
Cuando desembarcó Juan Sin Ropa
Por José Luis Sáenz Para La Nación
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"Juan sin ropa se llamaba... Juan Sin Ropa el forastero... Era el grito poderoso del progreso, la visión ennoblecida del trabajo, la promesa del arado... Al compás de ese concierto, mil ciudades el desierto levantaba de sí mismo." Así lo vio Rafael Obligado, cantando "tristes nunca oídos" y "cielos no escuchados". O, al decir de Marechal: "En sus ojos de allende se borraba una costa, y en sus pies forasteros ya moría una danza", porque llegaban "como el otoño: repletos de semilla, vestidos de hoja muerta".
Era el inmigrante, pilar fundamental de nuestro país. Claro que no todos lo vieron favorablemente, ni José Hernández ni Julián Martel, que lo despreciaba así en La Bolsa : "Maldito lo que le importa que estemos bien o mal gobernados. Haya dinero, prospere su industria, esté bien remunerado su trabajo, y él se ríe de lo demás". O el mismísimo Evaristo Carriego: "A los gringos no me basta con aborrecerlos; yo los calumnio". Y eso lo decía a pesar del Giorello materno que lo apellidaba. Desconfianza del porteño que había llegado antes, y miraba por encima del hombro al llegado en una ola posterior. Porque, como diría socarrón Borges sobre esa época: "El italiano lo puede todo en esta República, salvo ser tomado realmente en serio por los desalojados por él".
También hubo más que burlas, como la masacre de Tandil, en enero de 1872, donde unos cincuenta criollos comandados por un curandero saquean, destrozan propiedades y matan a treinta y un extranjeros. Pero por suerte fue lo excepcional, si lo comparamos con la astronómica cifra de casi tres millones de inmigrantes que ingresaron entre 1904 y 1913, para constituir todavía en 1927 el 25 por ciento de la población, números que modificaron profundamente la primitiva composición demográfica del país (pensemos que, según Félix de Azara, en 1770 sólo había en el virreinato 1800 extranjeros sobre 300.000 pobladores).
De la ley a los hechos
La Ley de Inmigración y Colonización de 1876 definió al inmigrante como "aquel extranjero, jornalero, artesano, industrial o profesor, que, siendo menor de sesenta años, y acreditando su moralidad y sus aptitudes, llegare a la República para establecerse en ella, en buques a vapor o a vela, pagando pasaje de segunda o tercera clase, o teniendo el viaje pagado por cuenta de la Nación, de las provincias o de empresas particulares".
Pero la problemática inmigratoria fue en nuestro país mucho más compleja y conflictiva que las definiciones legales. Se habló del "aluvión descalificado" no orientado hacia la colonización de las tierras sino hacia la instalación urbana, que los hacinó en los dos mil quinientos conventillos porteños (que no eran tan divertidos como los supo pintar Vacarezza). También hubo fermento social, conflictos y huelgas, acusaciones de anarquistas o "maximalistas" a partir del atentado al jefe de Policía Ramón L. Falcón en 1909, castigos como la Ley de Residencia de 1902, dos mil enviados a Ushuaia en el año del Centenario, ataques a extranjeros luego de la Semana Trágica de 1919, etcétera. Después de la Primera Guerra Mundial se debatió si iban a ser aceptados esos "residuos o detritos humanos que ninguna otra sociedad recibiría". Y un ministro de Hacienda llegó a hablar de "población inmigratoria parasitaria".
Pero hoy todo aquello ya es historia, y una mirada llena de admiración y afecto surge espontáneamente ante aquellos peregrinos que llegaron a través del mar, sin más guía o protección que su propia esperanza, a los que vemos agrupados en borrosas fotos color sepia, mirando hacia el vacío, hacia un futuro que aún ignoraban, y que íbamos a ser nosotros, para bien o para mal.
Todos aquellos inmigrantes pasaron sus primeros días de tierra firme e incertidumbre a la vera de la Dársena Norte, en aquel legendario hotel donde esperaron que la Argentina les diese "vía libre". A mediados del siglo que concluye, desactivado como hotel, aquel edificio pasó a ser durante cuarenta años una dependencia de la Armada, con acceso restringido. Sólo ahora, ya en los albores del nuevo siglo, los nietos de aquellos inmigrantes pueden finalmente acceder a conocerlo, gracias a la exposición de Casa Foa, que este año se ha realizado allí.
Multitudes conmovidas han desfilado en estos días, casi reverencialmente, conectando su propia historia individual con la de toda la comunidad, una historia argentina que no está singularizada en los libros pero ha sido trascendental tanto para el país como para sus protagonistas, confirmando esa paradoja de Borges : "Solamente los países nuevos tienen pasado; es decir, recuerdo autobiográfico de él, es decir, tienen historia viva". En suma, un ejercicio familiar, entre encarnado y entrañable, del patriotismo.
Muchos dejaron inscripto en los libros de visita el fuerte impacto de su emoción, al verse ante las valijas, los baúles que testimonian aquella migración, e imaginar el gran desgarramiento que debieron vivir todos ellos al dejar su pasado, sus familiares, sus pueblos, sus lugares, para siempre, y que Rosalía de Castro sintetizó así : "Deixo a aldea que conoso por un mundo que non vin... deixo, en fin, canto ben quero... ¡Quén pudera no o deixar...!".
Desencanto y esperanza
Surgen también historias concretas: un español de setenta y tres años, solo y sin familia, al que no se acepta y debe regresar, como también un italiano de treinta y ocho afectado de tracoma contagioso. Muertes y nacimientos en las travesías, reportadas por los capitanes de los barcos; diez chicos con sarampión derivados a la casa de aislamiento... Y vuelve la voz de Rosalía: "No me olvides, queridiña,/ si morro de soidás/ tantas légoas mar adentro.../ ¡Miña casiña!, ¡meu lar!".
Para muchos de los concurrentes (o quizá para todos) la visita fue una experiencia inolvidable. Transcribamos algunos testimonios que pudimos recoger en los libros de visita: "¡Se me pone la piel de gallina!" "Mi padre pasó aquí tres días en 1937" "¡Bravo por ellos!" "Gracias a ellos se formó la patria, en cuanto a trabajo, a honradez. Ojalá volvieran aquellos corazones tan sensibles y puros, que sabían el valor del trabajo y el sacrificio, y desconocían la palabra corrupción. ¡Pobre Argentina!" Y de ahí en más, con la comparación entre quienes no tenían nada y nosotros (que, a pesar de todo, seguimos teniendo tanto más), surgen inevitables las alusiones directas a la crisis actual: "Antes venían nuestros abuelos, hoy se van nuestros hijos. ¿Por qué? Si el país es el mismo..." (¿Lo será?) Una más: "¿Dónde han quedado las esperanzas, el esfuerzo, el trabajo y sufrimiento que nuestros antepasados dejaron en nuestra tierra? Los argentinos los hemos destruido. ¡Qué pena!". Y para concluir, alguna más esperanzada: "Espero que la Argentina vuelva a ser ese país pujante y promisorio que fue en aquellos años. Todos los que por aquí pasaron se lo merecen".
Ojalá esa visita pueda servir no para abrumarnos sino para reflexionar y fortalecernos, en estos tiempos inciertos en que lo necesitamos tanto. Sería otro de los patrióticos servicios que, aun después de muertos, nuestros venerados inmigrantes saben brindarle a la Argentina. © La Nación




