
De historiador a testigo. Robert Potash, ante la violencia de los 70
Anticipo. En sus memorias, de próxima aparición, el investigador norteamericano fallecido en 2016 recuerdó su visita a la Argentina en el verano de 1977 y expresa su afecto por al país, luego de 25 años de estudiar y escribir sobre sus fuerzas armadas
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En 1977 pedí una licencia sabática para concentrarme en la escritura de mi segundo volumen sobre el Ejército. Esto me representaría un período de ocho meses a partir de enero para concentrarme en el libro. Lo que había escrito hasta entonces estaba bien, pero me hacía ver la necesidad de viajar otra vez a la Argentina para realizar más entrevistas. Sería una esta¬día corta, y como enero y febrero son meses de verano en ese país, decidí junto con Jeannie esperar hasta marzo para volar a Buenos Aires.

Al llegar encontramos un país muy diferente del que habíamos visto cuatro años antes: ahora, los actos de violencia de los grupos guerrilleros o los agentes del gobierno militar estaban a la orden del día. La sensación de seguridad personal que siempre habíamos asociado a la vida en Buenos Aires había sido reemplazada por un clima de aprensión y sospecha. Aunque no tuvimos problemas en recorrer la ciudad en trans¬portes públicos o taxis, consideramos aconsejable no pasar caminando frente a las comisarías. Sus entradas estaban cubiertas con bolsas de arena y custodiadas por hombres fuertemente armados, en previsión de posibles ataques. En rigor, cada vez que veíamos policías, estos llevaban cascos de acero y se movían en grupos de cuatro.
Si bien me sentía razonablemente seguro de que nadie trataría de atacarme, era difícil ignorar la presencia de la violencia. Nos alojábamos en el hotel Impala de la calle Libertad casi esquina Arenales, y una noche me despertó un disparo. Al mirar por la ventana vi a un hombre tendido en la esquina, que gemía y pedía ayuda; algunos minutos después llegó un patrullero; la policía arrojó al hombre en la parte de atrás y el auto partió de inmediato.
En otra oportunidad tomé un taxi para visitar a un viejo amigo, el general Goyret, en su departamen¬to de la avenida Dorrego. En esa época no había un paso bajo nivel en la avenida Cabildo, cruzada por las vías del ferrocarril, y todos los colectivos que iban hacia Plaza Italia doblaban por Dorrego para tomar Luis María Campos. Cuando bajé del taxi en la intersección de Cabildo y Dorrego, me sorprendió la ausencia de colectivos y el inusual silencio, y mientras caminaba por Dorrego hacia la casa de mi amigo vi varios camiones de bomberos cerca del edificio de departamentos adyacente al de Goyret. Este me explicó que apenas una hora antes, en el garaje de ese edificio, había estallado una bomba puesta por terroristas con el objeto de destruir los automóviles de los militares que vivían allí.
Durante ese viaje de marzo de 1977 a la Argentina pude ver a varios hombres que habían tenido un papel importante antes y después del derro¬camiento de Frondizi en 1962, así como en los años que culminaron en la caída del doctor Illia en 1966. Entre ellos estaban los civiles Rogelio Frigerio y Alfredo Gómez Morales y los generales retirados Rattenbach, Señorans, Embrioni, Caro y Pistarini. Sin embargo, aunque lo que me interesaba eran principalmente los acontecimientos anteriores a 1966, era inevitable que he¬chos más recientes terminaran por aparecer en nuestras conversaciones. Se destacan en mi memoria dos ocasiones en que así sucedió.
Mi viejo amigo Sánchez de Bustamante, con quien me había puesto en contacto poco des-pués de mi llegada y que hizo posibles las entrevistas con varias de las per¬sonas antes mencionadas, me acompañó a visitar al general Lanusse. Este ya no vivía en Belgrano sino en un modesto departamento de la calle Salguero, no muy lejos de la avenida del Libertador. De la conversación entre ellos se desprendió con claridad que Lanusse era de poca utilidad para la actual con¬ducción militar; antes bien, esta lo veía con aprensión, si no miedo. Lanusse mencionó que Jacobo Timerman, director del diario La Opinión, había ido a verlo el día anterior y se había sentado en la misma silla que yo ocupa¬ba. Al preguntarle Lanusse cuáles eran las noticias, la réplica de Timerman había sido: "La noticia es que todavía no me detuvieron". Mi reunión con Lanusse el 17 de marzo me llevó a comprender por primera vez que Jacobo Timerman, a quien siempre había visto como un ardiente partidario de los militares en el derrocamiento de Isabel Perón un año antes, ahora era visto bajo una luz diferente por el régimen.

