". En efecto, el desacuerdo es lo que conduce a la discusión, al argumento, a la crítica mutua y, en última instancia, a la competencia entre las diversas prácticas y tradiciones que han sido capaces de construir lo que conocemos por ciencia.

Por supuesto que nos gustaría que, de ser posible, la discusión llegara a una solución verdadera. Después de todo, ese es el objeto de la ciencia. El problema es que se nos quiera vender gato por liebre. Es decir, que el acuerdo sea ficticio, falso y políticamente instrumentalizado.

Los informes de la OMS o del Imperial College de Londres pueden estar firmados y ratificados por 186 o 260 ganadores del premio Nobel. No obstante, no es este formato autoritario el que torna automáticamente válidos sus dictámenes sino, en todo caso, su capacidad de dar cuenta en favor de ellos. Sus argumentos, naturalmente, deben ser sometidos a examen. Y, por supuesto, esto implica tiempo, esfuerzo y descentralizar la búsqueda de soluciones en diversos programas de investigación. Después de todo, queremos tener garantías de que no sean motivos meramente políticos y propagandísticos los que expliquen el predominio de una medida. Es necesario saber, por ejemplo, si soluciones distintas a las adoptadas podrían ofrecer mejores resultados.

En pocas palabras, la ciencia gravita demasiado en nuestras vidas como para no saber cuál es el auténtico alcance de sus conclusiones.

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