
De íconos somos
Vean el despiporre que plantea la palabra ícono : por un lado, también puede decirse icono (sin acento, ¡qué espanto!, aunque así preferida por algunos académicos españoles); por otro, deriva en una caterva de vocablos pretenciosos y engrupidos, cuyos miembros se llevan a las patadas por asuntos apenas dogmáticos. En términos plásticos (artísticos), llamase ícono a la figura o signo que mantiene una relación de semejanza con el individuo, institución, programa u objeto así representados. Una flecha torcida, en la ruta, es un ícono representativo de que, ¡ojo!, se avecina una curva. Los íconos religiosos suelen ser más respetables, aun cuando a menudo, frívolamente, imaginen un Jesús de blondos bucles, ojos celestes y atuendos de príncipe renacentista.
Precisamente, los íconos religiosos dieron origen a las retorcidas palabras iconoclasta e iconódulo. Históricamente, se consideraba iconoclasta (y hereje, claro) al fulano de las primeras centurias de esta era que se oponía al culto de las imágenes, con el criterio de que la divinidad no puede ser representada. En la vereda de enfrente se instalaron los iconódulos, para quienes las imágenes no deben ser vistas como objetos de idolatría, aun cuando, con suerte diversa, intenten dar idea gráfica y corpórea de lo divino. En el siglo VIII, como si no tuvieran cosa mejor que hacer, iconoclastas e iconódulos auspiciaron sordas tremolinas, en las que se vieron envueltos católicos, judíos y musulmanes.
La palabra ícono (con acento) acaba de ser resucitada por el Gobierno ?y puesta a circular en los cónclaves intelectuales de la corriente rococó?, ya que en la Feria del Libro de Francfort, Alemania, en 2010, la Argentina habrá de ser identificada con retratos de seis personalidades ciertamente distintivas, aunque de heterodoxo mérito y raigambre: Evita, Gardel, el Che, Maradona, Borges y Cortázar. Un decreto presidencial de mediados de agosto oficializó esta sinóptica carta credencial del país, destinada a que, iconográficamente, la humanidad perciba qué sustanciosa variedad de prodigios tuvo abrigo en estas pampas. En el fondo, también simbolizan cuánta alegría y esperanza, cuánta lágrima y sonrisa signan el destino de quienes todavía hoy procuran que la tierra del crisol de razas muestre de una buena vez la imagen de un país políticamente adulto, tan próspero como lo soñaron sus fundadores.
Las voces iconolatría e iconoscopio también forman parte de esa turbulenta familia aludida en el primer párrafo. Cualquiera puede deducir qué significa iconolatría. Iconoscopio, en cambio, menciona a un tubo catódico que, en 1923, dio impulso al invento de la televisión. Pero ése es otro tema, Dios nos guarde.





