
Crónicas de la vida de Maradona
En Conocer al Diego (Planeta), Daniel Arcucci se adentra en la intimidad del mito futbolístico para entender la fascinación social que ejerce
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Cuando sonó el timbre en la casa de Vía Scipione Capesce 7, en las alturas de Nápoles, en el barrio de Possillipo, era casi la medianoche y estábamos sentados en el living, mirando televisión. A esa hora, la escena podía ser el final de un día muy intenso, pero con Maradona nunca se sabe.
Descalzo, con los pies enfundados en medias blancas y recogidos sobre el mismo sillón en el que permanecía sentado, Diego manejaba con tres aparatos de control remoto el imponente equipo de audio y video blanco de marca danesa, Olaffson. Uno le servía para cambiar los canales, sin detenerse más de tres minutos en alguno de los varios centenares que le ofrecía la antena satelital. Con el otro, manejaba la posición de la pantalla, de acuerdo con cómo él y yo estuviéramos sentados y también para divertirse con mi desconcierto ante tamaño adelanto tecnológico. El tercero sería para el equipo de música, supongo.
Por supuesto, él no se levantó para atender al llamado desde la calle. Demasiado acostumbrado estaba a que los tifosi se agolparan en la puerta de su casa, todos los días y a cualquier hora. Alguno de ellos, más de una vez, se animaba a tocar el timbre, apostando a ganar el premio mayor: que Diego lo atendiera. Rara vez sucedía. A veces, ante los ruegos, simplemente se asomaba al balcón de la segunda planta y los saludaba. Con eso bastaba.
Claro que, en esos días, la pasión se multiplicaba. Era abril de 1990 y el Napoli estaba en el umbral del segundo Scudetto.
* * *
El encuentro con el propio Diego fue en Soccavo, el centro deportivo del Napoli que llamaba la atención por su precariedad y su sencillez. Unos vestuarios con techo de chapa y paredes apenas revocadas pintadas a la cal; una cancha de entrenamiento pelada y dura; un portón para sostener la presión de los hinchas por entrar.
Poco le importaban las carencias a Diego por aquellos tiempos. Estaba feliz, pleno. Apenas me vio, se bajó de su Mercedes Benz platinado y descapotable, se paró a un lado, abrió los brazos con las palmas de las manos hacia adelante, y me preguntó: "¿Cómo me ves?" Estaba fantástico, la verdad. Enfundado en una camisa de seda y un pantalón, todo en tonos de negro y marrón, todo Kenzo, dejaba ver una figura sólo comparable con la de sus mejores tiempos, aquellos del Mundial de México, cuatro años antes. "Está mejor que antes", me sopló Signorini al oído, para darme argumentos para la respuesta. Pesaba setenta y dos kilos y medio, pero eso no era lo mejor; la cosa pasaba por el ánimo y la actitud. Menos de un año antes, en agosto de 1989, no sólo no quería saber nada de regresar a Italia, después de la Copa América de Brasil y de sus vacaciones; no tenía ganas ni de salir de su departamento de Núñez.
Ahora encaraba a los periodistas, tras recibir mi respuesta obvia y aclararme: "Hoy voy a hablar, hoy me toca". Enseguida lo rodearon, como un enjambre. "Después, después de la práctica", les dijo con una sonrisa, y todos accedieron, con una sonrisa. Se cambió rápido, se puso los botines sin atarlos, y salió a la cancha de práctica. Entonces, empezó su show, el de siempre cuando está bien. Empezó haciendo jueguito con la pelota de fútbol y terminó con una de tenis que uno de sus compañeros, Andrea Carnevale, le tiró para provocarlo. Cumplió con la práctica completa, como todos. Era viernes, la anteúltima de la semana y del campeonato. El domingo, en el San Paolo, el Napoli recibía a la Lazio y, con sólo empatar, festejaba su segundo Scudetto, después de un año durísimo, colmado de peleas entre el dueño del equipo, Diego, y el dueño del club, Corrado Ferlaino.
Quizá por eso, la primera pregunta de los periodistas fue:
-Diego, teniendo en cuenta lo que se vio en las últimas fechas, ¿no pensás que hubiera sido mucho más simple para el Napoli si vos te ponías físicamente bien antes y entonces no hubieran sufri...?
-A mi me piace vincere cosí.
