De la Rúa y el fantasma de Cavallo

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10 de diciembre de 2000  

FERNANDO DE LA RUA calla y aborrece. Por izquierda y por derecha le están reclamando que amplíe la coalición política que lo llevó al poder. De alguna manera, indirecta pero diáfana, le dicen que él, solo, arrullado por unos cuantos radicales y por otros pocos frepasistas, no podrá nunca sacar a la economía de la recesión ni devolverle cierta noción de la fe a los argentinos.

Tal vez el mensaje más franco lo recibió José Luis Machinea de parte del ex vicepresidente Carlos Alvarez, en un áspero almuerzo de hace quince días. Alvarez le dijo entonces que una vez que el ministro tuviera en sus manos el blindaje financiero y el presupuesto del próximo año, debía liderar una transición que lo alejara al propio Machinea de la cartera económica.

El argumento del ex vicepresidente sostenía que el proyecto de crecimiento del equipo económico (un 2,5 para el año 2001) es una ilusión módica, casi pobre, que condenaría a la derrota electoral a la coalición gobernante en el próximo año.

Razonaba también que un programa más optimista debía surgir de otro equipo, porque el actual se equivocó en sus proyecciones más de lo que la política puede perdonar.

Machinea no está aferrado a su poltrona; de hecho, en los últimos tiempos dijo sinceramente ante el poder que prefería volver a su casa antes que perder la credibilidad de los organismos internacionales de crédito.

Ha deslizado muchas veces también, en días recientes, cierto cansancio con un estilo de gobierno que elevó el zigzag y la ambigüedad a la categoría de arte.

En aquellos momentos de arrebato lo frenó sólo la certeza de que su salida del Gobierno abriría una segura crisis política, disparada por la condición polémica de sus presuntos sucesores, Domingo Cavallo o Ricardo López Murphy.

Alvarez no pronuncia el nombre de Cavallo ni en sus diálogos más reservados, aunque podría resultar natural su probable apoyo a la designación del ex zar de la economía, si el Presidente decide recalar en él.

Las cosas que dice Alvarez (la necesidad de fijar una nueva plataforma de lanzamiento para el gobierno, que lo coloque en otra posición frente a la sociedad y frente a las próximas elecciones) tienen correlación con el discurso de Cavallo, sin duda el más optimista entre los economistas argentinos.

El titular de una de las más grandes empresas argentinas (vive en Madrid) juntó en un almuerzo sorprendente a Cavallo con el jefe de Gabinete, Chrystian Colombo. Más pasmo provocaron las coincidencias absolutas entre esos hombres: Parecían del mismo gobierno, contó luego el empresario.

En ese encuentro, Cavallo insistió en que la Argentina podría crecer el próximo año a un ritmo del 10 por ciento ( Pero hay que trabajar convencido de que eso es posible , aclaró) y luego contó su plan para hacerle modificaciones a la convertibilidad.

Anunciaría, por ejemplo, que cuando el euro y el dólar alcancen la paridad de uno a uno, el peso argentino se cotizaría en un cincuenta por ciento en dólares y otro cincuenta por ciento en euros; luego podría sumarle pequeñas partes con las monedas brasileña y japonesa.

El proyecto tiene su carga de mensajes políticos: aleja a la Argentina de la dolarización y de la propia devaluación, porque fortalece al peso con el respaldo de varias monedas. Sólo lo reacomoda para que no quede atado de por vida a una sola moneda en un mundo demasiado cambiante.

Debe reconocerse una singularidad: Cavallo es el único argentino en condiciones de planificar esas decisiones sin tocar o presentir el fin del mundo.

Con semejantes exhibiciones de golosinas al por mayor, sectores empresarios nacionales y extranjeros comenzaron a golpear la puerta de De la Rúa para que decida acercarse al ex ministro.

Paralelamente, su gobierno se abroqueló en contra de Cavallo: desde Rodríguez Giavarini hasta Storani, pasando por el propio Colombo, no quieren saber nada de él. Es comprensible: un eventual acceso de Cavallo a la administración colocaría sobre un tremedal a todos los cargos y sus titulares.

Sólo son necesarios quince hombres importantes del establishment para que De la Rúa deje de oír a sus amigos, ha dicho un hombre que lo conoce en los momentos críticos.

De todos modos, una coalición de hecho viene dándose desde hace tiempo en el Parlamento: une a radicales, a varios frepasistas, al cavallismo y a algunos provinciales; es la alianza tácita que hace posible la aprobación de las leyes entre los diputados.

A veces, las cosas deben ser sólo implícitas. Una eventual incorporación de Cavallo sacudiría el árbol de la Alianza: Alfonsín le tiene un rencor más grande que su objetividad y el Frepaso se desgajará. ¿Pero esos gajos del Frepaso no han caído ya? ¿Acaso no acaba de encontrar Jorge Yoma en la frepasista Alicia Castro a una inmejorable aliada para anular la reducción salarial en el presupuesto?

Ruckauf lo quiere conservar a Cavallo para una presidencia suya, pero también le ha planteado al Presidente la necesidad de una nueva coalición con los gobernadores peronistas: éstos no ingresarían al Gobierno, pero firmarían un acuerdo de decisiones básicas con el gobierno federal.

Alguien tiene que ayudarlo a este hombre a gobernar y a tomar decisiones, ha dicho el gobernador en alusión a De la Rúa; esa misericordia no es tal y sólo trata de resaltar lo que muchos intuyen.

De la Rúa sintió un golpe en el estómago cuando leyó los adelantos de los planes de Alvarez, pero decidió olvidar la bronca. El ex vicepresidente le llevará, nomás, su propuesta de modificar la conducción de la economía (le explicó a Machinea por teléfono que no tuvo escapatoria a la decisión de dejar trascender sus postulados); de cohesionar el gasto social en un solo lugar, y de ajustar la política en todo el país, sus sueldos y sus gastos reservados, por unos 400 millones de dólares.

Pensaba cargarse a los jueces federales, pero ya decidió no llevarle ninguna propuesta sobre eso a De la Rúa. Le pidió una opinión al jefe de la Sigen, Rafael Bielsa, y éste filtró a la prensa su mediocre consejo antes de que el original llegara a manos de Alvarez.

Empujado por el excelente y enorme concepto que tiene de él mismo, Bielsa perdió hace mucho la simpatía de De la Rúa; ahora acaba de perder la de Alvarez.

De la Rúa no coincide con la opinión de los que le piden una mayor apertura; subraya, en cambio, que él fue el presidente que consiguió el blindaje financiero internacional por cerca de 30 mil millones de dólares. Le han asegurado que ese monumental crédito le llegará justo en un momento en el que la economía internacional (fundamentalmente por la promesa de la baja de las tasas de interés en los Estados Unidos) augura buenos momentos para la Argentina. ¿Por qué, entonces, debería entregarles parte de su poder a Cavallo o a los peronistas?

El Gobierno ha hecho del supuesto apocalipsis un lugar demasiado frecuentado. En rigor, el blindaje financiero internacional ya está terminado y cerrado, pero eso no significa (y esto también es cierto) que la Argentina pueda ahora desconocer las promesas que hizo ante el Fondo Monetario y ante Washington.

Machinea está reclamando que lo dejen maniobrar hasta marzo. Se irá o se quedará según los resultados del crecimiento en el primer trimestre del próximo año.

De la Rúa no está en condiciones políticas de llevar a los actos sus odios ni sus despechos. Simplemente decidió simular que esas emociones sólo existen en los hombres vulgares.

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