
Cuadernos de escritor
Por Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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Los cuadernos de los escritores (a veces llamados diarios) son piezas extrañas de la literatura que no siempre los editores están dispuestos a publicar. No pertenecen a ningún género preciso, carecen de hilván, se mofan de cualquier intento de desenlace, exaltan la fragmentación, realzan lo nimio y redundan en citas, a la manera de un azaroso repertorio de gustos y desdenes. Muchos escritores deciden que, si ocurre, la publicación de sus cuadernos sea póstuma; es difícil saber si por pudor o para no presenciar el desinterés de los editores. En cualquier caso, los diarios aparecen cuando el autor ha muerto, ya que este tipo de textos nunca se publica antes de su consagración. O sea, para legitimar una escritura privada, primero hay que ser un hombre público.
Estos cuadernos suelen acompañar a los autores durante largos períodos, de allí que sean testimonio privilegiado de su sensibilidad. ¿Y qué más se busca en un escritor que su percepción singular puesta al servicio del arte de la escritura?
La reciente aparición de los Cuadernos norteamericanos, de Nathaniel Hawthorne, es una gratificación literaria, postergada quizá por alguno de los motivos antes mencionados. Hawthorne ha sido uno de los escritores norteamericanos más lúcidos y conflictivos, de allí que sus apuntes diarios den cuenta de su sensible agudeza. En total Hawthorne escribió tres volúmenes. Los Cuadernos norteamericanos abarcan el período de 1835 a 1853, cuando residía en los Estados Unidos, y terminan con su mudanza a Inglaterra para desempeñarse como diplomático en Liverpool, donde empezarían sus Cuadernos ingleses, para luego seguir con los franceses e italianos.
Esta nueva edición es un verdadero refresco literario. Son pequeñas apreciaciones que revelan un espíritu alerta y, al mismo tiempo, oscuro. Si bien se sabe del origen puritano del autor, que supuestamente le dio un sesgo moralista a su obra, en estos párrafos breves se trasluce su libertad de pensamiento, y de goce. Muchos de sus apuntes refieren a temas que se le ocurrían para un cuento o simplemente aspectos de la realidad que lo incitaban a escribir un comentario. El libro (editado por Norma con un luminoso prólogo de Eduardo Berti, también encargado de la límpida traducción) es un paseo por las luces y sombras de un escritor enigmático que logró dar cuenta de la fragilidad que une y desune a los seres humanos. De este modo, Hawthorne, maestro de la alegoría, vecino de Emerson y Thoreau, gran amigo de Melville (quien le dedicó Moby Dick), revela su impulso de anotar la vida en renglones, como si en esas líneas postulara el sentido de su existencia. La idea de “cuaderno” reivindica el trazo inmediato, la sensación tan festejada –y nunca depuesta– por el flamante ganador del premio Anagrama, el argentino Martín Kohan, que escribe sus novelas en cuadernos. ¿Será que la pantalla exime al cuerpo de su participación concreta en la escritura?





