
Diálogo de mestizos
Alicia Dujovne Ortiz Para LA NACION
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Cierta dosis de ignorancia puede resultar útil para conservar la frescura de las impresiones. La curiosa afirmación apunta a un descubrimiento casual que acabo de realizar en la biblioteca familiar, la cual, justamente por serlo, contiene libros que no siempre conozco. El ejemplar de los Diálogos de amor de León Hebreo, caído por azar entre mis manos, está lejos de ser un incunable: es una edición de Espasa Calpe de 1947, amarilleada por el tiempo, pero ordinaria. Sin embargo, el modo en que el libro apareció sin ser llamado, y lo que de él se desprende, le ha otorgado un aura prestigiosa, como si viniera desde el fondo mismo de la historia para entregar un mensaje de palpitante actualidad.
He acrecentado mis someros conocimientos sobre León Hebreo en vista de lo que sigue: fue hijo de Isaac Abrabanel, exégeta, arrendador de tierras reales, consejero médico en Portugal y proveedor de los ejércitos castellanos durante la guerra de Granada. Expulsado de España en 1492, Abrabanel padre se puso a la cabeza de los 300.000 judíos que, tras haber rechazado la conversión forzosa al cristianismo, marcharon hacia el mar. Iehuda Abrabanel, el futuro León Hebreo, nació en Lisboa; vivió en Toledo de chiquito; siguió a su padre a Nápoles; volvió a Lisboa en 1497; lo alcanzó un nuevo decreto de expulsión de judíos y regresó a Italia, motivo por el cual escribió su obra en italiano. Sus diálogos de amor entre Sofía, la sabiduría, y Filón, el amante, representan una cumbre dentro del humanismo renacentista neoplatónico.
La sorpresa derivada del mencionado analfabetismo vino cuando, al abrir el libro, me tropecé con las palabras: "Traducido por el Inca Garcilaso de la Vega". Si agregara "creí soñar", me quedaría corta. ¿Qué podía relacionar al hijo de una princesa inca, Palla Isabel Chimpiu Ocllo, y de un capitán español, Sebastián Garcilaso de la Vega, con un filósofo judío que vivió tan a salto de mata como su colega Spinoza (y fue tan poco aprobado como éste por su propia religión)? La expresión "vivir a salto de mata" me puso sobre una pista que la lectura del prólogo a los Diálogos -una dedicatoria en la que el Inca le ofrece su trabajo nada menos que a Felipe II- transformó en auténtica delicia.
Rara vez he leído un texto más absurdo, sutil, diplomático y corajudo que esta carta al soberano del imperio español. El Inca Garcilaso comienza contando su historia: que su madre fue hija del Inca Hualpa Túpac, uno de los hijos de Túpac Inca Yupanqui, y de la Palla Mama Ocllo, padres de Huayna Cápac, que fue el último rey del Perú, y que por el lado paterno es hijo de un conquistador. A continuación, pide disculpas por las fallas de su traducción, debidas a que ni el toscano ni el español son su lengua materna, y canta loas a la sapiencia de León Hebreo, para quien Platón estuvo muy cerca de la cábala hebrea (acaso suponiendo que el monarca, loco de contento ante la buena nueva, suspendería ipso facto sus quemazones de judíos). Tras felicitarse vivamente por que España, al introducir el cristianismo, hubiera salvado a su país natal de las tinieblas de la idolatría, anuncia sus dos próximos libros: uno sobre la conquista de la Florida y el otro -sus célebres Comentarios reales - sobre la historia de Perú, que él puede relatar mejor que nadie, explica, porque la sabe de primera agua gracias a los relatos de su madre, sus tíos y otros miembros de la nobleza incaica a los que conoció en su infancia.
Lo que el Inca no le cuenta a Felipe II es que en realidad él ha sido bautizado como Gómez Suárez de Figueroa, pero que ha adoptado el nombre de su padre, y también el del poeta ("salid sin ruido, lágrimas, corriendo"), al que agrega orgullosamente la palabra "Inca" como para que a nadie le cupieran dudas. Tampoco insiste en el hecho de que su padre fue obligado a abandonar a su madre, a la que amaba, para casarse con una dama española, ni en que él estudió en el Colegio de Indios Nobles del Cuzco junto a los hijos de Francisco y de Gonzalo Pizarro, ellos también mestizos e ilegítimos. Le recuerda que ha luchado a su servicio, pero omite agregar que se ha retirado del ejército porque su condición de mestizo no estaba bien vista.
Aunque el Inca no se haya privado de reflejar en su libro los aspectos sangrientos de la Conquista, ni de describir los llantos de su familia inca cuando gemían diciendo: "Trocósenos el reino en vasallaje", sus libros fueron, efectivamente, aceptados por el rey y publicados en España. Pero en 1780 se prohibieron los Comentarios reales en el virreinato del Perú y también en el del Río de la Plata: se había levantado Túpac Amaru, y no eran momentos como para que ningún indio diera su versión de los hechos.
Si la lectura del prólogo me resultó deliciosa, más aún lo fue el comprender por qué extraña razón el Inca Garcilaso había traducido a León Hebreo. Unas palabras de los Diálogos de amor sobre los "seres mercuriales" lo aclaran todo. ¿Quiénes son estos seres? Los mestizos. ¿Por qué? Porque el mestizo tiene "aptitudes herméticas": mensajero de lo universal, actúa como intermediario entre lo humano y lo divino, o como intermediario a secas.
