Del manual del culpable: hostigar al testigo - Clone
Javier Cercas le dijo esta semana al director de El País de Madrid -diario progresista que cumple 50 años de vida- algo fundamental: la izquierda democrática debe mantener una dimensión ética y, por lo tanto, no se puede convalidar ningún pacto con el diablo. “Mentir y engañar no está bien, aunque lo hagan los nuestros -advirtió el escritor-. Y creo que los periodistas deben señalarlo especialmente cuando mienten y engañan los más próximos, aunque les digan: están siendo cómplices o les estás haciendo el juego a los otros. Es la obligación del periodismo, y cuando la izquierda se divorcia de la ética, como ha ocurrido, vamos mal”. Podríamos cambiar izquierda por derecha, o socialdemocracia por liberalismo o centrismo o por conservadurismo puro y duro. Da igual. Cercas, que no se considera un periodista pero que es hoy uno de los grandes intelectuales de Europa, fijó allí con mucha precisión el renovado rol de la prensa, que hoy y siempre debe elevarse por encima de las simpatías personales, y los camelos y las negaciones de cada tribu, y estar dispuesta a pagar en ocasiones el precio de la incomprensión de su audiencia dentro de este sistema de bandos y trincheras, donde cunde el blanco y negro y el doble estándar, y donde se acatan las fake news, se niegan o relativizan los hechos y se atacan o invisibilizan las verdades inconvenientes. Diego Cabot, que produjo el Watergate argentino (la causa Cuadernos) y que fue colocado simbólicamente en el banquillo de los acusados y hostigado durante trece horas por lujosos sacapresos en el juzgado y luego por militantes kirchneristas en las redes sociales, resurgió de ese calvario como un héroe ejemplar para el resto del arco ideológico, algunos de cuyos referentes cancelaron por un día el eslogan “No odiamos lo suficiente a los periodistas” para elogiarlo sin ambages. Eso sucedía mientras aquellos mismos defensores de Cabot agredían sin piedad al gran Hugo Alconada Mon, que investiga los enjuagues de la AFA y el caso $LIBRA, y que brindó detalles acerca de las escandalosas inconsistencias patrimoniales del ahora parsimonioso jefe de Gabinete. Me temo que pronto, unos y otros fanáticos de esta nueva grieta abismal, se ensañen también con Francisco Olivera, que ya merecería un premio internacional por haber revelado ese multimillonario entramado de corrupción con el dólar oficial, el blue y los permisos para importar (SIRA), donde aparece involucrado principalmente el gobierno anterior pero que, a su vez, pone en tela de juicio los suculentos y oscuros aportes de campaña que el peronismo le hizo a Javier Milei para que este hundiera la opción republicana. La religión de la hora es la mala fe, que practican por igual encubridores de izquierda y de derecha, y el deporte consecuente consiste en acosar a los testigos de cargo, sean reporteros de investigación o ciudadanos ignotos. Le tocó, en ese sentido, recibir fuego graneado a un antiperonista de Exaltación de la Cruz, un entusiasta votante de La Libertad Avanza que recibió 245.000 dólares para refaccionar la casa de Manuel Adorni. Descubrió de la noche a la mañana Matías Tobar que el funcionario nacional quería manipularlo, que se trataba de “dinero inexplicable”, que los alfiles libertarios amenazaban con “carpetearlo” por su declaración en tribunales y que su presidente lo acusaba públicamente de “kirchnerista de dudoso prontuario”. “Tengo dolor en el corazón”, dijo el contratista al darse cuenta en pocas horas, y con honda tristeza, de quiénes son y cómo actúan de verdad los que se venden como paladines de la honestidad y la lucha contra la casta.
La religión de la hora es la mala fe, que practican por igual encubridores de izquierda y de derecha, y el deporte consecuente consiste en acosar a los testigos de cargo, sean reporteros de investigación o ciudadanos ignotos
En medio de una tragicómica cascada (con perdón del sustantivo) de sospechas, bulos, cinismos, torpezas y venalidades -también de una pérdida de la agenda y de una baja general de la credibilidad-, el oficialismo puso en marcha una operación típica del manual de los abogados sucios, actuando así como culpable, e intentó, mientras tanto, invalidar a cualquiera que investigara -al decir de Cercas- los pactos con el diablo, expusiera los engaños y mentiras, y argumentara el peligro de la erosión de la dimensión ética. En el cardumen de esta revolución libertaria, que nació en un parto asistido por Sergio Massa, esa dimensión tiene siempre un doble filo: por un lado los corderos del león han prometido ejemplaridad absoluta y por el otro han dejado filtrar ideas nodales, que forman una turbia cultura interna, como que el evasor es un héroe y Al Capone tenía razón. De hecho, su nueva ley de evasión fiscal beneficia al 81% de los acusados en la justicia.
Milei ha puesto más esfuerzo en matar a Keynes que en frenar el desempleo, levantar el consumo y sacarnos de la estanflación
A esta doble estrategia defensiva, se une la cólera redoblada del líder mesiánico, que no parece ya indignación ocasional sino simple desesperación: alguien que se retuerce como un pez espada con un anzuelo clavado en las fauces. Es que ya lleva dos meses cargando la mochila de plomo de su exvocero: demasiado tiempo, mucho estrés. Ha dicho el escritor Jaime Bayly -vino para la Feria del Libro y había celebrado en un comienzo las ideas de Javo- que nuestro presidente no ejerce el poder como un liberal sino como un autócrata (“la prensa en democracia no está para aplaudir sino para criticar”), y se sorprendió de que estuviera todo el tiempo “sobreexcitado, hiperventilado, sobreactuado; uno termina pensando: si no sabe gobernar su vida, sus palabras y sus silencios, tampoco sabe gobernar el país”.
Para los dogmáticos es preferible tener razón a tener éxito
Entre los testigos peligrosos que deben ser enlodados y callados para siempre figura Domingo Felipe Cavallo, que hasta hace muy poco era “el mejor economista de la historia argentina” (Milei dixit) y ahora es uno de los peores: hacen fila (disciplinada) los muchachos del Ministerio para bardearlo, y todo porque dijo que Caputo era un mero trader, que nadie se ocupaba en serio de la macro y que al jefe de Estado solo le interesaba la “filosofía económica”. En esto último al menos parece no haber fallado el padre de la convertibilidad: Milei ha puesto más esfuerzo en matar a Keynes que en frenar el desempleo, levantar el consumo y sacarnos de la estanflación. Lo interesante del caso es que el antiguo discípulo bloqueó en su teléfono al viejo maestro; a simple vista parece un gesto de castigo y fortaleza, pero sugiere también un acto de extrema debilidad: no vaya a ser cosa que Cavallo le clave una duda. Una vez más: para los dogmáticos es preferible tener razón a tener éxito. Tampoco se puede descartar que Milei se levante de este lodazal en el que encalló por su propia impericia y que el Mundial de Fútbol -ese gran anestésico- le permita un break para ordenar la cabeza y la tropa, y empezar de nuevo. Por el bien de todos, ojalá que después de la cascada venga algún remanso.











