
Después del duelo: un legado de violencia
Tras la muerte de Perón el país quedó a merced de López Rega; en 1973, la elección de Isabel como vicepresidenta dejó trunca la posibilidad de un gobierno de coalición que incluyera a Balbín
1 minuto de lectura'
La noticia oficial de la muerte del general Perón, que puso fin a los rumores relativos a un desenlace inminente, se transmitió a las 13.15 del lunes 1° de julio. El equipo médico de excelencia convocado alrededor del lecho del enfermo no había podido prolongarle la vida; tampoco habían tenido efecto en la emergencia los pases de magia intentados por el secretario privado, el ministro José López Rega. La ciencia y la magia reunidas en torno al moribundo reflejaban en cierta medida la racionalidad y la irracionalidad de la vida política del país en 1974.
En esa jornada triste y lluviosa, el duelo empezó a manifestarse casi con tanta fuerza como cuando falleció Evita. Homenajes y altarcitos improvisados en barrios humildes y villas miseria despedían a Perón. Los gremios se movilizaron a su vez y decretaron un paro general que dejó vacías y silenciosas las calles de Buenos Aires. Por su parte, la Juventud peronista, la misma que había sido expulsada por Perón de la Plaza de Mayo dos meses antes, se movilizó: querían participar en forma muy visible en el funeral. Entre tanto, el gobierno tomó las medidas necesarias para prevenir que Montoneros se adueñara del sepelio mediante un golpe de mano.
El problema del vacío de poder estaba en la mente de muchos aunque oficialmente no se hablara del tema. Uno de los más preocupados era el ministro de Economía, José Ber Gelbard, el segundo hombre fuerte del gabinete y el responsable de la continuidad del Pacto Social. Sin embargo, las apariencias indicaban que el gobierno estaba bien instalado. La sucesora constitucional de Perón, su viuda, María Estela "Isabel" Martínez, habló por la cadena nacional rodeada por los más altos funcionarios nacionales civiles y militares. Pero ese aparato formal apenas disimulaba la fragilidad de la nueva presidente, mezcla de inseguridad, ignorancia y desconfianza. La ausencia de Perón ratificó los lazos y la interdependencia entre Isabel y Lopecito, aunque cada tanto se pelearan por nimiedades. Pero más allá de ambos, estaban los demás integrantes del gabinete, el Congreso y la oposición democrática, en suma, un sistema legítimo que funcionaba con aparente racionalidad.
Los que bregaban por consolidar esta legitimidad y evitar el encumbramiento de López Rega pensaron en reforzar la autoridad presidencial mediante un "consejo de garantías" al que la presidente pudiera recurrir. Otra salida posible era formar un gobierno de coalición que incluyera a partidos de izquierda y al radicalismo. En forma natural las miradas se dirigían a Ricardo Balbín, el jefe de la UCR, cuyo diálogo con Perón había constituido una de las novedades más positivas de la transición a la democracia en 1973. Por eso volvieron a circular los rumores relativos a un legado póstumo del general a Balbín, que no habría podido concretarse por culpa del entrometido Lopecito...
Un año antes, cuando se discutió la integración de la fórmula presidencial del justicialismo, ningún político peronista había sido tenido en cuenta. Entonces sí se consideró la posibilidad de ofrecerle el cargo a Balbín, pero la idea quedó en el camino. Ahora se vivían las consecuencias de esa decisión equivocada de Perón.
La división interna del partido gobernante, que el imponente entierro apenas pudo disimular, era uno de los principales problemas que el gobierno debía resolver. La derecha sindical y la izquierda juvenil pretendían la representación exclusiva del peronismo y estaban dispuestos a pelear con las armas en la mano dicha representación. Isabel no arbitraría en esa lucha porque ya había tomado partido por la derecha del movimiento: aconsejada por López Rega, el canciller Vignes y por la "ortodoxia" sindical, se proponía satisfacer a los sectores militares y económicos que habían aceptado que volviera su marido para evitar que en la Argentina triunfara la revolución "a la cubana". La organización paraestatal Triple A estaba encargada de la tarea sucia.
Contraste
Por eso, la unanimidad con que la Argentina dio su último adiós a Perón contrasta con la honda división de la sociedad respecto al modelo de país anhelado por los distintos sectores en conflicto y a los métodos para la prosecución del proyecto.
Luego de 72 horas de paro general, en los que el país vivió aislado del mundo -sólo podían publicarse noticias relativas al duelo-, se reanudaron las actividades. Entonces Isabel convocó a una reunión de gabinete ampliado, en la que participaron los comandantes de las tres armas, la CGT, la CGE y Balbín. La idea de los que promovieron la reunión era desplazar a López Rega de la secretaría privada y de la pequeña habitación atiborrada de literatura esotérica que ocupaba en la residencia de Olivos. El plan fracasó. Sólo unos pocos se atrevieron a cumplir el compromiso de denunciar el poder excesivo de Lopecito y éste, finalmente, resultó confirmado.
Así se perdió una de las mejores oportunidades de concretar la transición democrática apelando a la responsabilidad de la clase política y al juego normal de las instituciones más que a las soluciones mágicas encarnadas en un líder carismático y en su familia. Y el fracaso posibilitó un nuevo golpe de Estado y la postergación de las soluciones que la Argentina de los años setenta precisaba para convertirse en una sociedad moderna, republicana y democrática.
La autora es historiadora. Su último libro es Isabel Perón. La Argentina en los años de María Estela Martínez (Planeta).






