
Detrás del fuego, la esquiva fe en la vida
Desde que entró en escena este nuevo presidente Trump versión 2, vivimos diariamente en una serie de televisión. Declara guerras comerciales, anuncia treguas, se proclama premio Nobel de la Paz, sube y baja aranceles a la importación intempestivamente, desplaza portaaviones, secuestra dictadores, arremete contra los inmigrantes, suspende tratados firmados, hunde embarcaciones con presuntos traficantes adentro sin abordaje ni juicio, instala unas Naciones Unidas a su medida, todo a ritmo de vértigo, subiendo y bajándose de aviones, mientras tuits y declaraciones van informando y desinformando alternativamente. Se divide Occidente apostrofando a Europa, amenazando a Dinamarca y a la vez reivindicando la cultura occidental. A veces, éxitos; las más de las veces, incógnitas; unos cuantos fracasos, abiertos todos los frentes posibles, exteriores e interiores, desde las fronteras de Rusia y Ucrania, de la Franja de Gaza o de la helada Groenlandia…
Todo eso en poco más de un año, aunque parezca que hace cinco, tal es la acumulación diaria de dichos y aclaraciones.
Su guerra contra el narcotráfico lo llevó a Venezuela, pero acceder a su petróleo ha sido ahora su prenda de victoria, tal cual lo proclamó en el Congreso con aplausos. Sin embargo, deponer a Maduro ha sido muy importante y ayudar a México a liquidar al mayor líder de las organizaciones mafiosas es una real contribución.
Detrás de la espectacularidad de estas acciones, especialmente de esta última, que hundió a Jalisco en veinticuatro horas de fuego y sangre, hay preguntas a formularse.
La muy obvia: ¿quién trafica en los EE.UU.? ¿Quién “lava” dinero allí, en ese mercado que es el destino principal del narco?
La DEA es una enorme organización. Está en los EE.UU. y está en el mundo. Cada tanto informa de su actividad, pero la importancia del narcotráfico internacional y el poderío de esas organizaciones nos hablan de otra realidad. De un mercado estadounidense que es la principal fuente de ingresos de esos Estados paralelos, que poseen una estructura militar, comercial y financiera de enorme eficacia.
Un cierto día se terminó con Pablo Escobar, en 1993, luego de una guerra sangrienta que cobró la vida de centenares de políticos, jueces y policías en Colombia. Lo más fuerte del tráfico se trasladó a México, aunque todo indica que en Colombia continúa y que en México ya es una especie de contrapoder, como acaba de quedar expuesto en esta batalla de Tapalpa, en que murió Nemesio Oseguera Cervantes, el Mencho.
A lo que vamos es: ¿por qué no se ven en los EE.UU. acciones de esta naturaleza? ¿Por qué los Escobar o los Oseguera están afincados en América Latina y no se escucha el nombre de ningún “capo” estadounidense? Si de allí viene la mayor parte del dinero, si allí se produce la mayor comercialización, ¿por qué el tema solo es Colombia, Venezuela, México y no Nueva York? El dinero, ¿llega a México en contenedores y valijas o a través de instituciones financieras? Muy de tarde en tarde hemos leído que en Texas o California había algún episodio represivo, pero con menor significación. No es casualidad que todo el gran operativo sea Lanza del Sur, la sede del imperio del mal que está en nosotros y aparentemente contagia al desvalido norte.
Yendo más allá, el tema de fondo, el más preocupante, es la demanda. Porque si hay oferta es porque existe demanda, y mientras esta opere alguien la va a satisfacer. De un modo u otro. Más cara o más barata, pero se va a proveer.
Ahí nos volvemos a chocar con la contradicción. Estos EE.UU., en guerra hacia el sur, ¿qué están haciendo para disminuir la demanda en su mercado? Inmensos recursos corren detrás del narco, pero muy pocos son los volcados a disminuir la adicción.
No somos inocentes tampoco. En nuestro país, por ejemplo, se legalizó la marihuana dentro de un programa de seguridad. Desde ese ángulo fue un fracaso, porque el delito aumentó. Se celebra, en cambio, que cada vez se vende más marihuana “de calidad”, que lo sería por el solo hecho de ser oficial. Para los consumidores se ha ampliado el espectro y la mayor “calidad” es la que más “pega”, no la que hace menos daño. Hoy se consume más marihuana en general y la percepción general del riesgo sobre las drogas ha disminuido peligrosamente. Como también han crecido exponencialmente las solicitudes de asistencia psiquiátrica por las adicciones.
La pregunta mayor sería: ¿qué le pasa a esa sociedad contemporánea que se ha hundido en la droga? ¿Cómo es posible que existan tantos niveles de consumo y tantas penosas consecuencias cuando nunca hubo más necesidades básicas satisfechas y la gente vive más años y con mejor calidad? ¿Qué pasa con una juventud que se apiña en multitudinarios conciertos a los que va pensando en una suerte de exorcismo, en que la droga se añade a una música que a nuestras viejas generaciones por sí sola les colmaba el alma?
Como todo lo complejo, no hay respuestas simples. Comencemos por decir que estamos inmersos en un cambio de civilización y que él ha traído enormes progresos, pero grandes desasosiegos. Pocos empleos hoy están seguros, amenazados por la digitalización y la inteligencia artificial. Esa inseguridad se acentúa cuando los estándares de vida son elevados, los consumos más diversos y cualquier tropezón sacude con facilidad la economía personal. Añadamos que la estructura familiar está muy debilitada, a tal punto que si no aumentan los divorcios es porque cada vez son menos los que se casan. En ese escenario aparecen las redes, que golpean especialmente a los jóvenes. Como lo ha demostrado cabalmente el psicólogo social Jonathan Haidt, la generación Z, nacida después de 1995, se encuentra con que lleva en el bolsillo un aparatito mágico que la aleja de sus allegados y la introduce en un mundo ajeno, en que procura acuciosamente la aceptación de sus pares y evitar la nueva pesadilla de una humillación online, que es hoy peor que todos los bullying del pasado. Las vocaciones profesionales, incluso, están confusas en la nueva economía digital.
Añadámosle a todo esto el gran tema de la caída de la fe, no solo la religiosa, sino aun la política, donde el sueño marxista se desvaneció y la utopía liberal nos pone un desafío cada día. Reducidos a nuestra individualidad, ese refugio no es suficientemente seguro, menos aún el siempre escaso del Estado, y de ahí la droga, llenando vacíos con circunstanciales ráfagas de euforia o treguas a las angustias momentáneas.
Hay que volver a creer. En nosotros mismos. En lo que podemos hacer de nuestra vida para que valga la pena. En lo que nos pueden gratificar la convivencia, el amor conyugal, los amores familiares, la amistad, la pasión por lo que hacemos o lo que nos gratifica espiritualmente, desde un amanecer hasta una canción.
Aun los creyentes deben asumir que a Dios hay que darle una mano.







