
De la isla Huemul a Sierra Grande

En 1951 –sí, hace setenta años– el presidente Perón anunció, solemnemente, que en la “isla Huemul, próxima a San Carlos de Bariloche, se habían efectuado exitosos ensayos para producir reacciones termonucleares y, de ese modo, producir energía atómica.”
Al día siguiente la prensa oficialista tituló sus crónicas de este modo: “Argentina logró el dominio de la energía atómica”, “Revelación sensacional del presidente Perón”, “Honda repercusión tuvo en todo el mundo la noticia del descubrimiento.”. El cotillón danzaba al ritmo de un milagro: la Argentina pasaría a ser copropietaria del poder atómico junto a Estados Unidos y la entonces Unión Soviética.
Esta historieta (porque sólo fue una historieta) es ignorada por gran parte de los compatriotas jóvenes. En términos gruesos, se trataba de la construcción de un enorme laboratorio donde se producirían, aplicándose el método ignorado por las grandes potencias, reacciones termonucleares y, por lo tanto, la posibilidad de controlarlas. Y entre otros objetivos pacíficos, a generar energía eléctrica para industrias y hogares a “bajísimo costo”.
Este laboratorio fue planeado y conducido por un señor llamado Ronald Richter, a quien se le llamaba entonces “el sabio atómico.” Y le fue presentado al presidente Perón por el ingeniero aeronáutico Kurk Tank, quien fue oficial de la fuerza aérea de la Alemania nazi.
Pero los científicos argentinos desconfiaban de la seriedad de los ensayos. Muchos, hasta se atrevieron a comentar que carecían de consistencia. El coronel Enrique González (uno de los más cultos oficiales superiores del Ejército, amigo personal de Perón y, cerebro del “golpe de Estado” de 1943) decidió entonces consultar a José Basteiro, prestigioso especialista en el complejo tema de la energía atómica.
La opinión del sabio argentino fue terminante: el proyecto carece de seriedad y terminará en un fracaso completo. El coronel González, incontinente, pidió hablar con su amigo presidente de la Nación y, según comentarios de historiadores bien documentados, palabras más, palabras menos, le dijo imperiosamente: “Escúchame Juan … en este tema de la energía atómica te han timado. ¡Debes terminar con esta farsa!
El presidente Perón reaccionó a los gritos: “¿Es que me han engañado? La respuesta del coronel González lo enmudeció: “Sí, todo fue un engaño … y hay que poner fin a esta comedia cuanto antes …”
Lo ocurrido es historia conocida. El “sabio atómico” fue despedido, Perón jamás admitió hacer sido timado y el “laboratorio” quedó convertido en ruinas hasta que se reconstruyó para otros fines científicos.
A setenta años de ese episodio que podría ser objeto de una crónica humorística de no haber costado al Estado millones de dólares, aparece en el país otro sabio, un empresario australiano llamado Forrest, quien acaba de anunciar que invertirá 8400 millones de dólares para producir en nuestro país “hidrógeno verde”. Según explicó, ante el presidente Fernández, “hidrógeno verde” se le llama científicamente al material que se utilizará para producir “energía en el futuro” porque es “un material limpio y no contamina”.
En síntesis, el plan del citado empresario (presentado por un intermediario que fue años atrás jugador de rugby en nuestro país) consiste en instalar la planta productora de “hidrógeno verde” en inmediaciones de la localidad de Sierra Grande, en la provincia de Río Negro. Esa planta, según el anuncio empresario al que se sumó entusiastamente el Presidente, producirá 2 millones de toneladas a partir del año 2030.
Sierra Grande adquirió breve y fugaz notoriedad en 1958. Fue cuando el presidente Frondizi propuso explotar los yacimientos de hierro allí existentes para proveer de materia prima a las incipientes fábricas de acero que entonces existían en el país: hornos de Zapla y hornos de San Nicolás. Para Frondizi no se podía desarrollar la industria argentina sin producir acero. Y para contar con acero había que fundir antes el mineral de hierro. Ese proyecto naufragó por falta de apoyo y de continuidad.
¿Habrá en el país algún coronel González con prestigio y autoridad como para que le explique al Presidente que antes de hacer este tipo de anuncios debe verificar la seriedad de las propuestas? A lo mejor la diputada Fernanda Vallejos asume la tarea y le diga, con su estilo coloquial: " ¡Decime che mequetrefe, sos tan gil que te creés que traerán nada menos que 8400 millones!”.
Pero no hay mal que por bien no venga, como decían a menudo nuestros mayores: si los australianos se instalan en la remota y desértica Patagonia no permitirán que el terrorismo mapuche usurpe territorios nacionales. Así Grabois y Aníbal Fernández no tendrán autoridad ni poder para proteger a los delincuentes.
Gardel tenía razón. “Veinte años no es nada…”, decía en su melodía “Volver”. Ahora debemos entonar con pena y resignación “Setenta años no es nada…”
Por eso nuestro desdichado país está sometido al atraso y la pobreza.




