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OPINIÓN

Dejemos en paz a Messi: la revancha de “pecho frío”

Cuán pesado debe sentirse cargar con la expectativa, la angustia y la obligación de darle alegría a un país tan golpeado económicamente, anhelante de triunfos, pero a la vez arrasado por las sucesivas crisis económicas

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Lionel Messi celebra tras anotar el segundo gol de Argentina en la victoria 3-2 ante Egipto en los octavos de final del Mundial, el martes 7 de julio de 2026, en Atlanta. (AP Foto/Colin Hubbard)
Lionel Messi celebra tras anotar el segundo gol de Argentina en la victoria 3-2 ante Egipto en los octavos de final del Mundial, el martes 7 de julio de 2026, en Atlanta. (AP Foto/Colin Hubbard)Colin Hubbard
Laura Di Marco
Por Laura Di MarcoPARA LA NACION
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“Pero ¿por qué lo no dejan en paz?”, gritaba un hombre, indignado, al lado mío, mientras un grupo de argentinos controlábamos las pulsaciones padeciendo Argentina vs. Egipto en un bar del microcentro. La cámara perseguía a Messi milimétricamente, en cada uno de sus movimientos. “No sé cómo lo aguanta”, seguía enfurecido el señor, mientras la pantalla mostraba las caras del astro, sus gestos, su llanto. Un africano hacía un gol y lo mostraban a Messi, como si el capitán fuera el responsable de todo el juego. De locos. Después erró el penal. Previsible.

El hombre estalló, indignado: “¿Cómo se puede tolerar tanta presión? Es imposible jugar así. Y encima él se siente culpable si nos quedamos afuera”. Una deducción de café, pero muy lógica. Lo dijo durante el oscuro y largo lapso en el que creíamos que el Mundial había terminado para nosotros. En ese momento pensé –todos pensamos– lo pesado que debía sentirse cargar con la expectativa, la angustia y la obligación de darle alegría a un país tan golpeado económicamente, anhelante de triunfos, pero a la vez arrasado por las sucesivas crisis económicas. El mismo peso insoportable que lo terminó rompiendo a Maradona.

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Roto a los 60, balbuceante, como apareció en un video que circuló recientemente por las redes donde podía escucharse un saludo de Cristina Kirchner por su cumpleaños. “Te felicito, Dieguito, por todas las alegrías que le diste a la Argentina”, lo endulzaba Cristina. Imposible dejar de pensar: “Sí, pero a qué costo”.

Las comparaciones con Diego persiguieron a Messi muchos años. Lo criticaban por “pecho frío”, porque no contaba con el suficiente entusiasmo el Himno Nacional, porque carecía del fuego y del carisma de Maradona, porque no desplegaba su magia como, supuestamente, lo hacía en Barcelona, pero sobre todo le facturaban que la Argentina no saliera campeón. En el Mundial de Rusia, la cámara lo enfocó con los ojos cerrados, antes del partido con Croacia, mientras la selección entonaba la canción patria. La prensa lo fulminó. La Argentina perdió contra Croacia y, más tarde, se quedó afuera en octavos de final.

La seguidilla de críticas terminó minando la voluntad de un Messi más joven y, tal vez, más blando

Por ese entonces, Messi vomitaba en la cancha por la ansiedad, tanto en Barcelona como con la selección. Y así, la seguidilla de críticas terminó minando la voluntad de un Messi más joven y, tal vez, más blando. Llegó un día, en 2016, en el que, moralmente derrotado, decidió renunciar a la selección. Sucedió después de perder la final de la Copa América frente a Chile. “Esto no es para mí”, declaró, quebrado, durante una entrevista con TyC Sports. La declinación duró poco, justo es decirlo. Un par de partidos más adelante y ya estaba de nuevo en el ruedo.

De cómo puede romperte personalmente el éxito se habla poco; sobre todo, del éxito en un nivel astronómico como el de Messi. Y, sin embargo, sucede mucho y a menudo, como revelan tantas muertes tempranas de megaestrellas por sobredosis o “accidentes” que son, más bien, suicidios encubiertos. Extraña paradoja: la zanahoria que todos persiguen, el supuesto elixir de la felicidad que todos persiguen, puede terminar matándote si no manejás bien esa energía tan embriagante como arrasadora. Tan adictiva al narcisismo.

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Se sufre en el fracaso, pero también en la cima

Un fenómeno de autodestrucción que, sobre todo, se hizo visible en deportistas que vienen de sectores vulnerables y que, desde esa desnudez de origen, alcanzan la gloria: les pasó a Maradona, a Monzón y, muchos años atrás, a Gatica. ¿Cómo se maneja, sin ayuda, semejante giro en la rueda de la fortuna? Se sufre en el fracaso, pero también en la cima. Eso es lo que nadie te cuenta. Desde ese punto de vista, haber sido arropado en una familia de clase media amparó a Messi. Y por eso, tal vez, pueda soportar mejor que los demás una presión inhumana.

En la serie Coppola, el representante, se ve a Juan Minujin en la piel del histórico manager de Maradona ayudando a manejar el dinero que empezaban a ganar los más jóvenes jugadores de Boca. Jugadores sin ninguna alfabetización financiera. En la NBA, por caso, a los novatos que alcanzan su primer millón de dólares se les asigna un terapeuta para que puedan manejar esa atrapante (en todos los sentidos) nueva vida.

Pero ¿cuándo empezó a cambiar la percepción de un Messi “debilucho” al inmenso astro frente al cual hoy la Argentina se rinde? El consenso de los periodistas deportivos marca ese punto de quiebre en 2019, cuando la Argentina pierde una semifinal de la Copa América ante Brasil. Entonces nace otro Messi. Apenas nos quedamos afuera, salió a denunciar que el campeonato estaba arreglado por “corrupción de los árbitros”, que, supuestamente, nos había impedido llegar a la final.

El giro justiciero gustó a un pueblo tan familiarizado, precisamente, con el saqueo de la corrupción y las teorías conspirativas. Pero el Messi que conocemos hoy empezó a consolidarse en 2021, cuando la Argentina salió campeona de la Copa América y ganó la final ante Brasil en el Maracaná. Fue entonces cuando el “pecho frío” bifurcó su destino hacia el campeón, humilde, ante el cual, no solo la Argentina, sino el mundo, muere de amor y de admiración.

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Pero no abusemos. Messi no es, ni será, Dios. Es un jugador excepcional, eso sí. Y un ejemplo cultural, eso también. No le carguemos más peso del que ya tiene. Y cuando nos atrape la tentación, no hay más que aprender del pasado y mirar la historia en el espejo de Maradona, que no pudo con tanto.

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