Cuando Carter enfrentó a la dictadura

Daniel Gutman
Daniel Gutman PARA LA NACION
En medio de la polémica por la visita de Barack Obama, es bueno recordar que fue otro demócrata el único presidente del mundo que se enfrentó al gobierno militar argentino y exigió terminar con la represión ilegal
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23 de marzo de 2016  

Fuente: LA NACION

Estados Unidos fue, durante la presidencia de Jimmy Carter, un duro adversario de la dictadura militar argentina. Durante 1977 y 1978, Carter y su valiente secretaria de Derechos Humanos, Patricia Derian, presionaron a la Junta Militar para que pusiera fin al terrorismo de Estado. Ningún otro gobierno hizo algo parecido, a pesar de que la comunidad internacional estaba informada de la magnitud de los crímenes que se cometían en el país con la excusa del combate contra la guerrilla. Éstos son hechos documentados y deben tenerse en consideración hoy, ante la visita del presidente Barack Obama –demócrata, como Carter– en coincidencia con los 40 años del último golpe militar.

En 1976 el presidente estadounidense era el republicano Gerald Ford. Su secretario de Estado era Henry Kissinger, quien recibía casi a diario informes de la embajada en Buenos Aires sobre la represión ilegal, como revelan los documentos desclasificados en 2002 por el Departamento de Estado, a los que próximamente se sumarán documentos militares y de inteligencia, según acaba de anunciarse. Sin embargo, Kissinger no sólo justificó los crímenes, sino que también, en los dos encuentros que mantuvo durante 1976 con el canciller argentino, prácticamente le pidió disculpas por las denuncias contra el régimen que desde muy temprano realizaron en Estados Unidos medios de comunicación, parlamentarios y académicos."Tengo un punto de vista anticuado, según el cual los amigos deben ser apoyados. Lo que no se entiende en Estados Unidos es que ustedes enfrentan una guerra civil", dijo Kissinger al marino César Guzzetti, hombre de Massera, en octubre de 1976, en una suite del hotel Waldorf Astoria de Nueva York.

Al mes siguiente hubo elecciones presidenciales en Estados Unidos. El periodista Bernardo Neustadt viajó a cubrirlas y dio un puñado de charlas para estudiantes, en las que pretendía explicar que la represión era la respuesta legítima a la guerrilla. Sin embargo, se encontró con un público hostil. "Paso por las universidades norteamericanas explicando la situación argentina desde mi óptica. Preguntan desesperadamente por los derechos humanos", escribió Neustadt, sorprendido y amargado, en la revista Extra. "Hay una fuerte campaña contra el país y sus autoridades en los medios de comunicación", concluyó.

Aquellas elecciones fueron ganadas por Carter, quien asumió en enero de 1977 y, sólo un mes más tarde, redujo la ayuda militar a la Argentina, Uruguay y Etiopía debido a los crímenes que cometían sus gobiernos contra sus propias poblaciones. Nunca antes en la historia de Estados Unidos se había tomado una decisión acerca de ayuda económica externa en consideración a la situación de los derechos humanos en el país de destino. Los militares argentinos recibieron la noticia con enojo y desconcierto: creían que Estados Unidos debía agradecerles por su lucha contra el marxismo. El canciller Guzzetti convocó al embajador Robert Hill al Palacio San Martín e intentó conmoverlo. "Le duele a la ?Argentina la incomprensión de sus amigos", le dijo. Muchos aliados del régimen también se escandalizaron, como el Partido Comunista Argentino, que denunció que la Casa Blanca "ha interferido en asuntos internos de nuestro país esgrimiendo hipócritamente el argumento de la violación de los derechos humanos".

Carter encarnó el espíritu de un sector importante de la sociedad norteamericana que –horrorizada por los crímenes cometidos contra la población civil en Vietnam– repudió la política exterior del país durante la Guerra Fría, basada en el combate contra la izquierda a cualquier costo. La actitud hacia América latina era particularmente sensible, porque ya se había hecho pública la participación de la CIA en el golpe militar de 1973 en Chile. El nuevo presidente explicó su filosofía en política exterior durante un discurso en la Universidad de Notre Dame. "La guerra de Vietnam –reconoció–produjo una profunda crisis moral. Ahora nos hemos liberado de aquel desorbitado temor al comunismo que alguna vez nos llevó a abrazar a cualquier dictador que tuviera el mismo temor."