Diego sabía usar el italiano para contestar. Podía ser tajante, gracioso, agresivo, afectuoso. Siempre era muy original. Aquel día, aparte de dejar claro que él hacía las cosas como le gustaba, sentenció sus conflictos con una broma: "¿De quién es la culpa de lo que pasó en el verano? Creo que no vale la pena decir es culpa de Maradona, es culpa de Ferlaino... Es culpa de Ferlaino, es culpa de Ferlaino..." (...) Diego se sentó al volante, por supuesto, y Signorini a su lado. A mí me quedó un mínimo espacio entre los dos asientos, casi sobre el baúl, aferrado a una especie de barra antivuelco. Diego dio marcha atrás para salir de un precario alero de chapa, mientras dos asistentes del Napoli se apostaban junto al portón de dos hojas, para abrirlo cuando Diego les diera la orden. Cuando apuntó hacia allí la trompa del Mercedes, empezó a acelerar como hacen los aviones en la cabecera de pista. Levantó el pulgar y los dos asistentes abrieron las puertas. Lo que se veía era un muro de gente, con los ojos abiertos como soles. Diego aceleró violentamente, la caja automática respondió y el Mercedes partió hacia delante con toda su potencia. La gente se abrió como el mar de Moisés, pero con una diferencia: apenas pasó el plateado automóvil, todos corrieron detrás, con lo que tenían a mano. Coches, motos y hasta a pie. Hasta donde pudieron, nos siguieron.
Cruzamos la ciudad. Tratándose de Nápoles, no es una tarea sencilla. Sin embargo, los embotellamientos se abrían milagrosamente para Diego y, si no, siempre estaba bien la vereda. Yo veía pasar la gente, y los autos, y las motos, y los semáforos, y todo, agarrado como podía a ese soporte y con la sensación de estar volando, mientras Diego comentaba, con naturalidad, que al día siguiente, a las 10, tenía que presentarse a la concentración. En la medida que podía, preocupado como estaba en sobrevivir a aquel viaje, pensaba que sería bueno para la nota que escribiría recordar un comentario de un viejo amigo italiano, Carlo Ruggiero, camarógrafo de la RAI: "El periodismo en Italia ha sido injusto. Cuando los jugadores del Inter o del Milan juegan mal o tienen problemas, están estresados. Cuando le sucede a Diego, es poco profesional".
Cuando el Mercedes traspasó la reja blanca de la casa de Via Scipione Capesce y se hundió en la cochera, todos los ruidos parecieron acallarse. Allí abajo, Diego estacionó su nuevo auto entre medio de sus dos Ferrari, apagó el motor, y se bajó inflando el pecho: "¿Te gustan? El problema es que ando a pie, fiera", me dijo. Y juntos subimos por el ascensor interno hasta la segunda planta de la casa...
* * *
Cuando a uno de los novecientos alumnos que abarrotaban el legendario salón de actos de la Oxford University se le ocurrió lanzarle desde los palcos más altos una pelotita de golf, él -Diego Armando Maradona- terminó de complacer definitivamente a quienes lo habían invitado a semejante lugar y fue, en un solo gesto, simplemente él. Tomó la diminuta bocha blanca entre sus manos, se excusó con más ironía que desconfianza -"esto se hace con zapatillas, ojo"- y la hizo juguetear sobre su fino zapato izquierdo una, dos, tres, cuatro, cinco veces, en uno de sus malabares preferidos. El prestigioso recinto, que en tiempos muy pasados, y también muy recientes, recibió a personalidades como Mikhail Gorbachov y la Madre Teresa, Ronald Reagan e Indira Gandhi, estuvo a punto de desmoronarse con la ovación. No sólo aplaudían la habilidad, por supuesto; veneraban, más vale, una actitud: con ese gesto, Diego era absolutamente auténtico en un ámbito distinto.
Como la mayoría de los pasos que Maradona da en la vida, éste tuvo mucho de novelesco. La idea fue de un argentino que estudia en Oxford -Esteban Cichello Hübner, presidente de uno de los dos centros de estudiantes, el L´ Chaim- y rápidamente tuvo eco en el abogado de Diego, Daniel Bolotnicoff.
