
Dime a qué le temes y te diré quién eres
"Dos amores han construido dos ciudades. El amor de Dios hasta olvidarse de sí mismo, la ciudad de Dios. El amor de sí mismo hasta olvidarse de Dios, la ciudad del hombre". Esta es la tesis de La ciudad de Dios , célebre obra de San Agustín. Pero Thomas Hobbes sostuvo en su Leviathan , publicado doce siglos más tarde en el XVII, que la pasión más poderosa que mueve a los seres humanos no es amor sino el temor. Este es el drama, diría San Agustín, de la ciudad del hombre.
Ya en nuestro tiempo, Robert Dahl actualizó la tesis de Hobbes diciendo que un componente esencial de cada sistema político es la memoria de la experiencia traumática que un pueblo, en un momento dado, no quiere repetir. El temor de regresar a un doloroso pasado. El refrán "dime con quién andas y te diré quién eres" se transforma así en este otro: "dime a qué le temes y te diré quién eres". ¿A qué le tememos entonces los argentinos? ¿Cuál es la experiencia traumática que de ningún modo querríamos repetir?
Nuestros temores
En 1989, cuando Menem inició su presidencia, nos dominaban dos temores económicos: la hiperinflación, que tornaba imposible toda planificación pública y privada, y el colapso del Estado empresario que nos estaba dejando sin luz y sin teléfonos, sin servicios públicos. De ahí la doble respuesta que caracterizó el binomio Menem-Cavallo. Para combatir a la hiperinflación, promovieron la ley de convertibilidad destinada a rescatar la moneda y la apertura de la economía de modo tal que el ingreso de bienes importados contrarrestara el aumento vertiginoso de los precios. Para superar el colapso del Estado empresario, impulsaron la privatización de los servicios públicos. Este movimiento de pinzas contra los temores dominantes al terminar la década de los años ochenta se desarrolló en el ámbito de una doctrina económica basada sobre la fe en el mercado en lugar de la fe en el Estado que había caracterizado a las décadas anteriores, doctrina a la que los críticos llamaron "fundamentalismo de mercado".
Pero no bien habíamos aventado el fantasma de los años ochenta, el fantasma de los años noventa se hizo presente. La rigidez cambiaria de la convertibilidad, el aluvión de las importaciones y la privatización de las empresas del Estado, provocando la ruina de miles de empresas locales y el despido de miles de empleados de las empresas estatales, trajeron el fantasma del desempleo que Menem y sus sucesores no supieron ahuyentar. La fe en el mercado empezó a flaquear. Nació el temor a una economía incontrolable porque dependía de los impulsos imprevisibles del mercado. Una nueva bandera se izó entonces: el clamor contra el Estado ausente y la esperanza de que, al volver al ruedo, pudiera aliviar de un lado el desempleo con adecuados planes sociales y reforzar del otro el control de las empresas privatizadas y de la economía en general. Así como el temor a los desastres del Estado había generado la fe en el mercado, el temor a los desastres del mercado restauró la fe en el Estado.
Si aquello a lo que más tememos nos dice quiénes somos, en sólo una década los argentinos invertimos el cuadro de nuestros temores modificando, por lo tanto, nuestra identidad. Pero esta súbita mutación no sólo se dio en el campo económico sino también en el campo político.
Durante la presidencia de Menem, su aliento a la reforma de la Constitución para ser reelecto y su manipulación del Poder Judicial mediante la elevación de cinco a nueve del número de los ministros de la Corte Suprema nos hizo temer esa concentración excesiva del poder en manos del Poder Ejecutivo que recibe el nombre de "unicato". Por eso en 1999 vino, con la victoria de la Alianza, un presidente como De la Rúa al que suponíamos respetuoso del principio de la división de los poderes. De la Rúa respetó, en efecto, a los demás poderes. Pero su debilidad política, su incapacidad para tomar decisiones, instaló entre nosotros un nuevo temor, no ya a los presidentes fuertes sino a los presidentes débiles. De ese temor proviene hoy el alto índice de popularidad que acompaña al enérgico presidente Kirchner.
Hacia un nuevo temor
Hemos pasado en pocos años del Estado al mercado y del mercado al Estado, de un presidente fuerte a un presidente débil y de un presidente débil a un presidente fuerte. Ese ir y venir de nuestros temores se da también, hasta cierto punto, en las naciones que, a la inversa de la nuestra, han crecido sostenidamente en estos años. Pero sólo hasta cierto punto . Mientras nuestros cambios de un temor al otro son tan bruscos que nos desvían del rumbo cada pocos años, en las naciones de punta esos cambios ocurren suavemente, no como los avatares de una dramática batalla sino como los gráciles movimientos de un ballet . ¿Por qué? Porque en ellas el río tumultuoso de las pasiones circula dentro de un lecho que no lo deja desbordarse: el lecho de las instituciones.
Cuando las instituciones de un país son tan fuertes que ninguno osa desafiarlas, el cambio transcurre en el interior de un sistema de reglas que, él, no cambia. Pero nuestras instituciones son tan débiles que, cada vez que crecen las aguas, regresa la inundación.
Cuando Menem quiso ser reelecto contra lo que decía la Constitución, lo que cambió no fue su intento sino la Constitución. Cuando avanzó sobre la Corte Suprema, lo que se frenó no fue su estrategia sino la continuidad del Poder Judicial. Ahora que Kirchner arremete contra el Poder Judicial que heredó de Menem, sacando y poniendo jueces en la Corte, su voluntad se impone a un Senado reticente. Los actores y la circunstancias varían, pero lo que no varía es la debilidad de nuestras instituciones.
Cuando la pueblada es suficientemente intensa, por otra parte, caen o vacilan hasta los presidentes constitucionales. Esta fue la historia de De la Rúa y ahora es la de Sánchez de Lozada. No sólo en la Argentina sino también en otros países institucionalmente endebles de América latina, acechan las inundaciones.
Cuando Tocqueville analizó la Revolución Francesa en su obra El antiguo régimen y la revolución , observó que "toda" revolución, cualquiera que sea su signo, es mala porque comunica un mensaje: que, si la voluntad política es suficientemente intensa, prevalece sobre las instituciones. Esa lección fatal empezó a dictarse entre nosotros con el golpe militar de 1930. De ahí en más, la única pregunta que contaba era la que le formuló Stalin a Churchill cuando hablaban del Papa: "El Papa..., ¿pero cuántas divisiones tiene él?"
Esfumadas las intervenciones militares desde 1983 quedó, sin embargo, su lección. ¿Tenía Menem una voluntad política suficientemente intensa? Sí, porque cambió la Constitución y la Corte. Los cacerolazos, ¿portaban suficiente energía política? Sí, porque acabaron con un presidente constitucional. Hoy, ¿cuánta es la intensidad política de Kirchner? También es suficiente, como lo demuestra lo que está pasando en la Corte.
De ahí que, por detrás de los temores cuyos giros nos han atormentado en estos años, quizá surja entre nosotros un nuevo temor: el temor a la debilidad de nuestras instituciones. A la inversa de los temores anteriores, que nos hicieron mover como un péndulo de un extremo al otro privando a la Argentina de un rumbo cierto, este nuevo temor podría salvarnos.





