Deuda. Cuáles fueron los errores no forzados del Gobierno antes de sentarse a negociar

Héctor Torres
Héctor Torres PARA LA NACION
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13 de febrero de 2020  • 17:54

Una renegociación de deuda es siempre difícil. En el corto plazo, lo que una parte pierde, es equivalente a lo que la otra gana. Por eso es muy importante saber elegir el momento de dar esa "pelea".

El ministro Martín Guzmán quiso primero "mostrar buena fe", usando reservas para evitar la formalización de default. Ahora estamos a punto de formalizarlo.

Creer que los acreedores pueden ser más "cooperativos" si les pagamos con las pocas reservas que nos quedan, habla a las claras de la buena fe y de la candidez del ministro Guzmán.

Un negociador más experimentado le hubiera aconsejado guardar esas pocas municiones y declarar una moratoria de la deuda en dólares, en cuanto se aprobó la ley de emergencia económica. En ese momento, tanto la causalidad como la correlación temporal apuntaban claramente al autor del desastre económico heredado. Hoy, están también a la luz algunos errores de la actual gestión.

Con la llamada "ley de solidaridad y reactivación productiva", el gobierno aumentó los impuestos y suspendió la indexación de las jubilaciones. El gobierno podría haber usado esta demostración de "responsabilidad fiscal" para pedirle a los acreedores externos, un esfuerzo análogo al que le impuso a la clase media y a los jubilados argentinos.

El ministro Guzmán podría también haber usado la oportunidad para pedirle al FMI la reactivación de los créditos pendientes en el stand by firmado por Nicolás Dujovne. Algo elementalmente justo. Si bien la Argentina cumplió con todas las metas fiscales y monetarias; el programa no logró ninguno de sus tres objetivos más importantes: estabilizar la economía, bajar la inflación y recobrar el acceso al mercado de capitales. El argumento de que "de la deuda no se sale con más deuda", es retóricamente atractivo, pero totalmente falso. Aun si declaráramos el default, estaríamos "tomando" más deuda, forzada, y pagando más intereses (punitorios, mucho más altos que los del FMI).

A esto se agregan otros errores. El papelón de Axel Kicillof y pedirle ayuda al Papa (¿pensamiento mágico?), pero usar la oportunidad para mostrarse con Joe Stiglitz y Jeffrey Sachs, dos archienemigos de la administración Trump (bueno para la tribuna local "progre"; malo para conseguir el apoyo de Washington en el FMI).

Pero no todos son errores, ni tampoco responsabilidad del ministro Guzmán. En política exterior es dónde se perciben más claramente las dificultades de hacer equilibrio entre el pragmatismo y el dogmatismo. Aunque nunca se debe confundir la cortesía diplomática con los compromisos concretos, la gira por Europa fue muy buena. Pero ese éxito se mezcla con señales confusas respecto a temas sensibles para Washington. Un oportuno viaje a Israel, pero una ambigua posición respecto de Venezuela (el gobierno admite que hacen falta elecciones libres, pero Maduro sigue sin recibirse de dictador y se le retiró la acreditación a la representante de Guaidó, justo cuando este fue nuevamente elegido presidente de la Asamblea Nacional) y Bolivia (Evo, un asilado que usa a la Argentina para hacer política y declaraciones desestabilizantes).

El reperfilamiento forzado del bono conocido como AF20, podría complicar la posibilidad de volver a tomar deuda en pesos a tasas "sostenibles". Sería lamentable que el gobierno tuviera que defaultear deuda en la moneda que él mismo emite.

Para mayor inquietud, en su presentación en la Cámara de Diputados, Guzmán dijo que se propone sentar un "ejemplo mundial de cómo resolver una crisis de deuda". El ministro de economía tiene credenciales académicas impecables y ha publicado varios papers sobre reestructuración de deuda soberana. Pero ahora está a cargo de la economía de un país. Es necesario que resista la tentación de usar esa responsabilidad para mostrar que su "modelo" funciona en la realidad. Es inquietante estar en un laboratorio.

Cristina Kirchner señala que el FMI financió la fuga de capitales. El Fondo argumenta que se trató de apoyo presupuestario y para contener volatilidad en un mercado de cambios alterado por las elecciones. Lo cierto es que Macri trató de esconder la crisis comprando pesos; con los dólares que hoy le debemos al Fondo. El ministro Guzmán tuvo palabras duras, pero justas, para con el FMI. También habló de entendimientos mutuos y de avances. Tenga o no tenga razón Cristina, no es aconsejable enfrentar a los acreedores privados, sin reservas y sin un acuerdo con el Fondo. Si Guzmán llega a la mesa de negociación "desnudo", le quedaría una sola opción. Un portazo y el default.

Si Guzmán llega a la mesa de negociación "desnudo", le quedaría una sola opción. Un portazo y el default

Hay razones para guardar cierto optimismo. Los funcionarios del FMI decidieron prolongar su estadía y Luis Cubeddu, el jefe de misión conoce bien nuestros problemas y tiene ganas de ayudar. Si Guzmán juega bien sus cartas, tal vez pueda conseguir que, antes de volverse a Washington, la misión del FMI emita un comunicado positivo.

Aunque una cosa son los dólares y otra las palmadas en la espalda, los acreedores privados leerían un staff level agreement como una clara indicación de que no estamos indefensos.

El autor fue director en el FMI por la Argentina y Senior Fellow del Center for Governance Innovation

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