
Dialogar, refutar, descalificar, perseguir, matar
Las relaciones entre los dirigentes de una comunidad pueden escalar de menor a mayor según sea su grado de intolerancia. En la planta baja de este inquietante edificio de cinco pisos impera el diálogo, que es la relación ideal. Como su raíz etimológica lo indica, dialogar es "razonar entre varios", ya que proviene del griego logos, "razón" y dia, cuya significación para el caso es "entre dos o más". Quien va al diálogo reconoce que sus recursos son insuficientes y que necesita del otro para buscar con él la verdad o para alcanzar el justo medio de una negociación mutuamente satisfactoria. El diálogo es la base de la convivencia democrática.
Pero también puede ocurrir que los dos interlocutores intercambien sus argumentos en medio del debate, para convencer a una audiencia que deberá escoger entre ellos. En tal caso, cada interlocutor procura refutar los argumentos de su rival, pero este procedimiento, habitual en los debates electorales, también es propio de la democracia porque no ataca a la persona del otro, sino a sus ideas en una suerte de competencia donde triunfará la idea que el pueblo considere mejor.
El tercer paso de la escalada ya no consiste en refutar las ideas del rival, sino en descalificarlo como persona, en tratar de convencer a la audiencia de que el otro no es moralmente digno de participar en el debate democrático. Las embestidas, en este caso, ya no apuntan a los argumentos sino al hombre que los ofrece, y por eso se llaman ad hominem. Este método culmina en el "asesinato del carácter", la muerte simbólica del rival, la destrucción de su imagen pública. Si bien no llega a la violencia física y se utiliza con frecuencia en el calor de los debates democráticos, no es un método en sí mismo democrático.
La escalada asume un tinte más sombrío cuando se procura perseguir o intimidar al otro, amenazándolo con la cárcel por sus dichos. La persecución del crítico o el rival es una práctica decididamente autoritaria.
Finalmente, agredir físicamente y hasta matar al rival es propio de las dictaduras. Cuando ambas partes recurren a esta conducta extrema, irrumpe la guerra civil.
Descalificaciones
Si bien el presidente Kirchner define el áspero lenguaje que utiliza en sus apariciones públicas como un rasgo saludable de franqueza, mientras otros sólo lo consideran la expresión de un temperamento apasionado, sus dichos caen con frecuencia en el exceso de descalificar a quienes no piensan como él.
Esta semana, la agresividad verbal del Presidente buscó dos nuevos blancos. El arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, había dicho que "la situación social se ha crispado excesivamente, y nosotros notamos que el conflicto está saliéndose de madre". Kirchner le respondió de este modo: "Dicen que algún pastor de la Iglesia está preocupado por la pobreza; fiador de algún interesante financista que estuvo preso y que seguramente los pobres lo vieron por televisión". Kirchner, que se refería a la fianza interpuesta por monseñor Aguer para garantizar la excarcelación de Francisco Trusso, extendió después sus palabras a "algunos pastores de mi propia Iglesia" porque "hay que terminar con esto de las declaraciones sobre que les duelen los pobres. Los pobres nos duelen a todos, pero hay pobres hace años en la Argentina".
Lo dicho por el Presidente contra monseñor Aguer es un típico argumento ad hominem, ya que en vez de refutar sus opiniones sobre la situación social se limitó a cuestionarlo a él. Pero los argumentos se refutan por sus propios méritos, no por el juicio que le merezca al refutador quien los emite. Si alguien sostiene que llueve y en verdad llueve, no deja de llover porque el que le contesta lo descalifique.
El Presidente habló de monseñor Aguer durante un acto en la Casa Rosada, suscitando entre los asistentes el siguiente coro: "Y pegue, y pegue, y pegue Kirchner pegue". Sus propios simpatizantes interpretaron por lo visto que no estaba refutando ideas sino "pegándole" a quien las había emitido.
Kirchner tuvo también duras expresiones para con Raúl Alfonsín, quien había dicho que el Gobierno debería aplicar la ley contra "la violencia del palo" que promueven algunos grupos piqueteros, pero el que se llevó aquí las palmas fue el subsecretario general de la Presidencia, Carlos Kunkel, quien dijo a su vez que Alfonsín "quiere ver sangre y represión en las calles argentinas", con lo cual, en vez de refutar la crítica del ex presidente a la política del Gobierno frente al desafío piquetero, pretendió descalificar al emisor de esa crítica, de quien si algo no se puede objetar es su permanente defensa de los derechos humanos.
Debate y más allá
Al referirse a las difíciles negociaciones que habían emprendido los gobiernos de Brasil y la Argentina para superar la inundación de nuestro mercado por parte de productos industriales de nuestro principal socio comercial, el presidente Kirchner sostuvo que, si el Mercosur no promueve el desarrollo industrial de sus países miembros, "no sirve".
Esta fuerte declaración no llegó por cierto al nivel de una descalificación, pero instaló un debate en el área menos propensa a este tipo de intercambios, ya que la diplomacia procura desde siempre eludirlos según lo que declaró alguna vez el embajador brasileño en Buenos Aires Marcos Azambuja cuando dijo que los diplomáticos, cuando quieren decir "sí", dicen "sí", pero cuando quieren decir "no" dicen "tal vez", porque nunca un diplomático dice "no". Quizás el canciller Bielsa debió recordar también esta advertencia de Azambuja hace unos días, cuando señaló que Roger Noriega, el máximo funcionario norteamericano para América Latina, lo tenía "podrido" con sus declaraciones.
Si las descalificaciones son inapropiadas en el escenario nacional, los debates son inapropiados en la diplomacia. Pero algunos de los que acompañan al Presidente han incurrido en actos que van más allá de estos dos niveles del disenso, al perseguir a sus críticos ante la Justicia. Hace unos días se supo, en tal sentido, que el ministro De Vido insiste en procurar la prisión de Elisa Carrió por sus dichos. El diputado oficialista Miguel Bonasso, por su parte, procuró y obtuvo por ocho horas la prisión de Gonzalo Alsogaray, nieto de Alvaro, porque había escrito contra él en Internet. Más allá del debate y de la descalificación, estos dos episodios apuntan a un piso más alto y más inquietante aún en el edificio de la intolerancia.
Es verdad que a veces la Justicia modera estas reacciones. Es verdad también que el propio Presidente rectifica a veces la dureza de sus dichos. Por eso seguimos en democracia. Cabe preguntarse empero si un ambiente poblado de ataques personales y de posteriores aclaraciones es el mejor para que la Argentina se asome a ese acuerdo entre todos, a ese pacto criollo de la Moncloa, sin el cual será imposible montar verdaderas políticas de Estado, no de gobierno, que den a nuestro desarrollo un horizonte de continuidad. Esto se logrará sólo con un diálogo sin exclusiones, sin enojos y demonizaciones. Pero de las cinco expresiones a que da lugar, según vimos, la vida política, lamentablemente el diálogo y afortunadamente la muerte brillan por su ausencia.




