
Descenso a la barbarie
En Estados Unidos contra Estados Unidos (Fondo de Cultura Económica), Alberto Benegas Lynch señala y analiza la degradación del ideal de libertad en ese país. Aquí, un fragmento
1 minuto de lectura'
En realidad, la expresión "servicios de inteligencia", para ser usada por el monopolio de la fuerza, resulta un despropósito. Es una expresión que le queda muy grande. Se aplica por extensión a la facultad de conocer la información recabada. Para esto es mejor recurrir directamente a esta última idea, es decir, a la oficina de obtención de informaciones. Esto puede aparecer como una cuestión meramente formal, pero las tareas "de inteligencia" le dan un lustre, un aura de trascendencia y una jerarquía intelectual que está fuera del radio y las posibilidades de las estructuras respaldadas en el uso de la fuerza bruta. Por otra parte, estas oficinas deberían circunscribirse a la esfera militar y para fines exclusivamente de defensa bajo estricta jurisdicción y supervisión civil.
Permitir que las tareas de espionaje y las operaciones clandestinas se utilicen en las áreas civiles del gobierno contradice del modo más palmario el sentido básico del espíritu republicano, puesto que uno de sus postulados centrales consiste en la transparencia en los actos de gobierno. Sin embargo, al funcionar los aparatos de espionaje se abre en este plano una puerta trasera donde, en nombre de los "secretos de Estado", se bloquea la transparencia y el consiguiente conocimiento del público de los actos de sus mandatarios. Tolerar estos procedimientos significa que las limitaciones al poder se convierten en figuras decorativas sin aplicación real, situación en la que los abusos y atropellos más escandalosos son moneda corriente y se facilitan "operaciones" en las sombras que nunca hubieran sido autorizadas a la luz del día por ninguna mente civilizada.
El presidente Truman, 15 años después de haber establecido la CIA (en 1947 con la oposición militar y como una continuación de la Oficina de Servicios Estratégicos creada durante la Segunda Guerra y disuelta en 1945), declaró que nunca pensó que esa repartición serviría para asesinatos, conspiraciones en el exterior, torturas y procedimientos reñidos con la ética más elemental. Actualmente existen veinticuatro oficinas de inteligencia en Estados Unidos, pero la CIA es la más prominente. Stephen Grey (2006) nos informa con infinidad de ejemplos que los agentes de la CIA actúan de modo encubierto, sin control serio de ninguna naturaleza, organizan acciones paramilitares, arrestan y torturan a personas, mantienen lugares secretos de detención, sin contemplar las normas básicas sobre el tratamiento de prisioneros, sin tribunales de ninguna especie ni procesos, recurren a terceros países para ordenar los suplicios más atroces, poseen líneas aéreas disfrazadas de civiles, derriban gobiernos, coordinan manifestaciones en el extranjero, matan y golpean, contratan provocadores para diversos fines, manejan abultados fondos reservados, todo realizado con impunidad y en el anonimato y bajo la efectiva protección del gobierno de Estados Unidos.
Descender a los niveles de la canallada convierte en canallas a los supuestos defensores del derecho y la justicia. Por ese camino, la autoridad moral -la única digna de ese nombre- se pierde por completo junto con la legitimidad. [...] El procedimiento salvaje de la tortura no se justifica bajo ninguna circunstancia. [...] Además, resulta superflua si ya se cuenta con la información sobre el delito cometido y si no se ha probado la culpabilidad, significa que se lo condena de antemano y, por otro lado, las manifestaciones arrancadas durante la tortura no pueden considerarse válidas porque una persona bajo extremo dolor corporal puede decir cualquier cosa en cualquier sentido con tal de aliviar sus padecimientos.
Por otra parte, si se creyera que una persona posee la información respecto del momento y la ubicación en que un tercero colocará una bomba que hará estallar el planeta, tampoco es justificable abusar de una persona con tormentos -aunque el sujeto en cuestión fuera cómplice- puesto que actuar como si los fines justificaran los medios pone en peligro a la sociedad que se desea preservar. La sociedad libre se basa en parámetros morales fundamentales, si éstos se quiebran y se asimilan a la barbarie no hay posibilidad de supervivencia. No cabe el análisis utilitario de que se sacrifican pocos para salvar a muchos puesto que implicaría que unos se deben a otros en lugar de tener cada uno un valor en sí mismo. Una vez que se acepta poner a los seres humanos en balanzas para proceder a cálculos numéricos de pesos y cantidades se habrá perdido el sentido de humanidad (incluso se abren puertas extremas para, por ejemplo, sacrificar jubilados para que los jóvenes dispongan de mayores recursos y así sucesivamente). No tiene sentido declararse contrario a la tortura "a menos que el balance social resulte muy desequilibrado", porque con eso se abren las compuertas al brutalismo. [...]
Michael Ignatieff (2004) explica que "La democracia liberal se opone a la tortura porque se opone a cualquier uso ilimitado de la autoridad pública contra seres humanos y la tortura es la más ilimitada, la forma más desenfrenada de poder que una persona puede ejercer contra otra". Agrega que en situaciones límite es admisible matar en defensa propia, pero la tortura tiene las características referidas, además de que degrada no sólo al torturado sino también al torturador.





