Despedir a un ser querido

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas PARA LA NACION
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13 de junio de 2019  • 00:46

La muerte es un hecho igualitario y universal; vale para todas las personas y para todos los tiempos. También es inevitable. No importa cuántos recursos o cuidados tengamos, el final es parte de la vida. Sabemos que la muerte le pone término a la vida en el más acá pero nunca a la relación que hemos tenido, ya que, quienes han partido antes nos acompañarán eternamente a través de su recuerdo en nuestro corazón.

El término duelo viene de dolo (dolor). Hay diversos duelos frente a una muerte. Primero está la pérdida en sí misma, lo cual es un dolor grande. Luego viene el contenido de la pérdida, es decir, la persona de quien estamos separándonos y por la que sentimos dolor. Está también la emoción que expresan los demás que nos produce dolor. Y las cosas que quien parte se lleva y nunca más volverán a nosotros. Son varios duelos los que se viven.

Todos vivimos pequeñas muertes a lo largo de nuestra vida. Ellas son "resurrecciones", "microensayos" de nuestro último gran destino. Morimos porque estamos vivos. Algunos filósofos nos dicen que morir es desprenderse de los objetos, de los amigos, de los afectos, sin pensar en nada ni desear nada.

La certeza que tenemos desde que nacemos es que la muerte puede aparecer a lo largo de la vida. Es parte de ella, pudiendo irrumpir en cualquier momento evolutivo. La vejez no es la única etapa en la que llega la muerte, pues esta puede aparecer en cualquier fase. La muerte debería ser recibida como algo natural e inevitable, puesto que la vida y la muerte son inseparables.

Sócrates decía que un buen médico debe tener dos buenas características: techné y medea. La techné tiene que ver con la tecnología y la medea, con la capacidad de cuidado. Es decir, que el médico, el enfermero, etc., son un instrumento de salud no solo con su conocimiento sino además con su persona y con el cuidado que brindan al paciente terminal.

¿Qué podemos hacer frente a alguien que está a punto de partir?

a. Transmitirle un ensanchamiento en calidad del tiempo restante. Cuando la vida llega a su fin, puede ensancharse en ese último tramo si le damos a quien está por partir nuestra medea. Es decir que, cuando la medicina ya no puede hacer nada más, siempre los familiares y amigos de la persona pueden hacer algo transmitiéndole su amor y brindándole su cuidado.

b. Acompañar a quien está por partir para que lo haga con dignidad. Así como el nacimiento es un acto milagroso y bello, quien parte debe hacerlo con su mejor ropa, bien afeitado, con su mejor perfume. Se conecta así en esos últimos instantes con la dignidad de su partida. Muchos se retraen previo al partir; algunos lo saben y otros lo intuyen. La persona se retrae hacia su interior. Por eso, podemos tocarla, besarla, ver si necesita algo y sobre todo, acompañarla. El último gran temor es el de ser abandonado. Si la persona es creyente, podemos leerle un texto de su fe cuidando que la habitación sea agradable y le transmita una sensación familiar donde pueda estar sereno y acompañado en ese momento. Necesitamos ver la vida y la muerte como un todo.

c. Quien está por morir tienen el derecho de saber de su pronta partida (a menos que manifieste no querer saber). Esto debe ser así para que pueda ocuparse de los asuntos pendientes, la necesidad de perdón y las despedidas. La persona que está por partir es protagonista del cierre de una etapa aquí en la tierra.

d. Acompañar con amor y cuidado a quien está por partir. No debemos transmitirle angustia, ni malestar, ni descontrol a quien está por partir, sino calma y tranquilidad. Podemos tomarlo de la mano y decirle: "Quiero estar a tu lado, sostener tu mano, cantarte tu canción preferida y hablarte al oído agradeciendo al Creador por permitirnos compartir momentos hermosos y significativos".

e. Permitirle al doliente que pueda expresar sus temores, miedos y ansiedades. Es importante escuchar con los ojos, acompañar con la caricia y simplemente estar, lo cual le permite a quien está por irse expresar sus distintas fantasías. Alguien ha dicho que se muere como se ha vivido. Muchas personas lo hacen con calma y paz, mientras que otros lo hacen con mucha tristeza y angustia por los temas que no han resuelto. La muerte es un acto de desprendimiento donde se sueltan cosas, vínculos y aun la vida misma. Es una puerta de entrada a una nueva dimensión. Quienes acompañan deben remarcarle a la persona su amor y hacerle saber que están con ella y la respetarán.

