
Cuentos de la realidad y del absurdo
Por Orlando Barone
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Por alguna razón superior a la mía llegó a mis manos el libro El círculo de los mentirosos . No quisiera que el círculo me incluyera, aunque tampoco nadie debe hacer "espamento" por supuestas virtudes. Se derraman tantas retóricamente que da la impresión de que un político del futuro, según esa utopía, debería estar construido de agua bendita y hebras de cielo. Claro que nadie explica cómo va a hacer ese político puro para lidiar con las corporaciones, con los piratas, y con los especialistas graduados en cátedras caras de carreras piadosas.
El autor del libro es Jean Claude-Carrière, legendario guionista de Buñuel. El título me pareció simbólico en estas circunstancias políticas en que cada una de las partes le niega veracidad a la otra. Una dice sí, y la otra, no. Si la única verdad es la realidad, basta que alguien no quiera ver la realidad para que ignore la verdad. Carrière cuenta allí un cuento brevísimo que nunca podría ser malo por eso mismo. Solo un petiso logra transgredir esa regla ya que puede ser tan malo como uno alto.
El cuento muestra de qué modo la ignorancia ignora lo que ocasiona. Y dice así: "En China, una helada noche de invierno, un rico mandarín andaba con su gente ataviado con un cálido abrigo. Vio a un mendigo tiritando en la esquina de una calle y le preguntó a un sirviente de su séquito: "¿Por qué tiembla ese hombre?". "Porque tiene frío", le contesta el sirviente. "¿Ah, sí? ¿Y temblar le impide tener frío?"
Sin ser mandarines aquí sobran abrigados candidatos que ignoran por qué la gente sin abrigo no los elige. Por eso cunde la moda de los veedores. También la de los perdedores. Son los que se anticipan a la pérdida y reclaman dos meses antes por las dudas. Un candidato muy rico -de esos que tienen presagios y en eso no se equivocan-, enrojecido porque en un medio le publicaron un perfil biográfico que él creyó inmerecido, se la agarró con sus comunicadores por no haber logrado evitar que el artículo saliera publicado. Tampoco va a poder evitar que no le pongan los votos.
Ya no hay veedor humano ni inhumano que pueda resolver el enigma del Indec. Ni hay veedor que logre determinar el secreto de la incesante multiplicación de la soja. Como sigan así va a haber más plantaciones de soja que tierra. Entonces ahí se pondrán de moda los bosques, si es que los árboles no se niegan a crecer, resentidos por haber sido postergados.
No hace falta decir que el arte del absurdo resulta más razonable y veraz que el arte ortodoxo. Lo prueban Picasso y Beckett. También el controlador Moreno en su inverosímil lucha contra el precio del zapallito y contra el escándalo mediático que quiere hacer creer que el zapallito y el tomate son los nutrientes esenciales del ser argentino.
El absurdo se encarna en los ejemplos más absurdos: los italianos hacen huelga de pastas; las Madres de Plaza de Mayo denuncian que en el Indec se emplean métodos de la dictadura; Elisa Carrió festeja al peronista Capitanich y no al radical Rozas; Tabaré Vázquez augura un final feliz al conflicto con Argentina y nadie sabe cómo lo sabe, y, mientras el mundo se admira del descenso en los últimos años de la mortalidad infantil en un 30 por ciento, a la par se revela que murieron dos millones de niños en las últimas guerras y que en Irak la mortalidad infantil creció más que el precio del petróleo.
Tengo poco para decir. Por eso, en compensación, transcribo otro cuento de El círculo de los mentirosos . Es el siguiente: " Un hombre muy pobre y su pequeño hijo, naturalmente más pobre que el padre, encontraron a unos hombres que transportaban un cuerpo. "¿Adónde llevan a ese muerto? -preguntó el niño con la única neurona que no había sido disminuida por el hambre. "Lo llevamos a un lugar donde no hay nada de comer, ni de beber. A un lugar donde no hay tejado, ni fuego, ni tapices, ni esteras", le contestaron. "Entonces -dijo el niño-, lo están llevando a mi casa."
No hay veedor que valga que pudiera cambiar su significado. El círculo a que alude el título del libro no es el de los mentirosos. Mentirosos son los que llevan al muerto y no entienden la miseria del niño.





