Del antagonismo a la amistad social

Carlos María Galli
Carlos María Galli PARA LA NACION
La vida social está atravesada de tensiones y disputas, pero el gobierno saliente lo utilizó como arma política de dominación en lugar de contribuir a desarrollar el diálogo, el intercambio y el acuerdo
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11 de diciembre de 2015  

La difícil transición que se ha dado en el gobierno nacional manifiesta los efectos institucionales de la división y el relato. Ante esta realidad, la antropología del papa Francisco, expuesta en su exhortación Evangelii gaudium (EG), puede iluminar otra transición en el plano ético-social: el paso a una cultura del encuentro donde prime la unión y a una sociedad más transparente en la que prevalezca la verdad.

La experiencia humana está atravesada por la oposición. El conflicto en la vida social no puede ser ignorado. Debe ser asumido y transformado en un nuevo horizonte en el que sea posible una unión en las diferencias. Hace 40 años, el filósofo Paul Ricoeur llamó la atención sobre las ideologías conciliaristas, que buscan eliminar toda conflictividad a cualquier precio, y las ideologías conflictualistas, que sacralizan la lucha como el motor de la realidad.

El gobierno saliente privilegió una teoría y una práctica de la confrontación. "El látigo y la billetera" no fueron meras metáforas, como saben quienes los sufrieron en el mismo oficialismo. La idea de que para gobernar hay que tener plata y hacerse temer marcó una forma de ejercer la autoridad atravesada por el autoritarismo. En 2012 la consigna "vamos por todo" devino en "vamos por todos". En esa concepción, el que piensa distinto no es visto como un diferente que aporta sino como un enemigo que amenaza. No se lo considera porque no se lo valora. Hay monólogo, no diálogo; poder, no mediación; mayoría, no consenso. Ese pensamiento único militariza la política: el líder es el jefe; el militante, un soldado; el que cambia, un traidor; los objetivos son batallas; la meta es la victoria. La idea bélica de la política reduce las instituciones republicanas y la división de poderes a formalidades del institucionalismo y las subordina al triunfo de la propia causa.

Esa filosofía hegemónica quiebra la sociedad en dos y convierte una parte en el todo donde el mandatario se cree dueño del Estado, al que no quiere dejar. Busca perpetuarse en el tiempo evitando la alternancia. Prescinde del diálogo, como sucedió en la última década. Dice: "Ahora estamos nosotros", como se argumentó en 2003 para cerrar el "Diálogo argentino" que tanto había contribuido a salir de la crisis. Considera que no debe haber "diálogo" con quien no tiene "logos" porque no presenta razones justas sino que representa intereses mezquinos. Si así fuera, después de una contienda electoral, cualquier vencedor podría excluir a cualquier perdedor. Pero la convivencia democrática no es sólo competencia sino también intercambio y acuerdo.

Negar la racionalidad del opositor es una mala costumbre argentina. Muchas veces en nuestra historia se redujo al otro a un animal no racional y se lo llamó con apelativos zoológicos: salvaje, bestia, zorro, perro, burro que rebuzna, aluvión zoológico, gorila, fiera, cucaracha, cerdo, yegua, víbora, buitre… La descalificación no respeta al otro como ser dialogal y sujeto político.

Cuando se niega la posibilidad de cooperación, la política se convierte en una guerra en la que el fin justifica los medios. Así se pasó de la concordia de la frase "la patria son los otros" a la discordia que plantea "los unos o los otros". La primacía del conflicto causó muchas heridas y resentimientos. Es necesario superar la enemistad cultivando la amistad social. La patria es un "nosotros", una unidad plural que cobija a muchos unos y muchos otros. Si el gobierno entrante procura la unión deberá esforzarse por incluir a todos, en especial a los más débiles, y abrir espacios a la paz en línea con un principio formulado por Francisco para cultivar el encuentro.

"Hace falta postular un principio indispensable para construir la amistad social: la unidad es superior al conflicto. La solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierte así en un modo de hacer la historia, un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida. No es apostar por un sincretismo ni por la absorción de uno en el otro sino por la resolución en un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna".

La paz social requiere también reconocer una verdad común aunque sea vista desde ángulos diversos. En toda sociedad hay luces y sombras que nacen del corazón humano. Pero la Argentina necesita imperiosamente transformarse en una sociedad más transparente a la verdad porque hay un hartazgo de tantas mentiras, oscuridades, simulacros.

El gobierno saliente hizo un culto de la distorsión de la verdad. Tuvo logros y errores, como tienen otros gobiernos. Pero degradó el "relato", la narración de una historia real o ficticia, al "cuento del tío", que es una forma de mentira sistemática. Alguien deberá estudiar las cortinas de humo generadas cada semana para marcar la agenda y distraer la atención. El relato fue la forma de comunicar una idea, o mejor, una ideología, en el sentido negativo del término: una mirada parcial que niega u oculta facetas de la realidad. También hubo manipulaciones y recortes de la información por parte de medios privados que deben ayudar a conocer la verdad. Pero, como sucede con el terrorismo, todo es más grave cuando se hace desde el poder del Estado.

Hemos sufrido la falsificación de las estadísticas públicas. Los ciudadanos carecemos de datos ciertos sobre la pobreza y la desigualdad; el trabajo y la inflación; los acuerdos y los contratos; las reservas y las deudas; los patrimonios y las responsabilidades de los funcionarios; la inseguridad y la corrupción; el narcotráfico y la trata. La perpetuación del billete de 100 pesos fue un ardid en una economía inflacionaria. Las operaciones de inteligencia inventaron u ocultaron hechos graves. El miedo a la derrota atribuyó palabras falsas a contrincantes. Un revisionismo sesgado creó una versión de nuestra historia impuesta por unos pocos desde medios que son de todos. Un discurso mendaz ocultó la deuda social en la que crecieron subsidios a los pudientes e impuestos a los pobres. La banalización de la palabra aumentó el escepticismo. Si el gobierno entrante quiere recrear la confianza deberá actuar con transparencia y trasmitir con veracidad. Aquí nos ilumina otro principio del Papa: la realidad es más importante que la idea.

El Bicentenario de la Independencia nacional en 2016 convoca a la utopía de una comunión solidaria. La realidad es superior a los relatos y la unión debe prevalecer sobre los conflictos. La acertada prioridad de fomentar la unidad entre todos los argentinos deberá asumir el desafío de construir la sinfonía de la paz asumiendo consonancias y disonancias. Esta tarea no es sólo de quien gobierna sino de toda la comunidad, incluyendo las redes sociales. Aquí tienen su misión específica los credos y las iglesias que aportan un plus de fraternidad desde la fe en un Dios Padre, fuente de toda razón y justicia. Aquí tenemos una responsabilidad especial quienes sostenemos los cuatro pilares de la paz que enseñó San Juan XXIII en su encíclica Paz en la Tierra: la verdad, la libertad, la justicia, el amor. Los recordamos cuando se acerca la Navidad, la fiesta del encuentro, en la que cantaremos "gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres".

Ahora y siempre podemos compartir los cuatro principios de Francisco para construir una cultura del encuentro en una pluriforme armonía: el tiempo es superior al espacio; la unidad prevalece sobre el conflicto; la realidad es más importante que la idea; el todo es superior a la parte.

Sacerdote católico, profesor en la Facultad de Teología, miembro de la Comisión Teológica Internacional

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