Los que somos creyentes podemos transmitirle la seguridad de la vida eterna a través del amor de nuestro Señor que vive en nosotros, brindándole la posibilidad en ese último tramo de realizar lo que se llama en psicología "declaraciones emocionales": pedidos de disculpas o de perdón, expresiones de cariño, etc. A lo largo de mi práctica profesional he visto cómo, luego de un período de perdón y expresión de cariño, la partida se produjo en paz.

f. Darnos un tiempo como familiares para expresar recuerdos, tristezas y alegrías, respecto de quien ha partido. El dolor por el duelo no es una enfermedad ni un problema que hay que solucionar. Por eso, jamás deberíamos usar la trillada frase: "Ya lo vas a superar". El dolor se transforma y nos transforma y es parte de nuestra historia. En ese espacio separado para recordar, una vez por semana o una vez por mes, como la familia lo determine, pueden reunirse para hablar de quien ha partido. Esta es una manera de caminar el proceso de dolor honrando el duelo. ¿Qué significa "honrar el duelo"? No ensuciarlo castigándose, deprimiéndose y culpabilizándose.

g. Saber que hay rituales muy importantes. Cuando una persona no se pudo despedir de la persona que partió, debería aunque sea en silencio, con la mente y con el corazón, decir todo lo que esta le dio en vida y lo que le dejó, tanto las cosas felices como las que no tanto y todo lo pendiente. Es fundamental en la despedida expresarlo todo. Incluso si el ser querido está en terapia intensiva e inconsciente, es necesario que uno se despida en silencio o en voz alta. Porque cuando no podemos hacerlo quedan deudas pendientes.

h. Saber que en algún momento puede aparecer el "¿por qué a mí?". Las personas que tienen mucho dolor debido a una enfermedad incurable, propia o de un familiar, suelen preguntar: "¿Por qué a mí? ¿Por qué tengo que experimentar este dolor y este sufrimiento?". Siempre hay una etapa de bronca y luego aparece la angustia que nos permite metabolizar una situación de duelo. Todo, absolutamente todo, lo que pueda decir una persona para desahogarse frente a una situación de duelo es una manera de no hipotecar el futuro. Pues, a mayor negación, mayor capacidad de prolongar el duelo.

i. Soltar. Cuando un paciente está al borde de la muerte, sus familiares y amigos le piden: "No te vayas, quedate conmigo". Esto hace que la persona deambule entre el irse (porque biológica y emocionalmente no puede más) y el quedarse. Es normal el deseo de sus seres amados que quieren que no parta pero, en estos casos, necesitamos aprender a soltar porque el mensaje para quien está por partir tiene que ser: "Decidas lo que decidas, te vamos a apoyar, te vamos a acompañar, en esta decisión de irte o quedarte. Te queremos y estaremos con vos en todo momento, decidas lo que decidas". Nada nos pertenece, ni el cuerpo ni la vida, y es necesario dejar de aferrarnos a aquello que nunca nos ha pertenecido (comunicación del Dr. Marcelo Ceberio).

El duelo es un acto sagrado que debe llevarse a cabo recordando y haciendo crecer las semillas que quienes se fueron antes nos han dejado. Así honramos su memoria.

A veces el miedo a la muerte es, en realidad, el miedo a la vida, la falta de proyectos. El amor intenso por la vida es el mejor remedio contra el temor a la muerte. Pensar cada tanto en nuestra propia muerte nos permite valorar nuestros vínculos más importantes y tener siempre presente nuestra finitud. Como dijo un escritor: "La muerte no es un punto sino una coma en la historia de la vida".

La muerte nos debe hacer reflexionar sobre la vida: cómo estamos viviendo, qué cosas son importantes, cuánto estoy invirtiendo en mis vínculos afectivos, qué cosas son trascendentes, qué huella quiero dejar. Si la muerte es parte de la vida, ¿por qué entonces no reflexionar sobre ella? Reflexionar sobre la vida es la mejor forma de disfrutar este don hermoso que tenemos. No debemos ni negarla ni estar fascinados con ella. Tomarnos un tiempo en dicha reflexión nos permite salir del piloto automático, encontrarnos con aquello que es importante, volvernos más comprensivos, desechar las trivialidades, reconocer nuestra finitud y saber que en el cementerio somos todos iguales. Lo importante no es cómo voy a morir sino cómo voy a vivir hasta ese día.

Lo ideal es morir con libertad y naturalidad como si uno se rindiese a un sueño sin aferrarse a la vida.

Una reflexión final.

En una oportunidad un conferencista preguntó a su audiencia: "Si tuvieras solo 24 horas de vida, ¿a quién llamarías y qué le dirías?". Cada uno empezó a decir: "A tal persona le diría esto., a tal otra le diría esto.". Luego el conferencista permaneció en silencio unos segundos y dijo: "¿Qué estás esperando para hacerlo?".

Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com

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