
Deporte vs. adicciones
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Afortunadamente, los buenos ejemplos de quienes denodadamente luchan por contener el avance de los estragos que produce la droga entre los jóvenes son también parte de la realidad de nuestro país. Por eso, es digna de difundirse la insustituible labor de un sacerdote de 37 años que trabaja incansablemente para rescatar de la drogadicción a decenas de jóvenes que habitan en el área de su acción pastoral, en las villas que han crecido en los confines del Tigre, circulando con su moto. Se trata del padre Juan Manuel Ortiz de Rosas, sacerdote hace seis años y con cuarto año de Medicina aprobado, cuya enorme vocación de servicio lo impulsó a utilizar el fútbol para acercar al deporte a los jóvenes del castigado barrio de San Pablo, en el que la pobreza y la inseguridad crecen junto con el consumo de paco, marihuana y cocaína.
Adolescentes y jóvenes se convierten en vendedores para satisfacer su necesidad de consumo. El pernicioso vicio lleva a muchos a perder la vida como corolario de una existencia carente de horizontes y pródiga en necesidades insatisfechas.
El padre Juan Manuel vio con claridad el riesgo que acechaba a los jóvenes, fundamentalmente debido a la falta de proyectos o metas superadoras para su mejor desarrollo. El cura se movía en un espacio de chicos marginados que habitaban en el seno de familias conflictivas. La percepción de los agudos problemas que padecían los menores llevó al sacerdote, en ocasión de las reuniones de la Pastoral Social, a exponer una demanda que sentía profundamente: "Che, hay que ocuparse de los adictos, hay que entrar en los barrios?". Ese "che" tan reiterado en su hablar hizo que lo llamaran "Cheché" (https://es-la.facebook.com/juan.ortizderozas.3) y con ese sobrenombre empezó su labor de recuperación de chicos y jóvenes de las villas. Para ese fin se valió de una pelota de fútbol, un medio "irresistible", como él lo calificara, y logró que numerosos chicos abandonaran la tentación o la droga para dedicarse a la práctica del fútbol. "Un placer por otro placer", explica. El padre Juan Manuel les planteó una opción excluyente: quien quisiera jugar debía abandonar la droga y para ello nada más poderoso que una pelota y las reglas de juego que la práctica de cualquier disciplina deportiva impone.
La práctica del deporte, el hecho de reunirse, de entrenar, de jugar y compartir, demostró ser un excelente recurso para alejarlos de la adicción y su comercio. El proceso por el cual se invitaba a un joven a jugar o se lo nombraba director técnico se constituyó en una nueva rutina ordenadora. La propuesta del padre Juan Manuel tuvo también efectos colaterales muy positivos: algunos jóvenes adictos pidieron ser enviados a centros de recuperación. Tanto el obispado como la Sedronar sumaron apoyo económico al valioso proyecto. El éxito de la propuesta se tradujo en la incorporación de jóvenes mujeres a la práctica deportiva del hockey.
Ejemplos como éstos deben alentarse pues pueden replicarse en distintas realidades. Cuando el deporte es tomado como un medio y no como fin, con una función social que excede en mucho el mero asistencialismo, la contribución a la valiosa transformación de jóvenes en riesgo social merece, como en este caso, estimularse y celebrarse.




