
Trump contra el referí: el poder por encima de las reglas
Más allá del fútbol: ¿cómo se concibe la conducción del Estado, con espíritu de subordinación a la ley o con la audacia y la prepotencia de acomodar los reglamentos a la conveniencia del que manda?

En medio de la efervescencia y el entusiasmo del Mundial, hay una pregunta que tal vez suene periférica o apenas conjetural. Pero si el presidente Milei ofreciera alguna vez una conferencia de prensa, valdría la pena hacérsela: ¿qué piensa de la actitud de Trump de haber llamado a la FIFA para que anulara la expulsión de un jugador de Estados Unidos? ¿Cree que eso no se hace o, al revés, que de esa forma se ejerce el poder?
La pregunta excede la dimensión del fútbol para conectarse con algo más de fondo: ¿cómo se concibe la conducción del Estado? ¿Como un sistema de reglas o como una prerrogativa que ubica al gobernante por encima de las normas? ¿Con espíritu de subordinación a la ley o con la audacia y la prepotencia de acomodar los reglamentos a la conveniencia del que manda?
El telefonazo de Trump al presidente de la FIFA quedará registrado como un abuso grotesco de poder. La decisión de hacerle caso, como un patético gesto de debilidad y obsecuencia institucional. Y el resultado en la cancha, como una especie de recordatorio de que, más allá de las manipulaciones y las trampas “de escritorio”, llega el momento en el que la realidad se impone: Estados Unidos fue aplastado por Bélgica 4 a 1 con una deslucida actuación del jugador indultado. Lo que importa, sin embargo, es analizar si las actitudes del presidente norteamericano son un modelo que inspira a otros líderes políticos y legitiman, de alguna forma, un ejercicio arbitrario y desmesurado de la autoridad.
Por eso cobra sentido la pregunta en la Argentina, donde Claudio “Chiqui” Tapia también se habrá sentido identificado con esa práctica de la FIFA de conjugar decisiones con intereses políticos y manipular los fallos con sentido acomodaticio.
Trump condensa, en este gesto, una concepción ideológica: “yo estoy por encima de los árbitros y los jueces”; “me meto donde quiero y tuerzo las decisiones a mi favor”; “si el fallo no me gusta, atropello para que lo cambien”; “el fair play es una fachada”; “las reglas se pueden acomodar para inclinar la cancha”. No son ideas que se maquillen ni se intenten disimular; al contrario, se reivindican como parte de un liderazgo agresivo, enérgico y frontal.

Es una perspectiva que abre dramáticos interrogantes sobre la salud del sistema democrático. En una brillante columna publicada ayer en LA NACION, Gail Scriven formulaba esta pregunta sobre el líder norteamericano: “Si no está dispuesto a aceptar una tarjeta roja para su equipo de fútbol, ¿por qué debería aceptar una derrota electoral que lo puede poner en serio peligro, e incluso abrir las puertas a un juicio político?”.
Hay otras preguntas que generan inquietud: ¿Trump es una excepción y un accidente o sintetiza un modelo que tiende a imponerse, con estilo audaz y bravucón, en distintos países del mundo? ¿La condescendencia y la genuflexión de la FIFA son apenas un gesto de oportunismo y debilidad, o un síntoma del sometimiento institucional frente a este tipo de liderazgos?
Las respuestas ofrecen señales contradictorias. Por un lado, el “estilo Trump” parecería funcionar como una fórmula de exportación, con un club de admiradores al cual se ha afiliado Milei. En ese club se reivindican los liderazgos ultrapersonalistas, que ven el mundo a partir de sí mismos, se creen portadores de verdades absolutas, exigen subordinación y obsecuencia, desprecian la complejidad y los matices de las cosas, dividen al universo entre “buenos y malos” y se ven como “salvadores” de la humanidad.
Es un universo en el que se confunde moderación con tibieza y en el que la crítica o la discrepancia son vistas como una afrenta intolerable. Todo parece hacer juego con los rasgos de una época en la que los límites y la racionalidad son sometidos a un desprecio rampante.
Por otro lado, sin embargo, emergen posiciones nítidas que confrontan con ese modelo atropellador y reivindican los valores del multilateralismo, los contrapesos institucionales y la independencia de poderes.
Hay que volver a leer, por ejemplo, el cautivante discurso que pronunció el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el foro de Davos de este año para comprobar la vigencia de otro tipo de liderazgo. Allí se plantó con coraje y con nitidez frente a los atropellos de la Casa Blanca. Pero lo hizo con altura y elegancia. Demostró que se puede ser pragmático, pero apegado a valores y principios; firme en las ideas, pero suave en las formas; enérgico, pero no agresivo.
En el plano de las instituciones no gubernamentales, también asoman actitudes muy diferentes a las de la FIFA presidida por Gianni Infantino
Varios líderes europeos, entre los que se destaca Macron, marcan un contraste con la arrogancia vulgar y desinhibida de Donald Trump. En el plano de las instituciones no gubernamentales, también asoman actitudes muy diferentes a las de la FIFA presidida por Gianni Infantino. Vale reparar, por ejemplo, en el valiente comunicado de la UEFA: “Cuando la certeza de las reglas ya no está garantizada por sus guardianes, la integridad del juego se pone en riesgo y se socava la credibilidad de una competencia”. Es una frase que habla del fútbol, pero también de la democracia. Alerta sobre el peligro de torcer las normas y de que las instituciones encargadas de velar por ellas se sometan a las presiones de un poder que se ejerce sin escrúpulos.

