
Disfraces del carnaval argentino
Por Orlando Barone
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Como ya casi nadie se disfraza (sería redundante), es difícil saber cuál sería hoy el disfraz ideal. Uno gracioso sería el de pasajero de tren que llega atrasado un día y medio; otro podría ser el de "gorila" ya que Alfonsín augura que se pondrá de moda. Es raro, porque el gorila nunca dejó de estar vigente, aunque últimamente no golpea puertas de cuarteles sino que se contenta con golpearse el pecho. En verdad de gorila no se disfraza nadie: es una indumentaria auténtica: una forma de mirar el mundo dando rugidos. Pero no a diestra y siniestra sino únicamente a siniestra.
En las clases medias hay disfraces para todos los gustos. Por ejemplo a una mujer mayor le caería ideal el disfraz de "mujer al natural": sí, morocha criolla, sin teñirse de rubia, en malla talle grande y comiendo un sandwich de salame y queso untado de manteca. Sería una mujer sin dieta, sin personal trainer y sin cirugía estética. Otra alternativa sería el disfraz de abuela nieta: una simbiosis entre Nacha Guevara y Floricienta. Lástima el disfraz de tomate: hubiera sido lindo. Colorado y brillante. Pero ya quedó antiguo. Quedó hecho un despojo de oferta: ahora liquidan un kilo por dos monedas de cincuenta, si se consiguen. El tomate fue el más grande bochorno de la historia mediática. Fue un agónico recurso vegetal usado para una contienda que exigía un argumento político.
El carnaval ha sido siempre pródigo en disfraces. Hubo épocas pretéritas (que me contaron o viví: soy tan viejo que un auto de mi edad es ya de colección) en que se disfrazaban los adultos y los niños. Los pobres y los ricos. Los hombres se disfrazaban de oso carolina, de bebote o de zorro, y las mujeres de bailarina rusa, hawaiana o dama antigua. No quisiera emocionarme. A los niños los disfrazaban de piratas, de cowboys o de gauchitos. Se usaba mucho la careta y el antifaz. Pero después dejaron de usarse porque en la realidad, no en los corsos, aparecieron las capuchas que convirtieron el juego de ocultarse en un triste juego de impunidad y de violencia.
Hubo intentos más banales. Al comienzo de los noventa, cuando el uno a uno entronizó un carnaval colmado de seres encantados y de hechiceros que tramaron la simulación de un bosque de esplendor y riqueza, empezó la euforia importadora y nos llegó "Halloween", la noche de la calabaza y las brujas, fiesta auténticamente nativa. Creo que fue en la boîte Hippopotamus donde se inauguró su reinado con disfrazados chic y señoritas que, para armonizar con la época, se disfrazaban de Scherazade o de odaliscas. A mí no me invitaron. Para ese tiempo los disfraces más apropiados eran de jeque con harem, o de millonario súbito y dama de compañía cara. Más original y consubstanciado con la época hubiera sido el disfraz de "container" portuario. Pero, por más reducido que diseñaran el disfraz, hubiera sido incómodo. Tampoco hubiera caído gracioso disfrazarse de "placard de juez de zapatos blancos" ni de valija clandestina, sea de diseño arábigo o caribeño; de procedencia oficial o extraoficial, o de financista itinerante privado de banca off shore sin garantía de reintegro. No cometeré la imprudencia de alentar a disfraces afines a esta época: el de filósofo de autoayuda best seller o taxista gandhiano que no sueña con pisar piqueteros. Ni tampoco al disfraz tan de moda de vedette lésbica o chica ninfómana de Gran Hermano.
En tanto, no sé qué pensar de las murgas que reclaman un lugar en el corso. Me dan nostalgia los rescates arqueológicos de seres todavía vivos e ilusionados. Una murga es como un circo pobre queriendo abrir su carpa en las fauces de una ciudad que sólo le reserva lugar a los perros de pedigree con adiestradores bilingües. A las murgas les va a costar exhibir su pobreza en medio de una sociedad urbana que sólo ve imágenes por celular o Internet, y generalmente importadas.
Ya nadie en esta ciudad aspira a disfrazarse de linyera. Nadie de vagabundo. Para qué. Sería demasiado real. Pero lo verdaderamente imaginativo sería crear un disfraz argentino no zoológico y sin rugidos. Libre de pelos y de rabia.





