Del populismo a la dictadura
Calles desiertas, tiros, montañas de escombros, gente haciendo cola para conseguir pan. No es una ciudad en guerra. Es Caracas. Quienes fuimos testigos del final del ciclo de las dictaduras pensamos que nunca más veríamos imágenes así en América del Sur. Pero pecamos de optimistas: la dictadura está de vuelta.
La crisis terminal que azota a Venezuela no es casualidad. Es el resultado de una cultura pública populista bastante extendida en la región. Al nivel más superficial, esa cultura se corporiza en un acervo de ideas políticas: las instituciones de la democracia burguesa encubren la opresión de los desposeídos; el imperio nos subyuga; la pobreza es producto de la avaricia de las clases dominantes y sus gobiernos títere, etcétera. No debería sorprendernos que el relato culmine en la violencia: la vida política es una guerra y no hay guerras sin barricadas ni muertos.

Existe, sin embargo, una dimensión de esta cultura más profunda y difícil de advertir que se manifiesta en el plano de las ideas económicas. Se trata, en lo esencial, de tesis maniqueas, voluntaristas y simplificadoras. Por ejemplo, la tesis de que hay pobreza porque los dirigentes gobiernan para los ricos y de que todos los problemas van a resolverse cuando un líder que gobierne para el pueblo barra con el mercado, las libertades económicas y el capital.
En este aspecto, el populismo sudamericano es heredero del fascismo europeo y, por supuesto, del marxismo. No hay dudas de que Marx hizo aportes muy valiosos a la sociología y la filosofía política; aportes que, entre otras cosas, motivaron un revisión de la teoría liberal clásica que derivó en el liberalismo igualitario de John Rawls, Ronald Dworkin y Martha Nussbaum, entre otros. Sin embargo, las contribuciones económicas de Marx probaron ser falsas desde hace mucho tiempo: aunque a los directores de Hollywood les cueste aceptarlo, la URSS no fue derrotada en la Guerra Fría; sucumbió bajo el peso de su propia ineficiencia.
En la actualidad hay evidencia concluyente de que el populismo económico, tanto en su versión clásica como en su novedosa variante neokeynesiana, tiene efectos que socavan sus propios objetivos. Los controles de precios, la carga impositiva desmesurada, la emisión monetaria sin respaldo y las nacionalizaciones compulsivas pulverizan los incentivos para la producción, generando escasez, desempleo y merma en el poder adquisitivo de los más vulnerables. A su vez, esta situación -atribuida siempre a un complot de la derecha- despierta el descontento ciudadano y ya no queda más remedio que silenciar a los díscolos, encarcelar opositores y dar el paso decisivo hacia un régimen militarizado de partido único que expropie todo lo que existe. Así es la nueva Constitución que Maduro tiene en mente. El camino hacia la servidumbre, lo llamaba Hayek.
La Venezuela bolivariana ha aplicado la receta hasta las últimas consecuencias. Lamentablemente, el populismo económico ha echado raíces profundas en la cultura pública de otros países de la región. Cuando le pedimos a un gobierno que reduzca los impuestos, manteniendo a la vez el gasto social y los subsidios a los servicios públicos, no le dejamos otra alternativa que generar inflación. Y cuando le pedimos que controle la inflación sin producir recesión, no le queda más remedio que subir los impuestos o endeudarse. Atribuir este desenlace a la maldad del gobierno es un acto de rebelión infantil que conduce al desastre, y a menudo a la caída de un presidente elegido en las urnas. Decir: "Que la crisis la paguen los ricos" se parece bastante a decir: "Que la pague cualquiera menos yo".
Nada de lo anterior significa que la democracia sólo es posible bajo un ordenamiento neoliberal. Por el contrario, no hay democracia sin una ciudadanía activa, y no hay ciudadanía activa sin un grado significativo de igualdad material. Hace décadas que el resto del mundo ha comprendido que el camino más corto hacia el desarrollo humano es el que combina el libre mercado con un Estado racional e inteligente que domestique al capital, invierta en sectores clave y redistribuya los recursos mediante impuestos progresivos. Sería bueno que aprendamos la lección pronto: Venezuela nos acecha.









