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Señorita bibliotecaria de Silgras
Amplia escalinata de mármol de Carrara, recibidora y amable. El edificio invita con su frescura a penetrarlo, a investigar en sus altísimas estanterías de madera lustrosa y oscura. En ellas se pueden ver miles de tomos amarillentos de resquebrajadas portadas. Prolijos, por orden alfabético, esperan ser descubiertos. Un plumero desflecado acaricia sus lomos sedientos y resecos. Los años acumulan polvos, suspiros, encuentros. Pisos encerados de pinotea, crujiente y aromática, maderas viajeras, traídas por desaparecidos precursores. Detrás de un amplio y adusto escritorio se encuentra Alicia, tan vieja como el tiempo. La vida le transcurrió dentro, esquivándole un dueño. Detrás de un par de anteojos negros una mirada mansa escudriña todo lo atesorado, desafiando modernidades. Con solícita actitud responde a interminables requerimientos, esboza una sonrisa inventada y accede a los pedidos más inverosímiles. Aliento evaporado, pollera tubo, calzados negros atados y chatos. Mira su reloj pulsera, le da cuerda, no está en perfecta y ajustada hora. Inútil perfección: nadie la espera. Típica bibliotecaria de espacios muertos, quizás inventando sapos que se conviertan en príncipes como en aquellos custodiados cuentos.
Sueños de papel de minondenovela
Mariquita Gutiérrez del Valle heredó aquel don de las mujeres de Barichara. En su familia, no hubo mujer que no supiera el secreto de elaborar papel con fibra de fique. La cabuya, de color "verde Colombia", crecía espontáneamente en su tierra. Y la joven sabía cómo trabajarla... Sus manos eran ásperas por la cal que se usaba para trabajar la fibra. Pero conocían los movimientos precisos que se necesitaban para obtener el más maravilloso papel... Los pliegos, llegaban después del proceso, a manos de editores. Ellos imprimían los manuscritos y los escritores llenaban sus bolsillos vendiendo libros artesanales. Éstos fueron los eslabones de la cadena que llevaron los pasos de Mariquita hasta la puerta de José Asunción Silva. El joven escritor, tentado por la fama del papel y la belleza de la trigueña, mandó buscarla para negociar. Después, llegó el amor... José rubricó ese amor regalándole una copia del manuscrito de su flamante "Juntos los dos". Pero un día se marchó prometiendo regresar. El suicidio de José marcó el principio del fin. Mariquita nunca más habló. Sólo fabricaba papel...
Mario de jasonpe
Mario Vargas se sentó en el sofá de la sala en su apartamento madrileño. Miró a Urania Cabral y le pareció demasiada intelectual, demasiada seria, demasiada filosófica. Sin embargo le dio vida con su flacura excepcional y sus cabellos negrísimos y largos. Para volver a Santo Domingo esta bien, o mejor dicho a ciudad Trujillo. Mario se levantó para mirar por la inmensa ventana la esplendida luna madrileña y sorbió un poco de agua de limón, que toma siempre que escribe y esta inspirado. El dictador llamado el chivo y en general todos los sátrapas y dictadores latinoamericanos le han inspirado siempre una especie de terror y asco. Trujillo era un hombre a quien había que recorrer en la literatura y tenia que ser humanizado y desnudado si se quiere, para palparlo en su verdadera dimensión. Para Mario era clave esta obra y tenia que sellar el "boom" latinoamericano con una historia parecida a Tirano Banderas; el Señor Presidente; Yo el Supremo o El Otoño del Patriarca. En su esplendida biblioteca estaban los personajes mirándolo de reojo. Alfredo Nobel también.




