Daniel Bell se defiende
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LONDRES (The Economist)
ES el teórico social más eminente de los Estados Unidos; también es un incomprendido. Daniel Bell tiene el don (o la desgracia) de inventar títulos tan perfectamente acordes con el espíritu de los tiempos que muchos creen conocer el argumento del libro en cuestión, aun sin haberlo leído. La nueva introducción a The Coming of Post-Industrial Society ("El advenimiento de la sociedad posindustrial"; primera edición, 1973) incluye una nota en la que Bell ataca a quienes supusieron que El fin de las ideologías se refería a la terminación de todo pensamiento ideológico cuando, en realidad, afirmaba que el descrédito de las viejas ideologías había despertado el apetito por las nuevas.
Peor aun fue la suerte corrida por el libro sobre la "sociedad posindustrial". Todos robaron esta frase, desde sir Leon Brittan hasta un terrorista como el Unabomber. Vaclav Havel la explicó; Clinton la difundió y hasta The Economist abusó de ella. No es de extrañar, dada la infinita adaptabilidad de la expresión. Bell mismo la encontró en el título de un libro publicado en 1917 que abogaba por un mundo "posindustrial" de talleres artesanales descentralizados.
Tecnología y cambio social
Lo verdaderamente exasperante para Bell es la idea, tan difundida, de que se limitó a describir un fenómeno en el que no predominaban la agricultura ni la industria, sino los servicios. Ciertamente, en eso hizo hincapié en 1959, cuando empezó a desarrollar su tesis. En 1973, los Estados Unidos eran el único país del mundo en el que los servicios representaban más del 50 por ciento de los empleos y el PBI. Bell previó que esta expansión continuaría y se extendería por el mundo.
El énfasis puesto en los servicios como fuentes de trabajo opacó algunas otras observaciones perspicaces que Bell enumeró en la introducción original, en particular su intento sutil de describir el papel de la tecnología como impulsora del cambio social y la importancia medular del conocimiento, especialmente el científico, en la propulsión de las innovaciones y la configuración del cambio tecnológico.
Por eso recalcó la naturaleza cambiante de la distribución del trabajo: cada vez importaría más saber no sólo dónde trabajaba la gente, sino también qué tipo de tareas cumplía. Sobre todo, sostuvo Bell, en las clases dominantes de la era posindustrial: la de profesionales y técnicos asalariados y la de científicos e ingenieros, de mayor peso aun.
La importancia creciente del conocimiento teórico y la codificación de las ideas elevaría su posición social: el progreso económico y tecnológico dependería del trabajo teórico, base del progreso empírico. El papel de las universidades y los centros de investigación sería más importante que nunca. De contar con las instituciones políticas correctas, tal vez se podría encauzar el cambio tecnológico hacia su conversión en un proceso menos aleatorio y menos nocivo. Más probablemente, permitiría desarrollar "una nueva tecnología intelectual que, al concluir el siglo, podría igualar, en el ámbito humano, el papel destacado que cumplió la tecnología mecánica en el último siglo y medio". Bell entiende por "tecnología intelectual" el reemplazo del criterio intuitivo por reglas de resolución de problemas.
Basta hojear la primera edición del libro para advertir por qué Bell ha sido mal comprendido. En su ambicioso intento de vincular la sociología, la economía y la tecnología, expone ideas complejas, no siempre convincentes. Cuesta rastrearlas a lo largo de un libro que, habiendo sido originariamente una colección de ensayos, parece cosido con hilvanes. El talento de Bell no brilla en sus argumentos retorcidos, sino en sus chispazos perspicaces, todavía lozanos y persuasivos.
Vale la pena releer el libro, aunque sólo sea por su amplitud de enfoque y porque nos recuerda el nexo entre los cambios detectados por su autor y el subsiguiente colapso del comunismo.
Irónicamente, Bell se ganó el odio de los marxistas, pese a que su intento de interrelacionar los cambios era un proyecto esencialmente marxista. Sin embargo, su énfasis en el capital humano, en la forma de educación, como bases del privilegio y la posición social, además de pertinente, era una amenaza para el marxismo. Lo mismo cabe decir de su análisis de las compañías en tanto cuerpos que no pertenecen a individuos ricos, sino a un grupo cambiante de accionistas (ahora lo llama "capitalismo sin capitalistas"). Una economía del conocimiento, con su énfasis en los científicos librepensadores, exige libertad intelectual e instituciones políticas abiertas.
Valor del conocimiento
La relectura de su libro, con su nueva introducción, nos recuerda cuán profundas son las consecuencias de los cambios tecnológicos y económicos acaecidos en el último medio siglo. En nuestro mundo actual, no escasean las materias primas, sino el tiempo; el conocimiento es más valioso que la maquinaria; un tecnólogo experimentado puede tener más valor para una empresa que su ejecutivo máximo; no se sabe a ciencia cierta quién es el verdadero "dueño" de las compañías, pero es obvio que éstas son más poderosas que muchos gobiernos. Las implicaciones de semejantes cambios, por confusas que sean hoy en día, serían aun más desconcertantes sin el análisis que hizo Bell en 1973.
© La Nación



