
Dinero electrónico
Una tarjeta inteligente, capaz de almacenar fichas digitales que pueden ser cambiadas por productos, reemplazará a los billetes.
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EL dinero adoptó muchas formas desde las cuentas cilíndricas y las monedas, acuñadas por primera vez en las playas del mar Egeo alrededor del año 600 a. C.; luego aparecieron los billetes y los cheques, y últimamente las tarjetas de plástico.
El año próximo, nuestra relación con el dinero habrá de evolucionar una vez más, aunque en esta oportunidad el hecho no será visible a simple vista. El dinero electrónico comenzará a cobrar impulso, lo cual aportará la prueba más evidente de que la forma que adopte importa mucho menos que su función.
Ya hace tiempo que las grandes compañías realizan transacciones entre sí electrónicamente. En los próximos doce meses, esa costumbre empresarial se extenderá a los consumidores.
La revolución se hará en dos etapas: la primera, durante el transcurso del año próximo, se propagará entre los principales comercios; la segunda, cierto tiempo después, lo hará a través de las comunicaciones electrónicas de Internet.
La billetera inteligente
La revolución en el plano comercial será encabezada por la tarjeta inteligente, también llamada "tarjeta de valor agregado". Semejante a una tarjeta de crédito, la inteligente tiene incorporado un microchip que almacena fichas digitales que pueden ser canjeadas por productos, como si fueran dinero tangible. Estas tarjetas, conocidas también como billeteras electrónicas, sirven más para reemplazar al dinero en efectivo en las pequeñas transacciones, como la compra de un diario o de un paquete de cigarrillos.
Los bancos ya están poniendo a prueba la idea en todo el mundo, desde Suecia hasta Sudáfrica, y desde los Estados Unidos hasta Australia. Las primeras experiencias, que ya tienen más de un año, demostraron ser exitosas técnicamente, pero no lograron captar la imaginación de los consumidores. Sus partidarios tropezaron con el mismo problema del huevo y la gallina que tuvo que afrontar la tarjeta de crédito hace treinta años: la gente se resistirá a llevar consigo dinero electrónico mientras éste no sea aceptado por la mayoría de los comercios, en tanto que los comerciantes se resistirán a aceptarlo mientras no sea utilizado por la mayoría de los consumidores.
No es que esas campanas toquen a muerto por el dinero virtual. Los grandes bancos del mundo y las empresas que ofrecen tarjetas, como Visa y MasterCard, que encabezan la iniciativa, pronto resolverán ese problema. En algunos países tuvieron quien les diera una mano: en Bélgica, por ejemplo, el gobierno subsidió un programa de dinero digital para promover su utilización entre los consumidores y comerciantes (un criterio eficaz, pero también detestable para los distribuidores independientes). Sin embargo, la más amplia solución para que el dinero electrónico sea aceptado radica en lo que los banqueros llaman su "multifuncionalidad", es decir, la combinación, en un solo chip, de la billetera electrónica, la tarjeta de crédito, la tarjeta de débito, la tarjeta para clientes fieles, e incluso los datos personales, por ejemplo la edad, dirección e historia clínica. A los consumidores les será difícil resistirse a una combinación tan conveniente.
El principal motivo por el cual los bancos están resueltos a que la idea se vuelva operativa es que olfatean en ella la posibilidad de obtener ganancias: las tarjetas de dinero electrónico reducen el costo que significa manejar dinero físico, y los bancos pueden cobrar una pequeña tarifa por cada transacción, mientras que las compras con billetes y monedas no les dejan nada. Las instituciones financieras gastarán enormes sumas y tendrán redes nacionales en Gran Bretaña, Francia, España y tal vez Alemania. Pero las semillas del crecimiento más colosal serán plantadas en los Estados Unidos, donde los bancos, en su mayoría, han sido lentos hasta ahora en la experimentación con dólares digitales. En 1998 no sólo recuperarán terreno sino que superarán a sus competidores europeos.
Otro desarrollo importante será el fin de la contienda entre dos formas de dinero digital. El pionero de la primera fue Mondex, un grupo británico. El dinero de Mondex es un mero sustituto del efectivo que puede ser transferido anónimamente, de una tarjeta a otra, así como los billetes van de mano en mano. La otra forma de dinero digital, utilizada por la mayoría de los competidores de Mondex, es un sustituto cualitativamente inferior, ya que debe desplazarse a través del sistema bancario para ser transferida de un consumidor a otro y, de esa manera, deja un "rastro de verificación contable". Aunque Mondex está más próxima a la forma original, y es más inteligente, todo parece indicar que la mayoría de los consumidores, al menos por ahora, se sienten más seguros, ante la eventualidad de una estafa, con las transacciones electrónicas asentadas. A menos que Mondex elimine el anonimato, su futuro inmediato parece sombrío. Paradójicamente, Mondex podría volver con más ímpetu en el largo plazo, puesto que acaso se convierta en lo que los consumidores desearán una vez que se sientan cómodos con la idea de unidades electrónicas como sustitutos directos de los billetes.
Algunas monedas electrónicas rivales acaso no tengan futuro en absoluto. Ninguna industria, por más joven y dinámica que sea, es inmune a las fusiones. El número de pequeños proveedores de dinero electrónico, tanto regionales como nacionales, decaerá significativamente a medida que los más eficientes de ellos, como es el caso de Proton, en Bélgica, y de Danmont, en Dinamarca, sean absorbidos por grupos internacionales, así como Mondex ya comenzó a ser captado por MasterCard. Ningún sistema global de efectivo en forma de tarjeta inteligente es concebible sin la íntima participación de Visa o de MasterCard.
