
De locos, utopistas y otros delirantes
Teorías extravagantes como las de la Tierra Hueca o los rayos N gozaron de un gran éxito en sus tiempos. A la luz de estos ejemplos, el autor advierte sobre aquellas ideas que hoy tienen plena aceptación en los medios y en ciertos ambientes científicos
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Las teorías de la Tierra Hueca son dos. Según la primera, nosotros vivimos en la corteza pero dentro hay otro mundo que no conocemos, donde está el misterioso reino de Agarttha, sede del Rey del Mundo (véanse las fantasías de René Guénon al respecto). Según la segunda teoría, nosotros creemos que vivimos en la corteza exterior pero, en realidad, vivimos en el interior (es decir, creemos que vivimos sobre una superficie convexa mientras que la verdad es que vivimos sobre una superficie cóncava). Una de las primeras teorías de la Tierra Hueca la propuso en 1692 Edmund Halley (precisamente el del cometa), quien sugirió que la tierra estaba compuesta por cuatro esferas, cada una encajada en la otra, cual muñecas rusas, y que el interior del planeta estaba habitado e iluminado por una especie de atmósfera ligera.
La teoría fue retomada a principios del siglo XIX por el capitán J. Cleves Symmes de Ohio, que escribió a varias sociedades científicas: "A todo el mundo: yo declaro que la tierra está vacía y es habitable en su interior; que contiene un cierto número de esferas sólidas, concéntricas, es decir, colocadas una dentro de la otra, y que está abierta en los dos polos por una extensión de doce o dieciseis grados". En la Academy of Natural Sciences de Philadelphia se conserva todavía la maqueta de madera de su universo. Según Symmes, en el Polo Norte y en el Polo Sur había dos aberturas que llevan al interior del globo, y para identificarlas intentó en vano recoger fondos para una expedición a las regiones polares.
La idea la retomó un editor de periódicos, Jeremiah Reynolds, quien intentó que el gobierno norteamericano se hiciera cargo de la expedición e invirtió 300.000 dólares en la empresa. Hacia finales del siglo, volvió a la teoría un tal Cyrus Reed Teed, el cual especificaba que lo que nosotros creemos que es el cielo es una masa de gas, que llena el interior del globo, con zonas de luz brillante (el sol, la luna y las estrellas no serían globos celestes sino efectos visuales). Se ha sostenido que la teoría de Teed era difícil de refutar por parte de los matemáticos del siglo XIX porque era posible proyectar la superficie convexa de la tierra sobre una superficie cóncava sin que se notaran demasiadas discrepancias.
Según algunas fuentes, los altos jerarcas nazis seguidores de ciencias ocultas se tomaron en serio la teoría, y en algunos ambientes de la armada germánica se consideraba que la teoría de la Tierra Hueca permitía establecer con más exactitud las posiciones de los buques ingleses porque, de usarse rayos infrarrojos, la curvatura de la tierra no oscurecería la observación. Hitler habría enviado una expedición a la isla báltica de Rugen donde un cierto Dr. Heinz Fischer habría apuntado una cámara telescópica hacia el cielo para localizar a la flota británica que estaba navegando en el interior de la superficie convexa de la Tierra Hueca.
Se dice incluso que algunos lanzamientos con las V1 resultaron erróneos precisamente porque se calculaba la trayectoria partiendo de la hipótesis de una superficie cóncava y no convexa.
Para disfrutar de la historia del capitán Symmes, les aconsejo que se lean Gloriosos fracasos de Paul Collins (Mondadori, Barcelona). El autor, un simpático ratón de biblioteca, se ha dedicado a reconstruir las vicisitudes de una serie de locos, de utopistas incluso geniales, de científicos que se jugaron toda la vida a una hipótesis falsa, que ahora han ido a parar al olvido de la historia pero en sus tiempos obtuvieron un gran éxito.
Cito al profesor Blondot que descubrió los rayos N, obviamente inexistentes, pero con ellos logró alborotar a todo el ambiente científico de su época; a John Banvard, "el mejor ejemplo de cómo la fama y la gloria pueden desvanecerse en la nada", que a mediados del siglo XIX fue el pintor más rico y más famoso del mundo, autor de increíbles dioramas de paisajes, de quien no queda ni siquiera una obra; a William Ireland, considerado "estúpido" incluso por su padre, que en el siglo XVIII engañó a toda Inglaterra inventando con textos y manuscritos, documentos y obras enteras de Shakespeare; para concluir con ese Sudre inventor y apóstol del Solresol, una lengua universal, accesible también por parte de los ciegos, compuesta sólo por notas musicales (claro que Sudre lo recuerdan todavía todas las historias de las lenguas artificiales).
En esta columna me he ocupado muchas veces de los "locos literarios", pero no se trata sólo de una fijación mía. Meditar sobre teorías extravagantes que durante mucho tiempo fueron tomadas en serio nos enseña a desconfiar también de muchas ideas que hoy tienen plena ciudadanía en los medios e incluso en algunos ambientes científicos. Por otra parte, si van ustedes a ver en Internet y le piden a cualquier motor de búsqueda "Hollow Earth" (es decir, Tierra Hueca), encontrarán que existen todavía muchísimos seguidores de las dos versiones, tanto de aquella según la cual dentro de la Tierra vivimos nosotros como aquella para la cual en el centro está el reino misterioso de Agarttha. Por eso, con el libro de Collins trascurriremos unas horas agradables y aprenderemos a no fiarnos de los locos.




