
Cuando los satélites no alcancen, o la brecha más dolorosa
"Entré apurado y traté de cerrar la puerta, pero no hubo caso. Insistí dos o tres veces, hasta que me di vuelta a ver qué la trababa. Vi la manito, primero, y al chico, después. Se le caían las lágrimas, pero no dijo nada. Ni pío." Es una mañana soleada de jueves y el doctor Abel Albino, creador de Conin y flamante miembro de la Academia Nacional de Medicina, todavía se espanta de su propio recuerdo. Después, explicará que un chico desnutrido va así, como dormido. Ausente de su propia vida, incapaz de alzar la voz frente al dolor o el placer. "A veces les llevaba pelotas de fútbol, se las pasaba y nunca me las devolvían. Porque, ¿cómo iban a patear ellos esa pelota de cuero, nueva? Por eso me da rabia que ahora digan que en la Argentina hay hambre cero. Eso es una mentira. Yo tengo 65 centros Conin en todo el país y si no hubiese desnutrición, esos centros desaparecerían. Combatir el hambre es muy sencillo. Combatir la desnutrición es una tarea mucho más ardua y si no se aborda desde muchos flancos a la vez, con esto no se termina", insiste. En un rato hablará de todo eso frente al auditorio de las jornadas regionales de la ONG Caminando Juntos. Y también habrá aquí quien llore, sin decir ni pío. Y no es para menos, viendo las diferencias que hay entre el cerebro de un chico de tres años cuidado, querido y alimentado, y otro que no tuvo ninguna de las tres cosas. Una naranja contra una nuez. El resto de la vida, resumido en una tomografía.
Es una tarde soleada de ese mismo jueves y la pantalla de Canal Siete vuelve, una y otra vez, a la escena de algo que parece ser Cabo Cañaveral. Pero no; es la Guayana Francesa, donde un cohete francés se prepara para colgar del cielo al ArSat-1, el primer satélite geoestacionario "ciento por ciento argentino", como insisten los presentadores. Lucen exultantes y toda esa alegría junta se debe a que el satélite permitirá -según se dijo- que la Argentina no pierda los espacios concedidos y deje de pagar 60 millones de dólares al año en concepto de alquiler. La nave, los científicos sonrientes, lo inminente del despegue, todo genera una alegría contagiosa, y Dante, mi hijo de nueve años, se contagia enseguida. Entonces se corta la luz (quinta vez en la semana) y todo funde a negro. Y a silencio, sólo que uno habitado por las palabras del doctor Albino. "Ya se sabe qué es lo que hay que hacer para terminar con la desnutrición, pero no se hace. Somos raros los argentinos. Somos raros y somos malos, no estamos como estamos porque sí. ¿Por qué nos caímos? Porque cayó la educación", argumenta.
Nuestro satélite, felizmente, no se cayó. Anduvo. Todavía está en el cielo, buscando su ubicación definitiva. Y si es "nuestro", eso es porque el talento que lo ensambló, lo probó y lo puso en órbita es patrimonio colectivo y valioso. Pero tal vez demasiado cielo esté distrayendo a algunos de los muchos problemas gravísimos y urgentes que aún tenemos por resolver acá, en la Tierra. De todo eso que no se resuelve por decreto, sino con la clase de trabajo integral y a largo plazo que propone Albino, ese que comenzó hace veinte años parado arriba de una lata de aceite y dando clases de nutrición a las mamás de una villa. El que todavía se emociona recordando "al Gervasio, que llegó desnutridito y el año pasado bailó malambo, gato y cueca en la Fiesta de la Vendimia". Ese que va a seguir ahí cuando los satélites no alcancen, el hambre siga aquí y ya no quede otro remedio que ofrecer el corazón. Y las disculpas, por haber confundido eso que es importante con eso otro que es imprescindible.