La presión contra la dictadura argentina fue liderada con determinación por Patricia Derian, quien en marzo de 1977 hizo una primera visita a Buenos Aires y se entrevistó con pioneros del movimiento de derechos humanos, como Emilio Mignone, Alfredo Bravo y Alicia Moreau de Justo. En su segundo viaje, en agosto, Derian enfrentó a Massera en su despacho de la Escuela de Mecánica de la Armada. "Me han dicho que éste es uno de los peores centros clandestinos de detención. Tal vez ahora mismo estén torturando a alguien un piso más abajo", desafió al almirante, quien cínicamente dijo que la Marina no participaba en la represión.

Derian nunca creyó en la visión predominante en la época: que Videla encarnaba un ala moderada de las Fuerzas Armadas, que debía ser preservada para evitar males mayores. Por el contrario, estaba convencida de que la Junta había lanzado un plan de exterminio contra sus opositores reales o potenciales y logró que su gobierno votara en contra de los préstamos pedidos por la Argentina en organismos financieros internacionales. Derian, además, irritó a la dictadura con gestos como su reunión en Washington con el senador radical Hipólito Solari Yrigoyen, quien había sido secuestrado y torturado cobardemente.

La oportunidad de distender este clima llegó en septiembre, cuando los jefes de Estado de las Américas asistieron en Washington a la firma del tratado del canal de Panamá. Carter le concedió a Videla una audiencia en la Casa Blanca, en la que le planteó "la necesidad de que haga conocer al mundo la situación de los prisioneros". La respuesta del dictador entusiasmó al presidente: "La guerra contra la acción subversiva está llegando a su fin y la Argentina pasará una Navidad mucho más feliz".

Dos meses más tarde, aterrizó en Buenos Aires el secretario de Estado, Cyrus Vance. La satisfacción de la Junta Militar se convirtió en humillación, cuando Vance entregó en mano a Videla una lista con los nombres de 7500 desaparecidos. La noticia se publicó en los principales diarios del mundo.

El final de 1977 no llegó con una "Navidad mucho más feliz", como había prometido Videla a Carter, sino todo lo contrario: fueron secuestradas las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo y las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet. Era un salto siniestro en la represión: ahora caían los pocos que se animaban a preguntar dónde estaban los desaparecidos. En mayo de 1978, mientras la mayor parte de los argentinos vivía la euforia del inminente comienzo del Mundial, Carter envió a Buenos Aires al diplomático David Newsom, número tres del Departamento de Estado, para anunciar al dictador que sólo levantaría las sanciones económicas si cumplía tres condiciones: revelar el destino de los desaparecidos, juzgar o liberar a los detenidos sin proceso e invitar a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Las dos primeras condiciones eran inaceptables para Videla, quien accedió a recibir a la CIDH, en una visita que terminaron de negociar el vicepresidente norteamericano, Walter Mondale, y el propio Videla en Roma, durante la coronación del papa Juan Pablo I.

La visita de la CIDH se concretó en 1979 y es difícil exagerar su importancia: gracias a ella, se redujeron sensiblemente los secuestros, se cerró gran parte de los centros clandestinos de detención y se corrió el manto de silencio en el país sobre la tragedia de los desaparecidos. "Difícilmente pueda haber un argentino vivo que no esté ahora enterado de que los derechos humanos son una cuestión de importancia", escribió el embajador Raúl Castro cuando la CIDH se fue. En 1980 se conoció el informe del organismo y ya nadie más en el mundo pudo tener dudas razonables sobre la naturaleza criminal del régimen argentino.

Para entonces, Carter –criticado por sectores empresariales que querían hacer negocios con la Argentina y golpeado por el éxito de revoluciones antinorteamericanas en Irán y Nicaragua– ya no presionaba a la dictadura e incluso intentaba acercarse. Luego de la invasión soviética a Afganistán, pidió a Videla que se sumase a un embargo comercial contra el régimen comunista, a través de un enviado que visitó al dictador en la residencia veraniega de Chapadmalal. Videla dijo que no.

Carter no consiguió la reelección y en enero de 1981 dejó el gobierno. Asumió el republicano Ronald Reagan y los militares argentinos supieron que nunca más escucharían reproches de la Casa Blanca por sus atroces crímenes.

Periodista, autor del libro Somos derechos y humanos

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