El Mundial dejará, seguramente, un variado repertorio de emociones, enseñanzas y lecciones. Entre ellas estará el modelo de una selección argentina que, más allá del resultado final, enarbola valores inspiradores: carácter, talento, liderazgo, disciplina y cultura de equipo. Pero también dejará la estela de una intromisión abusiva del poder político y el sabor amargo de la cobardía institucional frente a los exabruptos gubernamentales.
Por supuesto que un fallo arbitral puede ser cuestionado. Tal vez la expulsión haya sido exagerada, o directamente equivocada. Pero para eso existen procedimientos, plazos, instancias de revisión en el propio ámbito del deporte. Cuando todo eso se reemplaza por un llamado y una presión del poder, el sistema mismo pierde sus salvaguardas y garantías.
Tal vez sea necesario parar la pelota y reflexionar sobre los riesgos de liderazgos abusivos
En el vértigo de la competencia, las emociones tapan al escándalo. Tal vez sea necesario, sin embargo, parar la pelota y reflexionar sobre los riesgos de liderazgos abusivos que con el mismo desparpajo con el que manipulan una competencia deportiva administran los destinos de un país. Hay que mirar, además, el impacto cultural que podría tener una actitud como la de Trump frente a una audiencia tan heterogénea y global como la de un Mundial de fútbol. ¿La histórica influencia norteamericana sobre los valores occidentales pasará ahora por este modelo de trampa, prepotencia y desprecio por las reglas y la independencia de poderes?
Cuando se apague el Mundial, quedará sobre el escenario un debate sobre liderazgos fuera y dentro de la cancha. Se habrá visto a Trump, una vez más, jugar a gobernar sin árbitros. ¿El mundo lo festejará o se escandalizará por eso? ¿Lo copiará o lo repudiará? Las preguntas encierran un dilema sobre el futuro.

La historia, mientras tanto, siempre ofrece refugios y lecciones. Cualquiera que recorra las calles, los museos y los palacios de Florencia se encontrará por todos lados el escudo de la familia Medici, que gobernó aquellos territorios durante el Renacimiento. Pero también verá un símbolo que se repite y despierta curiosidad: es una vela al viento montada sobre el caparazón de una tortuga. Debajo se lee una frase en latín, “festina lente”, que se traduce como “apresúrate despacio”. Representa la filosofía con la que gobernaba Cosimo, uno de los máximos exponentes de los Medici: combinar el pensamiento rápido y decidido (la vela) con la acción pausada y prudente (la tortuga). Tal vez en ese símbolo se esconda una enseñanza para líderes que, 500 años después, ven en la prudencia un signo de debilidad y en las reglas, un obstáculo a remover.