Para aquellos que desean vehementemente gastar dinero virtual en Internet en lugar de gastarlo en los mostradores, la espera se alargará. Que el comercio vía Internet crecerá vertiginosamente es más que seguro: un estudio reveló que casi el 75 por ciento de los 60 millones de personas conectadas a la Web la utilizó para hacer compras en los últimos meses. Sin embargo, no es tan seguro que el dinero electrónico se imponga pronto como una manera de pagar en cualquier momento. Varias firmas de software se lanzaron a desarrollar dinero digital cuando el comercio electrónico comenzó a cobrar impulso, pero esos "fondos" no lograron mantener un ritmo sostenido.
Y es improbable que cambie esa tendencia. En el futuro previsible, la tarjeta de crédito seguirá siendo la "moneda" preferida en la Web por tres motivos principales: la gente se está acostumbrando a ella a medida que se perfecciona la codificación de los números; van desapareciendo los temores respecto de la seguridad, y, además, casi todas las transacciones a través de la Web son lo suficientemente grandes (es decir, superiores a los 5 dólares) como para ser procesadas electrónicamente por las compañías de tarjetas de crédito.
Pero en el largo plazo el potencial para las transacciones de poco valor a través del espacio cibernético sigue siendo inmenso. Después de todo, casi un billón (sí, un millón de millones) de transacciones realizadas cada año en todo el mundo no superan los 5 dólares. El año 1998 será testigo de la introducción de formas híbridas de pago, en las que las pequeñas transacciones serán agrupadas y saldadas mensualmente por medio de la tarjeta de crédito.
Lavado en seco
El asunto que preocupa tanto a banqueros como a los "cráneos" de la computación es qué se propondrán hacer los gobiernos con el dinero electrónico o, dicho de otra manera, ¿su desarrollo y su expansión será limitado por las regulaciones? A los gobiernos no les faltan preocupaciones al respecto: ¿será la "plata virtual" más fácil de falsificar o de lavar? ¿Podrá alguien emitirla y, de ese modo, provocar un caos en materia de provisión monetaria? ¿Entrarán en un colapso los sistemas de pago bajo la intensa presión del cambio?
La respuesta a estas preguntas es: probablemente no. Por cierto, los delitos financieros del ayer darán paso a otros más novedosos y los bancos centrales deberán estar con el ojo atento sobre el que emita moneda, pero no hay ningún motivo para pensar que el dinero electrónico será de alguna manera menos estable o menos seguro que su antepasado tangible.
Por Matthew Valencia
(c)
La Nacion
Subir al auto y dejarse llevar...
DETROIT.-(The Economist)
EL conductor aceleró con cuidado y el auto avanzó lentamente. "¡No hay problemas!", exclamó risueñamente Han Shue Tan, el programador de computadoras de la Universidad de California que hacía de copiloto. "Puede ir a más velocidad", añadió.
El Buick LeSabre comenzó a andar a 40, 70, 90 kilómetros por hora. Ante la proximidad de una curva cerrada, el piloto resistió la tentación de agarrar el volante. Pero no había necesidad de que sacara las manos del bolsillo, puesto que ese automóvil aparentemente tan común es un laboratorio rodante, un vehículo casi totalmente automatizado capaz de desplazarse solo por una ruta especialmente diseñada.
Una versión incluso más avanzada comenzó a operar en un tramo de diez kilómetros de la ruta Interestatal 15, al norte de la ciudad norteamericana de San Diego, en agosto último. Un grupo de pilotos que conducía una flota de automóviles especialmente equipados ingresó en los andariveles de la Interestatal 15, oprimió unas teclas y transfirió el control a una computadora instalada a bordo. Además de ocuparse del manejo, esa "ruta de manos libres" en pleno funcionamiento (la primera del mundo) también se encarga automáticamente de frenar y acelerar el vehículo.
Más por menos
Esto forma parte de un proyecto previsto para los próximos siete años, cuyo costo asciende a 250 millones de dólares, dirigido por el Grupo Nacional del Sistema de Rutas Automatizadas. Pondrá a prueba la factibilidad técnica del "tránsito del piloto desligado" que, traducido, significa "prescindir de las manos".
No se trata de un sistema que pretenda demostrar tal o cual cosa sino que es un producto de la necesidad. Sencillamente, el hecho es que desde Londres hasta Los Angeles las grandes ciudades están congestionadas por tanto tránsito. En ellas ya no se pueden construir nuevos caminos ni rutas. Cada kilómetro de autopista urbana puede llegar a costar más de 60 millones de dólares, en comparación con los 6000 dólares por kilómetro que se gastaron para automatizar la Interestatal 15.
Los gobiernos occidentales, en su mayoría, achicaron sus proyectos de construcción vial presionados por los grupos defensores del medio ambiente.
En todas partes de Europa el tránsito se desplaza con más lentitud que hace diez años.
De manera que el ardid consiste en hacer que quepan más vehículos en los caminos existentes. Los simuladores computarizados señalan que incluso las rutas y caminos más congestionados podrían triplicar el volumen del tránsito en caso de que se automatizaran.
Durante décadas, las rutas automatizadas fueron tema de la ciencia ficción. Pero hoy, el dispositivo de computación necesario se está volviendo veloz, pequeño y barato, y se convertirá en una característica habitual de los automóviles del siglo XXI.
Por Paul Eisenstein
(c)
La Nacion