La segunda de las ocasiones a las que me refiero tuvo lugar el 23 de marzo en la casa del doctor Carlos Muñiz, presidente del Consejo Argen¬tino para las Relaciones Internacionales. Jeannie y yo ya habíamos estado allí como invitados a su mesa, pero ese día la reunión era por la noche y sólo para hombres, y consistió en dos partes. La primera, a partir de las siete y media de la tarde, me permitió entrevistar a Muñiz respecto de su papel en varios gobiernos de 1955 a 1962; la segunda, que debía comenzar a las nueve y media, era una cena con el jefe del Estado Mayor del Ejército, el general Roberto Viola. Este llegó más cerca de las diez y parecía muy cansado: era un hombre con grandes ojeras, que prefería tomar Coca-Cola a cualquier forma de alcohol.
La conversación tardó en empezar, y creo que fui yo quien preguntó qué tenía el gobierno contra Timerman, habida cuenta de que había sido un defensor tan fuerte del golpe militar. Viola no entró en detalles y se limitó a decir que estaba involucrado en algo sospe¬choso. Cuando finalmente nos sentamos a cenar, el doctor Muñiz ocupó su lugar en un extremo de la larga mesa, mientras Viola y yo nos sentamos uno frente a otro en el medio. Como era inevitable, la conversación giró en torno de las políticas del régimen con respecto a sus opositores. Cuan¬do pregunté por qué el gobierno no hacía intervenir a los juzgados en el castigo de los acusados de terrorismo, Viola señaló que los jueces se habían visto forzados a liberar a sospechosos debido a amenazas contra miembros de sus familias, y que sólo medidas directas servirían para derrotar a los terroristas. [...]
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El lector que me haya acompañado hasta aquí habrá observado el pa¬pel que el destino ha tenido en mi vida y mi carrera. Si, como he señalado antes, circunstancias más allá de mi control me permitieron salir indemne durante la guerra y conocer a la adorada compañera de mi vida, la res¬puesta argentina a mis libros se debió en un comienzo al accidente de la oportunidad.
Fue una pura coincidencia que las ediciones castellanas de mis primeros volúmenes aparecieran cuando el país estaba sometido a un prolongado régimen militar. Muchos argentinos buscaron en los libros una historia confiable de anteriores experiencias de poder de las fuerzas armadas, una percepción de lo que según sabían era una institución muy hermética y razones para tener esperanzas en un pronto final de aquel régimen.
Mi interés en "la cosa argentina" no menguó ni siquiera cuando, por falta de fuentes íntimas como las cartas personales, decidí suspender el trabajo en la biografía de Lanusse. Aún dedico parte del día a leer las edi¬ciones de Internet de la prensa de Buenos Aires y respondo a consultas de los medios argentinos. Incluso tuvimos en nuestro departamento de Applewood dos equipos de filmación de Buenos Aires que me entrevista¬ron para unos documentales que se difundirían por la televisión argentina. Pero a nuestra edad, y sobre todo desde el 11/ 9, los viajes aéreos de larga distancia son cada vez menos atractivos.
La escritura de los capítulos de estas memorias, todos ellos leídos por Jeannie, me ha permitido revivir nuestras experiencias en la Argentina y pensar con afecto en las numerosas amistades que hicimos a la largo de los años desde nuestra primera visita de 1956 hasta la última, en 2001. Por desdicha, en los años transcurridos desde entonces nuestra adorada hija Ellie perdió la batalla contra el cáncer; entretanto, el proceso del envejecimiento ha traído la enfermedad o la muerte a varios de nuestros buenos amigos en la Argentina, y esto, jun¬to con la conciencia de nuestras propias limitaciones, hace que estemos menos dispuestos a aceptar las presiones de viajar a un país lejano que, no obstante, sigue presente en nuestro corazón y nuestra mente.
Extractos del libro Memorias. Una mirada retrospectiva, de Robert A. Potash (Edhasa)
Traducción: Horacio Pons.





