Cuando todo es más grave de lo que era

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30 de diciembre de 2001  

Adolfo Rodríguez Saá tambalea en el cargo. Jaqueado por colosales conflictos sociales, en medio de la ebullición de la clase media y de la desmesurada carencia de los pobres, entre el hostigamiento de la violencia organizada y el más destructor aislamiento internacional que haya sufrido el país, el presidente breve dedicó sus siete días de poder a romper el acuerdo con su partido y a escalar en su provecho personal.

Los grupos violentos y depredadores de una izquierda insignificante están neutralizando el pacifismo activo de la clase media, el único sector argentino que parece dispuesto a tomar decisiones políticas rápidas y fulminantes.

Así como hace una semana puso fin a la pobre gestión de Domingo Cavallo y a la errática administración de Fernando de la Rúa, en la madrugada de ayer comenzó a limpiar el sombrío y módico gabinete de Rodríguez Saá.

Susana Decibe, ex ministra de Educación, se convirtió en la primera dirigente peronista en reclamar abiertamente la convocatoria urgente de otra Asamblea Legislativa para remover al presidente en funciones. Decibe dijo lo que muchos dirigentes peronistas piensan y no se animan, aún, a poner en palabras.

Pero la dirigencia política argentina parece dispuesta a pasearlo al país por todas las estaciones del infierno. El error de origen en la designación de Rodríguez Saá fue la brevedad de su mandato y la convocatoria anticipada de elecciones, desatino que tuvo en José Manuel de la Sota a su autor intelectual.

Esa transitoriedad eliminó de la jefatura del Estado a las figuras más importantes y respetadas del peronismo, impidió la confección de un programa serio de gobierno, cerró las puertas de la administración a los técnicos más eficientes de ese partido y, encima, abrió las apetencias políticas de un hombre extremadamente ambicioso como Rodríguez Saá.

El presidente provisional retornó en el acto al peronismo de 1945 e imitó el estilo personal -y hasta el aspecto- del fundador de ese partido. Rodríguez Saá está a punto de reabrir la vieja y lamentable escisión social entre peronismo y antiperonismo, que había desaparecido en las últimas dos décadas.

La decisión de apurar elecciones fue mala, pero resulta peor la vocación de un presidente de romper los acuerdos internos de un partido ya demasiado fragmentado y de desconocer el mandato de la Asamblea legislativa que lo aupó. Para concretar este proyecto necesita quebrar la influencia de los distintos caudillos internos del peronismo; de ahí, su campaña ensimismada en el propio peronismo y no en la sociedad global ni en los problemas de ésta.

Su primera resolución fue buscar el apoyo de los más desprestigiados dirigentes sindicales en un acto patético por su tosquedad.

Los famosos gordos de la CGT, que define a los más viejos caciques del sindicalismo e incluye a Hugo Moyano, nunca equivocan el orden de sus prioridades: Rodríguez Saá debió repartir en trozos el manejo del PAMI y de la Superintendencia de Salud (que monitorea las obras sociales sindicales) entre los dueños de los gremios.

En ese acto arrebatado les dio también la anulación de la ley laboral, que, en efecto, sobrelleva el estigma de su origen y de los sobornos. Pero la decisión presidencial de dejar caer esa ley, sin nada que la reemplace, retrotrae las relaciones laborales a la legislación de Isabel Perón, en 1975, que podría expulsar de la producción a las Pyme en tiempos muy rápidos y aumentar exponencialmente los índices de desocupación.

Cada paso de Rodríguez Saá estuvo marcado por la decisión de quedarse. Sólo la mediocridad irresponsable del fugaz presidente del Banco Nación, David Expósito (que reclamó a las empresas auspicios para su programa de televisión mientras estaba sentado en la función pública), puede expresar el nivel de los colaboradores de Rodríguez Saá.

Merece la pena reproducir un diálogo entre el Presidente y Eduardo Duhalde por Expósito en la mañana del viernes, cuando este último había anunciado una hiperinflación implícita al proponer la emisión de bonos por 15 mil millones de dólares. Ese hombre se debe ir ya mismo , lo zamarreó Duhalde a Rodríguez Saá. No tengo con quién reemplazarlo , le respondió el mandatario. Entonces convocá a los que se fueron y pediles perdón , lo tumbó el actual senador.

Una emisión muy restringida de bonos podría justificarse en la necesidad de monetización del país, carente ya de dólares y de pesos. Pero el nuevo bono no debería superar el monto del total de los bonos provinciales existentes, más un pequeño margen adicional para el necesario tendido de una red de contención social.

La emisión de bonos necesita de dos condiciones insobornables: un presupuesto muy serio y rígido y reglas firmes y claras para su control por parte del Banco Central. Esta institución debe quedar como está, porque su conducción tiene estabilidad institucional y porque a su presidente, Roque Maccarone, y a su vicepresidente, Mario Blejer, la nación política les debe los férreos límites que le pusieron en su momento al ímpetu avasallador de Cavallo.

El populismo que reinó en los últimos días podría advertirse con una anécdota sobre los pagos al Fondo Monetario. Los funcionarios estables de la administración lo convencieron a Rodríguez Saá de que debía pagarse cuanto antes una cuota de intereses al FMI por unos 50 millones de dólares. Rodríguez Saá lo entendió, pero después suspendió la medida durante varios días, a la espera de que el Gobierno les pagara a los jubilados. No quería enfrentar una filtración informativa sobre ese pago. ¿Estamos ante un nuevo Alan García? , preguntan con razón desde Estados Unidos y Europa.

Las tres prioridades elementales de Rodríguez Saá eran la distribución de alimentos entre los más pobres, la preparación de medidas tendientes a flexibilizar las restricciones financieras y el restablecimiento del comercio exterior en sus funciones más básicas. Pero nada hizo. La producción del campo y la industria argentinos, fuertemente tecnificada, no podría sobrevivir a los próximos treinta días sin los insumos importados.

El gobierno de Rodríguez Saá anunció el default argentino como una victoria. Tal frivolidad puso en marcha mecanismos internacionales automáticos que han dejado a la Argentina fuera del sistema solar. El canciller español, Josep Piqué, ha hecho una enorme contribución al sinceramiento argentino: El default no es una victoria, sino un fracaso , dijo el diplomático, un buen amigo de la Argentina.

El peronismo oscila en estas horas entre presionarlo a Rodríguez Saá para que se convierta en un presidente transitorio y serio o, directamente, relevarlo. Muy cerca de Duhalde se manejan dos alternativas: nombrar otro presidente provisional por dos años, al frente de un gobierno de unión nacional, o llamar a elecciones inmediatas, pero para elegir a un presidente de cuatro años sin ley de lemas. La fuerza política de una administración, sea mediante el consenso o mediante elecciones, es indispensable, dicen, para remontar la demoledora irritación social.

La paz social se bambolea al ritmo de la fragilidad presidencial. La dirigencia política de Buenos Aires espera, expectante y asustada, nuevos saqueos en las vísperas del nuevo año.

Ninguno de los problemas que tumbaron a De la Rúa figuraron en la preocupación de los nuevos gobernantes. Y la devastación de los violentos comenzó a destruir ya los símbolos de las instituciones y de la República.

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