Diamante y carbón
Todos alguna vez experimentamos cosas extraordinarias (de las que generalmente no tomamos conciencia en el momento). El día que conocemos al que será el amor de nuestra vida, el nacimiento de nuestros hijos, los pequeños o grandes deseos que alcanzamos o nos son negados… Pero muy raramente nos toca presenciar un acontecimiento de esos que ocurren una vez en un siglo. Creo (puedo equivocarme) que el impacto mundial de la muerte de Diego Armando Maradona no tiene antecedente. Centenares de diarios internacionales en los cinco continentes, desde Dinamarca a Israel, de Palestina a la India, de España a Sri Lanka, de Ruanda a Finlandia, de Estonia a Costa de Marfil, de Egipto a Estados Unidos o Zimbawe, de Kirguistán a Alemania) le dedicaron sus tapas, incluso relegando noticias económicas que otro día hubieran acaparado la atención de sus lectores.
Los canales de TV dejaron de lado su programación habitual para transmitir en continuado. Incluso quienes no seguíamos su vida paso a paso, quedamos magnetizados frente al fluir de mensajes por las redes sociales, un alucinante tsunami de tributos y un festival de emocionada creatividad.
El astrónomo Alejandro Gangui escribió, a propósito del eclipse total de sol que se producirá el 14 de diciembre: "Año extraño 2020: se eclipsan dos astros pero igual siguen brillando". La escritora Mariana Enríquez tituló un conmovedor texto de despedida: "La muerte no es el fin". El periodista deportivo Alejandro Wall, su columna en The Washington Post: "Maradona, el apellido de un país". The New York Times: "El más humano de los inmortales". El País, de España: "Muere un inmortal". Le Monde, de Francia: "Muere el Dios del fútbol argentino".
Los dibujantes difundieron sus viñetas de homenaje, se iluminaron edificios públicos y monumentos de acá a la China. Se calcula que, instantes después de que se conociera la noticia, tres millones de tuits recorrieron el globo. La ciudad enmudeció, la sorpresa y el luto se esparcieron por todos lados y muchos derramaron lágrimas. "No puedo parar de llorar –escribió el matemático "Willy" Durán–. Como aquel día que se fue mi vieja. Como si hubiera necesitado esto para entender lo que me provocaba Diego (…) se nos acaba de ir uno de los más grandes ídolos populares". Tal vez, porque tantas veces había estado muy cerca del final y había logrado sortearlo con una gambeta inesperada, la conmoción nos alcanzó a todos.
"Es como si se nos hubiera ido un hermano", dijo alguien. ¿Qué tuvo "el Diego", como lo llaman millones de fanáticos, incluso aquellos que no llegaron a verlo jugar, que no tienen otras celebridades? Sin duda, una maestría incomparable que elevó un juego de potrero a la categoría de arte. Pero hay más: "embutido de ángel y de bestia", como diría Nicanor Parra, especie de Robin Hood impertinente dotado de un talento verbal que rivalizaba con el deportivo, dueño de una desmesura olímpica y autodestructiva, encarnó el sueño épico de aquellos a los que incluso les está vedado desear sin nunca renunciar a sus orígenes. Deslumbró en la cancha a sus adversarios. Se enfrentó en batallas desordenadas contra los poderes del fútbol. Fue auténtico en lo bueno y en lo malo. Fue oro y barro, diamante y carbón. Tal vez por eso se sintió tan cercano.
"Artista, ícono, leyenda", lo definió un club inglés. Hubo y hay otros jugadores geniales. Hubo y hay celebridades que convocan a multitudes. Que atraviesan fronteras, culturas, idiomas. Pero como esto, yo no vi nada. Y la ciencia, que explica tantas cosas, que explora los confines del cosmos y los diminutos engranajes de la maquinaria subatómica, que corta y pega fragmentos de ADN, que puede calcular la trayectoria de una nave para que descienda en un asteroide a cientos de millones de kilómetros de distancia, no creo que logre explicarlo. Hizo magia. Fue magia.







