
Dictadura y teocracia
Por Julio César Moreno Para LA NACION
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Después de las elecciones en Irak ha quedado pendiente una inquietante pregunta: ¿Puede considerarse al gran ayatollah Alí al Sistani más democrático o más republicano que Saddam Hussein? Sin duda que es más democrático, ya que el inspirador de la coalición política vencedora –la Alianza Iraquí Unida– aceptó competir con otras listas de candidatos y respetó el veredicto de las urnas, cosa que nunca hizo Saddam. Pero que sea más republicano, eso está en duda.
Sucede que en Irak hay poco lugar para una democracia de tipo occidental, que supone el pluralismo político, cultural y religioso, el respeto los derechos y garantías individuales y la alternancia de diferentes partidos en el gobierno. Supone también la separación entre la iglesia y el Estado, es decir el laicismo. Curiosamente, el régimen de Saddam no era una democracia sino una dictadura, pero laica. En cambio, entre los vencedores en las recientes elecciones se advierte una tendencia favorable a la construcción de un Estado teocrático, fundado en la ley religiosa del Islam. En una palabra, un régimen similar al de Irán, que podría ser peor aún, o mejor según las circunstancias.
De esas circunstancias dependerá el futuro de Irak y las relaciones entre el Islam y Occidente. Henry Kissinger ha advertido, por segunda vez en poco tiempo, que en Irak puede desencadenarse una guerra civil –que de algún modo ya ha empezado– que podría llegar a ser “mucho más grave que la de la ex Yugoslavia”. Y ha dicho también que para evitar ese extremo los Estados Unidos no pueden retirarse inmediatamente de Irak y menos respaldar a una teocracia.
El problema es que más de la mitad de los iraquíes han elegido una Asamblea Nacional, cuyo objetivo será elaborar una nueva Constitución y –una vez aprobada ésta– convocar a nuevas elecciones, esta vez parlamentarias y de autoridades nacionales. Más democrático imposible; pero varios candidatos de la lista auspiciada por el ayatollah Sistani han hecho propuestas no precisamente liberales, desde la limitación de los derechos de las mujeres hasta la posibilidad de que en el futuro Irak sea un Estado islámico, es decir, teocrático.
Y pasar de una dictadura sunnita como la de Saddam a una teocracia chiita no justificaría la intervención militar de Estados Unidos y sus aliados en Irak, ya que el proyecto anglo-americano era llevar una democracia no sólo a Irak sino también al resto del Medio Oriente. La estrategia de promover gobiernos democráticos y moderados en la región, como forma de aislar el terrorismo, fracasaría si en lugar de democracias surgen regímenes teocráticos.
El asunto interesa al mundo entero, porque de la evolución de la situación en Irak dependen las futuras relaciones entre el Islam y todo Occidente. En Europa ya se habla de un “continente euroislámico”, dada la dimensión que ha tenido en los últimos años la inmigración afro-asiática, compuesta en su mayoría por musulmanes. Y esa inmigración es como un caballo de Troya, del que pueden desembarcar nuevos terroristas. De ahí entonces que todas las miradas estén puestas en Irak, donde una sociedad pluralista dirigida por los chiitas sería lo mejor que podría ocurrir, pero no es seguro que ello ocurra.