Hermes, o Mercurio, para los romanos, era el dios de las fronteras y de los viajeros, pero también de pastores, diplomáticos, literatos y? mentirosos. En el himno homérico a Hermes se elogian su "multiforme ingenio y sus astutos pensamientos". El heraldo de los dioses, que llevaba alas en el sombrero o en las sandalias, era un tramposo delicado y elegante, prudente, hábil, experto en intercambios sociales y comerciales. Se lo representaba con una piedra fálica, fronteriza, que simbolizaba la travesía, pero también la transgresión y la trascendencia, la cual se alcanza, naturalmente, trasponiendo un límite.
Podemos imaginarlo al Inca con su rostro afilado, su barbita en punta y su nariz aguileña, "primer mestizo biológico y espiritual de América", como se lo ha llamado, y purísimo producto de dos pueblos en su más alta y granada expresión, leyendo en toscano al autor judeo-hispano-portugués y comprendiendo en un relámpago su tragedia y su suerte, la suya y la de su tierra. La filosofía "armonista" e integradora de León Hebreo, que dejaba en el tintero toda lamentación personal -como si su propia vida, la de su familia y la de su gente hubieran transcurrido sobre un lecho de rosas-, para ubicar al amor en su puesto justo, como fundamento de lo humano, tiene que haber respondido a la pregunta que todo mestizo se formula: "¿Quién soy?".
En el Inca Garcilaso, desentrañar el sentido de una historia que no parece tenerlo, más allá de la codicia y la crueldad, y armonizar sus partes sin hallarlas contradictorias ni mirarse a sí mismo como un monstruo mitológico -Minotauro, Centauro o sirenita- es un primer intento de percepción de nuestra identidad americana, que sólo el pensamiento marrano, siempre doble, siempre experto en todo lo que se refiera a atravesar confines, pudo ayudarlo a hallar. León Hebreo, o Iehuda, o Judas Abrabanel, era completamente judío, lo que en tiempos de diáspora y persecución significa tener el alma mestiza. Aunque ni su padre ni él se convirtieron, ambos sabían que Maimónides, otro filósofo errante que también abandonó España cuando los musulmanes más radicales (que hoy llamaríamos fundamentalistas) la dominaron, sostuvo que un judío converso siempre es mejor que un judío muerto.
No otra cosa significa el hecho de que Hermes-Mercurio haya protegido a la vez a los espirituales y a los tramposos. Esa novela de la picaresca que es la Biblia, donde Abraham, Jacob o Thamar engañan para conseguir el objetivo fundamental de mantenerse en vida, lo prueba de modo tan fehaciente como la carta del Inca al soberano de un país que ha desangrado el suyo. Túpac Amaru se rebela y es descuartizado; otros, no más cobardes, sino de más "astutos pensamientos", aceptan convertir su desmembramiento interior en guía para generaciones futuras.
Este encuentro profundo, del que el uno tuvo noticia y el otro no (Iehuda Abrabanel murió sin ver publicados sus Diálogos ni enterarse de la existencia de un inca convertido en judeo-español por simple gravitación de las cosas), me parece uno de esos momentos decisivos en los que dos se juntan para que el mundo vaya adelante. Dos príncipes del espíritu y del intelecto que, en plena época de hogueras, forjan la modernidad al proponer una visión dialogal y volverse, como Hermes, transponedores de fronteras; modernidad universalista sin relación alguna con la deshumanización de nuestro tiempo global, lleno de mentirosos ni prudentes ni hábiles ni delicados, a los que el dios jamás protegería.
Varios siglos después, el tener en su haber un sinfín de sangres y de pensamientos entrecruzados sigue entrañando una posibilidad de inteligencia que, por ahora, no tiende a realizarse de manera visible, al menos entre quienes nos gobiernan y sojuzgan. Sin embargo, el que los pueblos se mezclen entre sí permite conjeturar que la "vía hermética" sigue abierta. Creo firmemente que sólo quien no se considere parte de una única orilla, sino de varias, vale decir, sólo quien se sienta mestizo, podrá inducir a un viaje sin conquista. La otra posibilidad, también abierta, por desgracia, contempla la aparición de nuevos Reyes Católicos o musulmanes o judíos, no integradores, sino integristas, y que, rígidamente aferrados a una sola identidad -clase, religión o nación-, ignoren la fortuna que significa estar descuartizados por dentro.
Una de mis novelas que habla de vidas agitanadas termina con este cuento jasídico, acuñado por los seguidores del Baal Shem Tov, que modificó el judaísmo de Europa del Este en el sentido de la alegría y de lo popular, y que podría haber sido narrado por el Indio, como también gustaba de nombrarse Garcilaso a sí mismo para mostrar un dolor del que jamás pudo hablar con franqueza. Un rey manda a su hijo a estudiar en tierras lejanas. Cuando el muchacho vuelve, el rey quiere saber si ha aprendido algo y le ordena llevar un enorme peñasco hasta lo alto de una colina. Al verlo luchar en vano para empujar la piedra, le dice: "No te he pedido que la subas tal como está; podrías haberla roto para subirla por partes. Es igual que el corazón. ¿Quién haría moverse a un corazón entero? El corazón, para avanzar, ha de estar en pedazos".





