
Dignidad e intereses nacionales
Por Alfredo Vítolo Para LA NACION
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EN 1899 se celebró en Washington la Primera Conferencia Panamericana. Estados Unidos, que auspiciaba la reunión, pretendía crear una unión aduanera de todas las naciones americanas. El proyecto Zollverein, nombre que se dio al pretendido acuerdo, reconocía su antecedente en la Confederación de las Aduanas Alemanas de 1819 y la política seguida por ese país para llegar a la constitución del Imperio Alemán.
La República Argentina estuvo representada por los doctores Roque Sáenz Peña y Manuel Quintana. Correspondió al doctor Sáenz Peña fijar la posición de nuestro país en relación con el proyecto en consideración. Se opuso a la pretensión de los Estados Unidos, tanto por razones económicas como políticas. En lo económico, señaló que las uniones aduaneras sólo son posibles entre Estados homogéneos y no cuando hay entre ellos diferencias sustanciales en el desarrollo alcanzado y la producción. En lo político dijo: "Considerando el Zollverein bajo su faz política, será difícil desconocer que él entraña desprendimientos cuantiosos de soberanía que no serían compensados con ventajas visibles, y las declaraciones aconsejando regímenes comerciales que son privativos de la acción de los gobiernos abaten los altos fines de esta Honorable Conferencia". Terminó expresando sus temores de que el acuerdo, de aprobarse, importaría "América para los norteamericanos", cuando el mensaje debía ser: "América para la humanidad".
La exposición de Sáenz Peña tiene dos aspectos que estimamos conveniente destacar: las uniones aduaneras no son convenientes cuando existe asimetría entre los contratantes, y en lo político, son perjudiciales los consejos o imposiciones sobre legislaciones internas, que son privativas de cada uno de los gobiernos nacionales.
Es importante este antecedente de nuestra política internacional, fijada hace más de cien años, para compararla con las últimas posiciones asumidas por los gobiernos argentinos, tanto en años recientes como en la actualidad.
Conceptos básicos
Si bien es cierto que el mundo de estos años no es igual al de los años finales del siglo XIX, que asistimos a un proceso de globalización y que las naciones son mucho más interdependientes, para fijar una política internacional independiente es importante establecer claramente dos conceptos básicos: cuáles son los intereses nacionales y cuál es el límite para no comprometer nuestra dignidad como Nación.
El alineamiento total y automático con la potencia central y hegemónica, como también con los organismos internacionales que de ella dependen, no es conveniente ni sirve a los intereses nacionales. Por el contrario, nos limita en nuestra capacidad de acción y nos impide el desarrollo de políticas activas en beneficio de nuestro propio desarrollo. Además, ser socios importa estar sometidos a una misma regla procurando el beneficio común, mientras que aceptar pasivamente lo que otro resuelve es subordinación.
En la actualidad no podemos considerarnos socios de los Estados Unidos. El más claro ejemplo lo tenemos en la política agrícola. Si fuésemos socios estaríamos tratando de acordar un sistema conjunto para beneficiar a nuestros productores y defender los precios de la exportación. Ser subordinados es tener que aceptar, como sucede en la actualidad, que el otro establezca políticas que benefician exclusivamente sus intereses y perjudican nuestras exportaciones básicas. Tampoco es aceptable cumplir a rajatabla con las imposiciones que van más allá de lo económico y financiero que hacen al crédito que se solicita. Tener que cumplir con exigencias cada vez más duras y terminantes, que no están relacionadas con la operación financiera que se procura sino que tienen relación con la legislación interna, carece de toda razonabilidad. Además, la situación adquiere contornos grotescos, ya que las leyes observadas estaban en plena vigencia cuando éramos señalados como ejemplo de lo que debía hacerse, no hace muchos años.
Nuestra posición internacional actual debe fijarse con claridad a partir de un programa concreto y vinculado con nuestro desarrollo industrial, que debemos elaborar nosotros y que debe tener el mayor consenso interno posible. Con ese programa en la mano debemos requerir a la comunidad mundial y a los organismos internacionales de crédito las ayudas necesarias para superar la crisis, honrar nuestras obligaciones, y estimular el trabajo y la producción. No podemos aceptar todo lo que nos indican, especialmente aquellas políticas fracasadas y generadoras de la crisis actual.
Si queremos recuperar la posición espectable que teníamos como Nación para los años del Centenario, tenemos que cambiar pautas culturales y políticas. Debemos volver a la cultura del esfuerzo y el trabajo, en una sociedad ética, justa y solidaria; en lo político debemos privilegiar los intereses nacionales y preservar nuestra dignidad como Nación. La posición fijada por Sáenz Peña hace más de un siglo debe servirnos de ejemplo y convertirse en principio permanente de la Argentina en asuntos internacionales.
El autor es abogado. Autor del libro Amnistías políticas argentinas (Ed. Desmemoria). Fue miembro del Consejo de la Magistratura.