Los preparativos contemplaron todo, pero no tuvieron en cuenta las caprichosas fechas del fútbol argentino. Por eso, el raid de Diego empezó apenas terminó el partido contra Vélez, el domingo 5 de noviembre por la noche. Poco después de las 20.30, en la misma playa de estacionamiento de la Bombonera, la comitiva maradoniana se embarcó en dos remises, dispuestos al milagro de llegar a tiempo a Ezeiza. En sendos Peugeot 405 plateados se subieron Diego y Claudia, Dalma y Gianinna, Guillermo Cóppola y Daniel Bolotnicoff. En una carrera infernal, lograron la primera meta. El último vuelo de America Airlines les permitió arribar a Nueva York en la mañana del lunes 6, con el margen suficiente como para empalmar allí con el Concorde de la British Airways que -en apenas tres horas y media de viaje- los depositó finalmente en Londres, cerca de las cinco y media de la tarde del mismo lunes. Una van de los organizadores los esperaba y, en menos de una hora, los trasladó hasta el Randolph Hotel, el más importante de Oxford, donde Diego apenas tuvo tiempo para darse una ducha y descansar un poco. Enseguida cubrió los escasos metros que lo separaban del edificio de la Universidad y se preparó para afrontar uno de los desafíos más difíciles. Tanto lo preparó, que la primera parte de su exposición sorprendió al mundo y seguramente, también, al auditorio.
Lo cierto es que, a las 21.25 hora local, enfundado en un impecable traje oscuro y acompañado en el escenario por sus dos hijas -ataviadas con idénticos vestidos celestes-, Diego Armando Maradona inició su discurso de presentación, con una actitud pública que no se le recuerda en todos sus años de protagonista central: lo leyó. Fue un discurso cuidado, elaborado hasta en su más mínimo detalle, pero -quizá por todo eso- carente de la más pura impronta de Diego, característica fundamental de su personalidad. Lo inició, sí, con un toque fuerte, sentido, cuando pidió un minuto de silencio por Yitzhak Rabin: "Lo conocí antes del Mundial 94 y me pareció un tipo sensacional, un luchador terrible por la paz", diría después. Continuó fundamentando su lucha: "La defensa del jugador de fútbol, con la creación del sindicato". Lo terminó con un destello emotivo, original: "Con 35 años de edad, me sigo repitiendo como cuando era chico: jugador de fútbol, jugador de fútbol". A las 21.25 exactas había comenzado, a las 21.50 leyó sus últimas palabras. Entonces, empezó a responder preguntas.
¿La mano de Dios? "Les voy a explicar, les voy a explicar... El tiempo lo cura todo. Lo haría contra cualquier equipo del mundo, es mi forma de ser; siempre busco lo mejor para los míos." ¿Hasta cuándo jugador? "Si me siento como un chico de 35 años, voy a seguir". ¿Qué es el gol? "Lo más lindo que tiene el fútbol, el pago para toda una semana de trabajo." Un estudiante argentino le gritó: "Dieguito, ¿cómo anda Boca?", mientras su ex compañero del seleccionado, Osvaldo Ardiles, subía al estrado varias veces para ayudarlo en la traducción de las preguntas. Y terminó con el tema de "El gol de la Mano de Dios" al hablar del otro, el segundo: "Fue el gol que cada futbolista quiere hacer cuando sueña con entrar en la historia". Era la respuesta para la última pregunta, pero a esa hora Diego quería más: "Total, hicimos un viaje cortito, no hay problemas". Fue entonces que le llovió la pelotita de golf, cuando ya la vieja, legendaria y prestigiosa Universidad de Oxford, creada en 1249, empezaba a rendirse a sus pies. Porque enseguida cayó otra pelota, de las de siempre, las de cada domingo. La durmió en la cabeza, casi apoyada en el mechón rubio sobre el que nadie osó preguntarle nada y estalló en un canto risueño, sólo que con algunos tonos diferentes: "¡Ooolé-olé-olé-olé/Diegoúúú, Diegoúúú!" Le pusieron una tradicional y consagratoria toga sobre sus hombros y su cabeza, y le entregaron el diploma que lo acredita como "Master inspirater" que, según los mismos estudiantes, lo definieron como "maestro inspirador de quienes todavía sueñan". Dejó que los ojos se le inundaran de lágrimas cuando confesó en quienes pensó, parado en el medio de un escenario legendario, hablando de sí mismo, de su propia vida, ante estudiantes de una de las universidades más célebres del planeta: "En mis hijas... y en mis viejos, que me dieron la educación que pudieron".




